{"id":17876,"date":"2017-07-14T10:10:07","date_gmt":"2017-07-14T14:10:07","guid":{"rendered":"http:\/\/www.debateplural.com\/?p=17876"},"modified":"2017-07-14T10:10:07","modified_gmt":"2017-07-14T14:10:07","slug":"santo-domingo-desde-el-hotel-du-commerce","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2017\/07\/14\/santo-domingo-desde-el-hotel-du-commerce\/","title":{"rendered":"Santo Domingo desde el Hotel du Commerce"},"content":{"rendered":"<p>Jose del Castillo (D. Libre, 4-6-16)<\/p>\n<p><i><b>Santo Domingo visto por cuatro viajeros 1850-1889<\/b><\/i>\u00a0<i>es una compilaci\u00f3n editada por la Academia Dominicana de Historia con presentaci\u00f3n de Jos\u00e9 Chez Checo, que re\u00fane dos textos del c\u00e9lebre naturalista y c\u00f3nsul de Inglaterra en el pa\u00eds Sir Robert H. Schomburgk. Uno del afamado abolicionista mulato Frederick Douglass, designado ministro de EEUU en Santo Domingo en 1889 y acompa\u00f1ante de la comisi\u00f3n del Senado que nos visitara en 1871 para explorar nuestra integraci\u00f3n a la Uni\u00f3n Americana bajo los presidentes Grant y B\u00e1ez. Otro de Wilhelm Sievers, resumen de las anotaciones de los recorridos de Richard Ludwig en 1888-89, con observaciones geol\u00f3gicas y mineras. Y un relato de Rodolphe E. Garczynski publicado en\u00a0<\/i><i>Appleton<\/i><i>\u00a0<\/i><i>Journal<\/i><i>\u00a0en 1879, bajo el t\u00edtulo\u00a0<\/i><i><b>\u201cLife in Santo Domingo City\u201d<\/b><\/i><i>-cuyo contenido condensamos en versi\u00f3n libre para ilustraci\u00f3n de los lectores.\u00a0<\/i><\/p>\n<p>Nuestro viajero inicia su relato afirmando que \u201cla vida en los tr\u00f3picos es m\u00e1s o menos la misma en todas partes del mundo, pero la ciudad de Santo Domingo, gracias a la peculiar temperatura de la isla, puede dif\u00edcilmente ser llamada tropical\u201d. El calor no es demasiado fuerte y \u201cel Sol no tiene prisa en ponerse. Al contrario, se rezaga bajo el horizonte y nos da esa deliciosa luminosidad que los alemanes llaman po\u00e9ticamente resplandor crepuscular\u201d.<\/p>\n<p>\u201cLa vida en Santo Domingo comienza exactamente al amanecer, al menos para quienes viven en el H\u00f4tel du Commerce, que es el caravasar del lugar. Porque, infortunadamente, contrario a las barracas que rodean la ciudadela, es una ciudad muy militar. Justo cinco minutos antes del amanecer, un cornet\u00edn emite una horrible nota, rompiendo el sue\u00f1o de todos en la vecindad. A medida que el Sol hace su aparici\u00f3n, se anuncia desde la torre de la ciudad y cuatro cornetines y tres redoblantes terribles saludan a los durmientes con una diana, de origen espa\u00f1ol, la cual sin prejuicio nacionalista, puede compararse muy en desventaja con la m\u00fasica ma\u00f1anera de West Point.<\/p>\n<p>Los compa\u00f1eros del hotel, que logran resistir al primer cornet\u00edn, se muestran indefensos ante la diana; y, en unos pocos minutos, los ruidos de ajetreo se escuchan a lo largo de la fila de dormitorios, de regio tama\u00f1o. En el H\u00f4tel du Commerce, mantenido por un franc\u00e9s, Monsieur Auguste, el mobiliario de los cuartos es de la belle France. La vajilla es de Limoges, los calentadores de agua de Marsella&#8230; Ya vestido, uno se apura a bajar al comedor, tambi\u00e9n sala de estar, donde aguardan un panecillo y una taza de caf\u00e9 dominicano. No hay leche ni mantequilla, a menos que sea solicitada por alg\u00fan americano prejuiciado contra el pan seco. Los que tienen la intenci\u00f3n de ba\u00f1arse en el mar, usualmente posponen el caf\u00e9 matutino hasta su regreso.<\/p>\n<p>El lugar de ba\u00f1o es G\u00fcibia, a dos millas, ya que m\u00e1s cerca uno no puede ba\u00f1arse por la certeza de que ser\u00e1 atacado por tiburones, que no s\u00f3lo enjambran el mar sino que ascienden por los r\u00edos treinta y cuarenta millas. Ba\u00f1arse es una instituci\u00f3n para los dominicanos y en el camino a G\u00fcibia el viandante sobrepasa a un desvencijado coche tirado por un respetable poni blanco, con seis o siete mujeres de todas las edades que van a darse una zambullida en el mar. Tambi\u00e9n se hallan caballeros montados que van a matar dos p\u00e1jaros de un tiro \u2013ba\u00f1arse y dar a sus caballos una sobada con sal marina para prevenir llagas en el lomo, que las malas sillas y el peor cabalgar infaliblemente producen en los animales m\u00e1s recios.<\/p>\n<p>El ba\u00f1o es una laguna formada por un semic\u00edrculo de arrecifes donde el agua es demasiado baja para los temidos tiburones. Las se\u00f1oras tienen una parte y los caballeros otra. Es un sitio placentero porque el fondo es de arena y el ba\u00f1o es bueno, pero para los nadadores el agua es apenas lo suficientemente profunda y cerca de los arrecifes se hace honda tan r\u00e1pido, que uno puede estar seguro que se cortar\u00e1 con el afilado coral cuyos bordes son tan cortantes como hojas de afeitar.<\/p>\n<p>El camino corre a lo largo del mar, en el trayecto del ferry que desde Haina lleva a San Crist\u00f3bal, y en su recorrido existen recuerdos de los primeros d\u00edas de Espa\u00f1a: viejos fuertes, antiguos pozos y ruinas de casas fortificadas. Sin embargo, entre la entrada a la ciudad y el lugar del ba\u00f1o hay pocos puntos de inter\u00e9s, salvo las puertas de una o dos residencias campestres que pertenecen a los ricos de Santo Domingo. No es necesario decir que fueron construidas tiempo atr\u00e1s por los espa\u00f1oles, ya que las puertas, bellas muestras de trabajo en fierro, constituyen la prueba. Sin duda los dominicanos no construyen mucho y de seguro cualquier estructura que no sea de barro y palma puede ser atribuida a los primeros espa\u00f1oles o a alg\u00fan comerciante extranjero establecido en el lugar.<\/p>\n<p>Estos no son pocos y entre ellos hay muchos catalanes, excluidos del odio general hacia los espa\u00f1oles que por aqu\u00ed se siente. Una de las residencias mencionadas pertenece a un catal\u00e1n, que la ha llamado San Francisco del Carmelo. Los forasteros la toman por un convento y preguntan si pueden verla, y esta broma suscita el m\u00e1s intenso placer en el rico catal\u00e1n, que est\u00e1 en el negocio de destilaci\u00f3n. Ubicado en la calle del Comercio \u2013que va desde la plaza frente a la Catedral a la Plaza del Mercado\u2013 est\u00e1 adornado con un portentoso letrero que luce una locomotora, con una destiler\u00eda al lado y un hombre que corre delante de ella agitando su sombrero. El lema sobre esta obra de arte es: \u201cA la industria catalana\u201d, \u201cAguardiente y ron, venta al por mayor y al detalle\u201d.<\/p>\n<p>De regreso a casa, por el ba\u00f1o y la caminata, el apetito se agudiza y el caf\u00e9 matinal sabe especialmente bueno. En particular cuando Monsieur Auguste permite a los americanos, considerados interlocutores privilegiados, tener uno o dos huevos en adici\u00f3n. Despu\u00e9s de esta comida temprana, que finaliza, incluso para los ba\u00f1istas, a las siete y media en punto, resta un mont\u00f3n de tiempo hasta la hora del desayuno que es a las once. Para los aficionados a la ciencia, aquellos que tienen algunos conocimientos de mineralog\u00eda, geolog\u00eda o bot\u00e1nica, siempre hay algo que ver o alg\u00fan lugar adonde ir. Pero para el viajero com\u00fan, el tiempo es, de hecho, un tirano.<\/p>\n<p>No hay visi\u00f3n m\u00e1s lamentable que la de un hombre en un sitio extra\u00f1o sin ocupaci\u00f3n, sin poder hacer algo para s\u00ed. Deambula desganado de calle en calle, llama al sufrido c\u00f3nsul para consejos sobre el correo, hace alarde de escribir cartas, que en el fondo sabe que no terminar\u00e1; pero su gran recurso es fumar los cigarros dominicanos \u2013un centavo la pieza\u2013 y frecuentar los lugares donde el letrero dice \u201cCaf\u00e9 y billar\u201d. Bendecido quien invent\u00f3 los billares, porque ciertamente ha salvado a muchos viajeros americanos de morir de puro ocio. Para los andariegos que pueden hablar una o dos lenguas extranjeras, lo normal es bajar la calle del Comercio y sentarse en las tiendas de conocidos y conversar por cerca de una hora. Esta es mi forma de matar el tiempo cuando he agotado mis helechos y f\u00f3siles. Tengo numerosos conocidos en esa calle y en general paso media hora con cada uno de ellos. La botica es el cuartel general, donde se llevan a cabo las grandes reuniones y se conciertan los negocios.<\/p>\n<p>No es muy grande, pero de lejos es la tienda m\u00e1s atractiva de la ciudad y los campesinos que vienen, machete en mano, a vender cera y miel y tamarindo no parecen tan convencidos cuando observan con mirada asombrada la curva semicircular de los estantes llenos de botellas misteriosas. Creo que tienen la vaga idea de que si el due\u00f1o realiz\u00f3 tal haza\u00f1a, podr\u00eda con esas botellas volar toda isla, tal vez toda la ciudad. Nunca he visto comprar algo en esta tienda. Si he visto a la gente del campo vender cosas. Aunque recuerdo a un americano que compr\u00f3 una onza de quinina y vi c\u00f3mo se le ca\u00eda la mand\u00edbula cuando escuch\u00f3 al precio. Todo es desagradablemente caro en esta ciudad, no s\u00f3lo los bienes importados sino las provisiones \u2013todo\u2013. La mesa de billar al Hotel du Commerce le cost\u00f3 setecientos d\u00f3lares a su genial due\u00f1o y los pianos, manufacturados expresamente para Santo Domingo por Pleyel, de Par\u00eds, promedian cuatrocientos cincuenta d\u00f3lares \u2013en Par\u00eds se vende por doscientos d\u00f3lares o menos. La posesi\u00f3n de un piano entre los dominicanos es uno de los signos de aristocracia y dudo si las damas de cualquier hogar blanco permitir\u00edan al paterfamilias fumar un solo cigarro en paz, si la mejor sala no contara con un piano.<\/p>\n<p>El desayuno, a las once en punto, es aqu\u00ed en verdad una cena sin la sopa. No hay mucha variedad en el H\u00f4tel du Commerce y una comida se parece mucho a la otra. Una tortilla excelente es la entrada habitual, la cual es seguida por pescado, generalmente el pescado colorado, que se parece al pargo rojo (red snapper). En ocasiones se sirve lisa delicadamente sancochada en vino blanco y cuando no hay, Auguste escoge un pez muy \u00e1spero, de sabor fuerte que creemos es mantarraya, pero al cual \u00e9l le da un nombre espa\u00f1ol. Algunos comen pl\u00e1tano frito con su pescado, pero no recomiendo tal pr\u00e1ctica. El siguiente plato en orden es generalmente un ragout de gallina, o pichones o, a veces, ri\u00f1ones guisados o sesos de ternera con sauce picante. Estos entremets son siempre seguidos por arroz hervido y frijoles, el plato nacional de la Am\u00e9rica espa\u00f1ola. El \u00faltimo plato es guiso de res con una suave cobertura de ajo. Todo ba\u00f1ando con un vino sobre el cual me resisto a dar un juicio. Auguste afirma, con osad\u00eda, que es un verdadero Bordeaux, pero yo creo que es catal\u00e1n, con una adici\u00f3n de az\u00facar no refinada y tal vez un poco de aguardiente. Puede beberse si se mezcla con bastante agua.<\/p>\n<p>Sigue el queso Gruy\u00eare, con varios tipos de frutas, y concluye el desayuno una taza de caf\u00e9 dominicano. Despu\u00e9s del desayuno los nativos toman una siesta por varias horas, pero esta es una costumbre ante la cual los americanos se echan para atr\u00e1s, y no hay ninguna otra forma de pasar el tiempo que los eternos billares o una cabalgata en el campo.\u201d Todo desde el Hotel du Commerce.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jose del Castillo (D. Libre, 4-6-16) Santo Domingo visto por cuatro viajeros 1850-1889\u00a0es una compilaci\u00f3n editada por la Academia Dominicana de Historia con presentaci\u00f3n de Jos\u00e9 Chez Checo, que re\u00fane dos textos del c\u00e9lebre naturalista y c\u00f3nsul de Inglaterra en el pa\u00eds Sir Robert H. Schomburgk. 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