{"id":20012,"date":"2017-10-24T06:03:49","date_gmt":"2017-10-24T10:03:49","guid":{"rendered":"http:\/\/debateplural.com\/?p=20012"},"modified":"2017-10-23T13:38:02","modified_gmt":"2017-10-23T17:38:02","slug":"bailes-y-buffet-en-la-era-de-lilis","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2017\/10\/24\/bailes-y-buffet-en-la-era-de-lilis\/","title":{"rendered":"Bailes y Buffet en la Era de Lil\u00eds"},"content":{"rendered":"<p>Jose del Castillo (D. Libre, 21-10-17)<\/p>\n<p>EN SU DISCURSO DE\u00a0ingreso a la Academia Dominicana de la Lengua en 1975, el ilustre historiador dom\u00ednico venezolano, por dem\u00e1s sancarle\u00f1o de la 16 de Agosto, don Carlos Larraz\u00e1bal Blanco \u2013padre de la genealog\u00eda en nuestro pa\u00eds con su monumental obra\u00a0<i>Familias Dominicanas<\/i>\u00a0en nueve vol\u00famenes- pondera las bondades de la obra narrativa de Tulio Manuel Cestero. De cuya glosa versa la presente columna dedicada a rese\u00f1ar los bailes caseros y populares que se verificaban en la vieja urbe y el correspondiente acompa\u00f1amiento de vituallas, desde el aristocr\u00e1tico buffet del Club Uni\u00f3n hasta la fritanga proletaria de barrio de las alturas suburbanas.<\/p>\n<p>Nos dice certero Larraz\u00e1bal en su prosa suelta, refiri\u00e9ndose al tr\u00edptico narrativo formado por\u00a0<i>La Sangre<\/i>,\u00a0<i>Ciudad Rom\u00e1ntica<\/i>\u00a0y\u00a0<i>Sangre solar<\/i>. \u201cDa gusto leer las obras cesterianas, c\u00f3mo se regodea con los recuerdos de cosas que afectaron su ni\u00f1ez, su juventud y su plena adultez. El habla popular se le qued\u00f3 grabada en sus o\u00eddos. La socarroner\u00eda y marruller\u00eda campesinas las sorprende y las fija. Desfilan delante de \u00e9l el hombre simple del campo y el de los villorrios y ciudades, con sus virtudes y sus defectos. Contempla a la mujer, flor y abeja en sus hogares, dispuesta al sacrificio&#8230; A\u00f1ora Cestero los tiempos coloniales en presencia de los vetustos edificios y las imponentes ruinas, bellas y tristes herencias de piedra. Refiere aconteceres pol\u00edticos y de la sociedad: las desastrosas guerras civiles con sus hechos salpicados de sangre&#8230;\u201d<\/p>\n<p>\u201cCestero se adentra en los hogares. De la sala, donde suele existir un paso de novios, pasa al comedor; de aqu\u00ed, olfateando los olores que emergen de los calderos, pasa a la cocina donde quisiera morder una buena pechuga de pollo. En el jardincillo contempla las flores y al fondo del patio advierte un gallinero&#8230; Se anda por los ventorrillos de los barrios, contempla a los muchachos en su juego de bolas. Baila aqu\u00ed y all\u00e1, se disfraza en los carnavales, lanza cascarones de huevos llenos de aguas de olor en el juego de San Andr\u00e9s. En fin, Cestero se sumerge en su tiempo y en su espacio. Pasa por el tamiz del trato con seres vivos y por el de las cosas viejas y muertas, para mostrarse ante su patria como un hombre que acendradamente la am\u00f3.\u201d<\/p>\n<p>En uno de los pasajes de su novela\u00a0<i>La Sangre<\/i>, Tulio Manuel Cestero retrata magistralmente la escena de la parte gastron\u00f3mica de la fiesta de disfraces celebrada con motivo del 27 de febrero en el selecto Club Uni\u00f3n, con la asistencia sobresaliente del Presidente Ulises Heureaux, quien prodigaba galanter\u00eda a su paso por los salones del principal centro social capitalino. Detallando algunas de las exquisiteces a las que estaba habituada la \u00e9lite de la ciudad de Santo Domingo a finales del siglo XIX.<\/p>\n<p>\u201cEl\u00a0<i>buffet<\/i>\u00a0se abre luego de la medianoche. Con el \u00edmpetu con que el ganado se escapa de los corrales tras el orde\u00f1o, desbord\u00e1ndose de los potreros, la multitud lo invade, atropell\u00e1ndose. Un viejo, sin desguantarse, para no perder tiempo, traga pastelitos y emparedados; la grasa mancha la cabritilla y con la boca atestada, previene a los vecinos: \u2018coman\u00a0<i>turcos<\/i>, muchachos, que est\u00e1n n\u00famero uno\u2019. Los pies aplastan melindres, dulces, aceitunas, ca\u00eddos de manos impacientes. En la primera embestida, dos tinajones de frutas cristalizadas desaparecen. Por la escalera de servicio, al soslayo va un gal\u00e1n escondiendo bajo las faldas de la levita un\u00a0<i>pud\u00edn<\/i>\u00a0de dos libras. Por el balc\u00f3n, amigos complacientes, arr\u00edan a los que est\u00e1n en la calle botellas de champa\u00f1a. Las mam\u00e1s olvidadas, se indignan contra los\u00a0<i>gand\u00edos<\/i>\u00a0que no las sirven. En su tiempo, afirman, no era as\u00ed.\u201d<\/p>\n<p>Fuera de este ambiente, representativo del segmento de clase m\u00e1s elevado de la sociedad urbana, Cestero se ocupa en\u00a0<i>Ciudad Rom\u00e1ntica<\/i>\u00a0de ampliar la gama de estilos recreativos correspondientes a otros sectores sociales y a otras situaciones en las cuales el baile tambi\u00e9n constitu\u00eda la actividad por excelencia. Durante las fiestas patronales \u2013luego de las alboradas, de las competencias de palo ensebado, de pollo enterrado, de carreras de sacos y lidias de toros-, \u201cel baile es la fiesta exclusiva, y rara es la reuni\u00f3n que no termine d\u00e1ndose vueltas al comp\u00e1s del piano. A los sones del g\u00fciro y el pandero, excitados por el clarinete, olvidan los dominicanos penas y peligros.\u201d<\/p>\n<p>En estas oportunidades, se desarrollaban dos tipos de bailes: los caseros y los p\u00fablicos. De los primeros nos dice Cestero lo siguiente:<\/p>\n<p>\u201cLa casa escogida, se distingue por la abundancia de luz. El entarimado ha sido pulido por la escoba y regado con estearina rallada. Las sillas se alinean a lo largo de las paredes. En aposento contiguo acampan las mam\u00e1s, ocupadas en enredar la madeja de la murmuraci\u00f3n. En los intervalos, las muchachas se pasean en torno de la sala, del brazo de los galanes. Peque\u00f1as, p\u00e1lidas, vestidas con sencillez no desprovista de elegancia, en las pupilas el fuego de las pasiones que las uncen al esposo como esclavas voluntarias o les permiten esperar a\u00f1os y a\u00f1os el cumplimiento de una promesa matrimonial. Sal, flor de la tierra. Virtuosas, sentimentales, incansables en las faenas del hogar, guardan en las entra\u00f1as promesas de venturas y maceran con zumos exquisitos los caracteres masculinos. Cuando la danza desgrana sus notas voluptuosas, las manos se oprimen, los cuerpos se acercan, pero la honestidad femenil y el recato de caballero velan las brasas, imprimi\u00e9ndole a los giros cierta languidez graciosa.\u201d<\/p>\n<p>\u201cMas el cuadro es otro en los bailes p\u00fablicos extramuros, donde se ayuntan parejas ebrias de licor y lujuria, y los cuerpos se mueven con sabios ritmos de prost\u00edbulos; y en la linde del monte, en la colina de Galindo, el baile ind\u00edgena es adulterado por maneras importadas, y al son del cuatro, y del acorde\u00f3n y de tambor hecho de tronco hueco cubierto en uno de los extremos de una piel de chivo tensa, sobre la cual manos expertas golpean; en atm\u00f3sfera infame, cual en los claros de las selvas africanas, la danza quema las carnes, hace fren\u00e9ticos los movimientos, las parejas se enlazan y separan, zapatean sobre el piso de hormig\u00f3n, treman los pechos de las hembras y remolineando los vientres se unen con sacudimientos epil\u00e9pticos.\u201d<\/p>\n<p>Nuestro autor se detiene en el relato del avituallamiento de tanto cuerpo sudoroso por el fragor del baile, hambriento y sediento. Describe con precisi\u00f3n que me devuelve a la cocina amable de mi querida abuela Emilia Sard\u00e1 Piantini cuando hac\u00eda pastelitos o empanaditas de catib\u00eda para la cena, en el San Carlos parroquial que se nos fue.<\/p>\n<p>\u201cFrente a las casas en fiesta, la industria abre tienda, a veces al aire libre. El caldero de hierro chirr\u00eda la grasa de cerdo; en tabla a manera de mostrador, se asocian botellas de cerveza y de ron, vasos, pan, queso y confituras. Inclinada sobre la mesa pulcra de pino, las mangas recogidas en los molleros, una mujer blanca, mulata o negra, extiende con un bolillo masa hecha de harina de trigo o de yuca y luego la corta en hojas, bordeando un platillo invertido. En una de estas, pone una cucharada de relleno de carne picada, huevos, aceituna y pasas, que cubre con otra repulg\u00e1ndolas, y uno a uno, sumerge los pastelitos en la hirviente grasa hasta que se doran e inflan. Las doce es la hora de los\u00a0<i>sancochos<\/i>, el santo m\u00e1s popular entre los dominicanos: en la amplia olla cuecen hasta formar caldo espeso, gallina o pavos (hurtados en los patios vecinos), trozos de pl\u00e1tanos, de \u00f1ame, yuca, ahuyama, batatas y mazorcas de ma\u00edz; plato rico, que los se\u00f1ores acad\u00e9micos de la lengua, no han saboreado nunca.\u201d<\/p>\n<p>Como dec\u00eda Juan Antonio Alix, en una de sus salerosas d\u00e9cimas, al referirse a los llamados \u201cbailes de empresa\u201d, organizados en salones de fiesta propios o rentados por los denominados \u201cempresarios\u201d, en el Santiago de finales del siglo XIX e inicios del XX: \u201cEl que llega con dinero\/ y sabe de cosa buena\/ la barriga se la llena\/ de licores sabrositos\/ los dulces m\u00e1s exquisitos\/ y una magn\u00edfica cena.\u201d<\/p>\n<p>De esta forma, la afici\u00f3n por el baile como forma meritoria de interacci\u00f3n social \u2013tan arraigada en la sociedad dominicana- se combinaba felizmente con una esmerada atenci\u00f3n a los placeres de la gula. \u00a1V\u00e1lgame Dios! \u00a1Cu\u00e1nta felicidad!<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jose del Castillo (D. 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