{"id":12489,"date":"2016-11-26T15:15:11","date_gmt":"2016-11-26T19:15:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.debateplural.com\/?p=12489"},"modified":"2016-11-26T15:15:11","modified_gmt":"2016-11-26T19:15:11","slug":"guardian-la-coleccion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2016\/11\/26\/guardian-la-coleccion\/","title":{"rendered":"El guardi\u00e1n de la colecci\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">El\u00edades Acosta Matos \u00a0(D. Libre, 5-11-11)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Era uno de los hombres m\u00e1s importantes del r\u00e9gimen, pero ni \u00e9l mismo lo sab\u00eda. Todo imperio tiene sus arcanos misteriosos y terribles, un compendio de secretos que no pueden hacerse p\u00fablicos sin pagar el precio de provocar el hundimiento del imperio mismo. Por eso, el colegio de las V\u00edrgenes Vestales los custodiaban en Roma: j\u00f3venes de las mejores familias, que nunca antes hab\u00edan conocido el amor de un hombre, y que no ten\u00edan necesidad de venderse por prebendas. Bellas muchachas idealistas, conscientes de que su celo y silencio garantizaba larga vida al sistema, que era, a su vez, el ant\u00eddoto perfecto contra la barbarie, la guerra civil, el caos\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00c9l pensaba lo mismo. Es cierto que hab\u00eda conocido el amor, y de sobra, pero era serio y recto, insobornable y fiel: un hombre perfecto para el cargo; alguien en cuyas manos se pod\u00edan depositar secretos, y se depositaban. Nada lo asombraba, nada lo espantaba. Deambulaba en silencio por entre los anaqueles que guardaban las pruebas de lo duro que hab\u00eda sido construir La Era que el Augusto Jefe hab\u00eda regalado a la naci\u00f3n, dejando atr\u00e1s, como memoria triste y lejana, los a\u00f1os del Conchoprimismo, la guerra de todos contra todos, la degollina sin m\u00e1s objetivo que encumbrar analfabetos y patanes como si fuesen pr\u00f3ceres de la Patria. Era, sencillamente, el Guardi\u00e1n de la Colecci\u00f3n. Un hombre clave para la subsistencia del pa\u00eds. Y viv\u00eda para ello, orgullosamente silencioso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fue elevado a las altares de la naci\u00f3n sin nadie esperarlo, ni \u00e9l mismo. Fue elegido al azar, como se elige a los servidores incondicionales. No pod\u00eda haber tenido, y no ten\u00eda, familia. No deb\u00eda disponer, y no dispon\u00eda, de medios de vida, ni peculio propio. Era nadie, apenas un an\u00f3nimo limpiabotas callejero que se ganaba la vida lustrando zapatos y halagando el buen gusto de gente sin gusto, cuando su suerte se decidi\u00f3. Era un d\u00eda gris, que presagiaba prolongar su mala racha y mandarlo a dormir con el hambre de siempre, cuando en la calle se le acerc\u00f3 un militar bien plantado, que luego supo era el teniente Amado Hern\u00e1ndez, Ayudante personal del General\u00edsimo, y le orden\u00f3 dejarle las botas como un espejo. Y lo hizo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fue all\u00ed, entre betunes, trapos y cepillos, arrodillado ante un cliente que le cambiar\u00eda la vida, que se sinti\u00f3 observado, por primera vez en su vida. No es que antes no lo hubiesen mirado, pero s\u00ed lo era que nadie lo hab\u00eda hecho con la intensidad de aquel joven teniente, por dem\u00e1s, un hombre educado y ceremonioso. Supo, desde el principio, que no se trataba de aquellos pederastas tristes que lo escrutaban con suspiros, sin atreverse a abordarlo, deslumbrados por la buen presencia del muchacho del arroyo que era, una especie de carne barata en el garabato, lista para ser devorada por el primer depredador que llegase. Esa mirada era diferente, pens\u00f3. Y pens\u00f3 bien.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El teniente lo interrog\u00f3 directamente, sin prisa, indagando hasta el m\u00e1s m\u00ednimo detalle de su vida, por ejemplo, si le gustaba ver los juegos de pelota, y si sab\u00eda cocinar. Si se despertaba temprano y sab\u00eda leer. Si montaba bien a caballo y amaba m\u00e1s a los perros que a los gatos. Si recordaba el nombre de su primera mujer, y de su primera maestra. Si ten\u00eda parientes, y si sab\u00eda cu\u00e1ndo cosechar una lechosa. Si hab\u00eda estado preso; si hab\u00eda matado; si apostaba a los gallos; si beb\u00eda licor\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Era uno de los hombres m\u00e1s importantes del r\u00e9gimen, pero ni \u00e9l mismo lo sab\u00eda. Todo imperio tiene sus arcanos misteriosos y terribles, un compendio de secretos que no pueden hacerse p\u00fablicos sin pagar el precio de provocar el hundimiento del imperio mismo. Por eso, el colegio de las V\u00edrgenes Vestales los custodiaban en Roma: j\u00f3venes de las mejores familias, que nunca antes hab\u00edan conocido el amor de un hombre, y que no ten\u00edan necesidad de venderse por prebendas. Bellas muchachas idealistas, conscientes de que su celo y silencio garantizaba larga vida al sistema, que era, a su vez, el ant\u00eddoto perfecto contra la barbarie, la guerra civil, el caos\u2026<\/p>\n<div id=\"iter-content-wrapper\" class=\"iter-content-wrapper iter-droppable-zone\">\n<div id=\"main-content\" class=\"content iter-portal-size iter-portal-size-content ly-detalle-nota\">\n<div class=\"sp-two-colums\">\n<div class=\"sp-left\">\n<div class=\"sp-col-3\">\n<div id=\"column-4\" class=\"portlet-column portlet-column-only\">\n<div id=\"layout-column_column-4\" class=\"portlet-dropzone portlet-column-content\">\n<div id=\"p_p_id_contentviewerportlet_WAR_newsportlet_INSTANCE_9db3380d0d4d495e8247d8dfb518f580_\" class=\"portlet-boundary portlet-boundary_contentviewerportlet_WAR_newsportlet_  portlet-static portlet-static-end content-viewer-portlet \">\n<div class=\"td-portlet\">\n<section id=\"portlet_contentviewerportlet_WAR_newsportlet_INSTANCE_9db3380d0d4d495e8247d8dfb518f580\" class=\"portlet\">\n<div class=\"portlet-content\">\n<div class=\" portlet-content-container\">\n<div class=\"portlet-body\">\n<div class=\"last td-viewer full-access\">\n<div class=\"detalle-texto migrada\">\n<div class=\"text\">\n<p>\u00c9l pensaba lo mismo. Es cierto que hab\u00eda conocido el amor, y de sobra, pero era serio y recto, insobornable y fiel: un hombre perfecto para el cargo; alguien en cuyas manos se pod\u00edan depositar secretos, y se depositaban. Nada lo asombraba, nada lo espantaba. Deambulaba en silencio por entre los anaqueles que guardaban las pruebas de lo duro que hab\u00eda sido construir La Era que el Augusto Jefe hab\u00eda regalado a la naci\u00f3n, dejando atr\u00e1s, como memoria triste y lejana, los a\u00f1os del Conchoprimismo, la guerra de todos contra todos, la degollina sin m\u00e1s objetivo que encumbrar analfabetos y patanes como si fuesen pr\u00f3ceres de la Patria. Era, sencillamente, el Guardi\u00e1n de la Colecci\u00f3n. Un hombre clave para la subsistencia del pa\u00eds. Y viv\u00eda para ello, orgullosamente silencioso.<\/p>\n<p>Fue elevado a las altares de la naci\u00f3n sin nadie esperarlo, ni \u00e9l mismo. Fue elegido al azar, como se elige a los servidores incondicionales. No pod\u00eda haber tenido, y no ten\u00eda, familia. No deb\u00eda disponer, y no dispon\u00eda, de medios de vida, ni peculio propio. Era nadie, apenas un an\u00f3nimo limpiabotas callejero que se ganaba la vida lustrando zapatos y halagando el buen gusto de gente sin gusto, cuando su suerte se decidi\u00f3. Era un d\u00eda gris, que presagiaba prolongar su mala racha y mandarlo a dormir con el hambre de siempre, cuando en la calle se le acerc\u00f3 un militar bien plantado, que luego supo era el teniente Amado Hern\u00e1ndez, Ayudante personal del General\u00edsimo, y le orden\u00f3 dejarle las botas como un espejo. Y lo hizo.<\/p>\n<p>Fue all\u00ed, entre betunes, trapos y cepillos, arrodillado ante un cliente que le cambiar\u00eda la vida, que se sinti\u00f3 observado, por primera vez en su vida. No es que antes no lo hubiesen mirado, pero s\u00ed lo era que nadie lo hab\u00eda hecho con la intensidad de aquel joven teniente, por dem\u00e1s, un hombre educado y ceremonioso. Supo, desde el principio, que no se trataba de aquellos pederastas tristes que lo escrutaban con suspiros, sin atreverse a abordarlo, deslumbrados por la buen presencia del muchacho del arroyo que era, una especie de carne barata en el garabato, lista para ser devorada por el primer depredador que llegase. Esa mirada era diferente, pens\u00f3. Y pens\u00f3 bien.<\/p>\n<p>El teniente lo interrog\u00f3 directamente, sin prisa, indagando hasta el m\u00e1s m\u00ednimo detalle de su vida, por ejemplo, si le gustaba ver los juegos de pelota, y si sab\u00eda cocinar. Si se despertaba temprano y sab\u00eda leer. Si montaba bien a caballo y amaba m\u00e1s a los perros que a los gatos. Si recordaba el nombre de su primera mujer, y de su primera maestra. Si ten\u00eda parientes, y si sab\u00eda cu\u00e1ndo cosechar una lechosa. Si hab\u00eda estado preso; si hab\u00eda matado; si apostaba a los gallos; si beb\u00eda licor\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aprob\u00f3, sin saberlo, todas las pruebas. Fue, al final, elegido. Pas\u00f3 de mano en mano. Fue pesado, medido, pulido, lustrado, como si se tratase de un buen par de botas. Hicieron de \u00e9l un caballero atildado, bien vestido, bien calzado, bien hablado, bien mirado\u2026 Lo convirtieron en otro: el que necesitaban. Le dieron un escritorio en una pulcra oficina, en el s\u00f3tano de Palacio. Y un manojo de llaves que tintineaban, como un canto l\u00fagubre a su compromiso de morir, si era necesario, pero jam\u00e1s hablar. Y eso tuvo que dejarlo refrendado y sellado, en un documento que le presentaron, y que firm\u00f3 con mano tr\u00e9mula.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nunca hubiese imaginado aquel destino, ni que sus d\u00edas transcurrir\u00edan, en medio de un absoluto silencio, deambulando por entre anaqueles y urnas de cristal, rotulando los exponentes de aquella colecci\u00f3n \u00fanica, libr\u00e1ndolas de polvo y plagas. O que tendr\u00eda que acompa\u00f1ar, como una sombra muda y eficiente, dos pasos detr\u00e1s y uno a la izquierda, en ciertas noches profundas de alcohol, cuando un Benefactor beodo e incoherente decid\u00eda bajar a sus predios, y recorrer entre hipos y risotadas sat\u00e1nicas los pasillos, mostr\u00e1ndole la Colecci\u00f3n que custodiaba a visitantes muy bien elegidos. Y especialmente a sus herederos, para que aprendieran el precio de los lujos en que viv\u00edan, de las actrices de Hollywood que se dorm\u00edan, de los Ferrari que conduc\u00edan, de los juegos de polo que ganaban, de los grados de coronel que recibieron a los ocho a\u00f1os\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por supuesto que ten\u00eda sus artefactos preferidos. Tambi\u00e9n ciertos documentos que manoseaba en las madrugadas de insomnio recurrente, cuando se despertaba y no pod\u00eda volver a conciliar el sue\u00f1o, con el cerebro estrujado por aquellas l\u00edneas de p\u00e1rrafos olvidados, por las que cualquier historiador hubiese dado la mitad de su vida. Y \u00e9l ten\u00eda todo aquello a su arbitrio, como para\u00edso personal, como d\u00e1diva del verdadero due\u00f1o, como arriendo temporal para que lo bru\u00f1ese y lo custodiase hasta el final; hasta que llegase un d\u00eda, como era inevitable, en que alguien como el teniente Amado Hern\u00e1ndez, pausado, culto y funesto, le disparase un tiro en la nuca y entregase el manojo de llaves al nuevo Guardi\u00e1n, alg\u00fan ni\u00f1o de la calle, como \u00e9l, elevado a los altares de la Patria. Insobornable y fiel, como un perro. Definitivamente desechable. Y convenientemente mudo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Disfrutaba, eso s\u00ed, pasando entre sus dedos, cuando estaba solo en su s\u00f3tano acorazado, los binoculares de M\u00e1ximo G\u00f3mez, un General\u00edsimo de verdad y no de opereta, regalados al Presidente Horacio V\u00e1zquez por Enrique Loynaz del Castillo, quien fue Embajador de Cuba, el m\u00e1s joven general de la independencia y disc\u00edpulo del ilustre banilejo. Gozaba repasando la textura de los calzoncillos floreados de esa bestia negra, enemigo cerval del Jefe, que era Benjam\u00edn Sumner Welles, demasiado cercano al Presidente Roosevelt, sustra\u00eddos en un momento de pasi\u00f3n non sancta entre iguales, por cierto camarero negro de un pullman, que trabajaba secretamente para ellos. Lo mismo que cuando acariciaba el machete que portaba el general Cipriano Bencosme al morir acribillado, el pa\u00f1uelo de Mauricio B\u00e1ez al ser desaparecido en La Habana, el peri\u00f3dico The New York Times que le\u00eda Gal\u00edndez al ser secuestrado, las cartas del tirano Machado a Trujillo, un mech\u00f3n de cabellos de Sandino, asesinado por el amigo Somoza\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero lo m\u00e1s escalofriante eran los cuerpos conservados en formol, ese zool\u00f3gico de cad\u00e1veres que el Jefe manten\u00eda con fines pedag\u00f3gicos para que sus delfines aprendieran la inexorable necesidad de la mano dura e implacable; la de no tener escr\u00fapulos con los enemigos, y la imperiosa necesidad de conservar sus pieles en exposici\u00f3n, como si de fieras vencidas se tratase. Por eso estaban all\u00ed, nadando una distancia eterna e inalcanzable, el general Desiderio Arias, con su tiro en la frente; el coronel Blanco, que so\u00f1\u00f3 con el pundonor de los oficiales; An\u00edbal Vallejo, el aviador tiroteado tras caer en desgracia, Rafael Estrella Ure\u00f1a, liquidado en una mesa quir\u00fargica por creer en su palabra; la calavera de \u00c1ngel Morales, muerto de viejo y tristeza en Puerto Rico, y la de, Eufemio Fern\u00e1ndez encargado por Grau, el Presidente cubano de entonces, para coordinar la expedici\u00f3n de Confites, el mismo que jurase acabar con \u00e9l mediante la Legi\u00f3n del Caribe, y por la que debi\u00f3 pagar una fortuna.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Un paisaje de la derrota, a las que el Jefe hab\u00eda sumado detalles macabros de los asesinados despu\u00e9s del 14 de junio: mochilas, diarios, manos cortadas en la 40, fotos de ni\u00f1os hu\u00e9rfanos, amuletos y resguardos para ahuyentar la muerte, evidentemente ineficaces.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No pod\u00eda dudar, y no dudaba, de su evidente importancia. Sab\u00eda que deb\u00eda besar, y besaba, cada sitio que su Benefactor pisaba, porque lo hab\u00eda salvado de la intemperie, de la calle, del hambre y la incertidumbre. Era como un perro noble, agradecido y letal, siempre dispuesto a bru\u00f1ir, conservar, ocultar, defender y callar\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sinti\u00f3 pasos a su espalda. Miraba en ese mismo momento las ruinas que quedaban del poeta Virgilio Mart\u00ednez Reyna Reyna y de su esposa gr\u00e1vida, Altagracia Almanzar, las primeras v\u00edctimas\u2026 Supo, de golpe, que todo terminaba.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">De nada hab\u00eda valido su fidelidad perruna, su eficiencia y su silencio. Sinti\u00f3 el frio del ca\u00f1\u00f3n de una pistola en su nuca y so\u00f1\u00f3 con un mundo de zapatos relucientes. El rel\u00e1mpago del disparo no le arranc\u00f3 ni un quejido: al ser elegido como Guardi\u00e1n de la Colecci\u00f3n, sin preguntarle, fue drogado y sometido a una infamante operaci\u00f3n, mediante la cual su lengua hab\u00eda sido mutilada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nunca coment\u00f3 sobre la colecci\u00f3n a su cargo. No hubiese podido hacerlo. Muri\u00f3 en medio de convulsiones, de un disparo en la nuca. Fue feliz, fugaz e inconscientemente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por supuesto que ten\u00eda sus artefactos preferidos. Tambi\u00e9n ciertos documentos que manoseaba en las madrugadas de insomnio recurrente, cuando se despertaba y no pod\u00eda volver a conciliar el sue\u00f1o, con el cerebro estrujado por aquellas l\u00edneas de p\u00e1rrafos olvidados, por las que cualquier historiador hubiese dado la mitad de su vida.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie \"La Era\" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Naci\u00f3n.<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/section>\n<\/div>\n<\/div>\n<div id=\"p_p_id_articletopicsportlet_WAR_newsportlet_INSTANCE_517be715c0fe4f2eae2233afbbbf0136_\" class=\"portlet-boundary portlet-boundary_articletopicsportlet_WAR_newsportlet_  portlet-static portlet-static-end article-topics-portlet detalle-metadatos\"><\/div>\n<div id=\"p_p_id_contentviewerportlet_WAR_newsportlet_INSTANCE_807db3671b6641d1b50cbab86fa7d7d1_\" class=\"portlet-boundary portlet-boundary_contentviewerportlet_WAR_newsportlet_  portlet-static portlet-static-end content-viewer-portlet \"><\/div>\n<div id=\"p_p_id_relatedviewerportlet_WAR_newsportlet_INSTANCE_fa0667da70d7483a8312700097da4794_\" class=\"portlet-boundary portlet-boundary_relatedviewerportlet_WAR_newsportlet_  portlet-static portlet-static-end related-viewer-portlet ea-detalle-relacionadas\"><\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<\/div>\n<footer id=\"iter-footer-wrapper\" class=\"iter-footer-wrapper\"><\/footer>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El\u00edades Acosta Matos \u00a0(D. 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