{"id":22111,"date":"2018-01-20T06:02:02","date_gmt":"2018-01-20T10:02:02","guid":{"rendered":"http:\/\/debateplural.com\/?p=22111"},"modified":"2018-01-19T13:59:45","modified_gmt":"2018-01-19T17:59:45","slug":"un-espanol-en-la-corte-de-marx","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2018\/01\/20\/un-espanol-en-la-corte-de-marx\/","title":{"rendered":"Un Espa\u00f1ol en la Corte de Marx"},"content":{"rendered":"<p>Jose del Castillo (D. Libre, 23-12-17)<\/p>\n<p>ANSELMO LORENZO, UN PROMINENTE\u00a0anarquista espa\u00f1ol que asisti\u00f3 en 1871 a la Conferencia de la Primera Internacional celebrada en Londres \u2013antesala de la escisi\u00f3n entre los partidarios de Bakunin y los de Marx registrada en el V Congreso de La Haya en 1872\u2013, narra sus impresiones, como una suerte de rara avis en el c\u00edrculo de los marxistas. Con alcances que hoy nos pisan los movedizos talones de la pol\u00edtica.<\/p>\n<p>Ya en Londres, \u201cal cabo de poco rato pasamos delante de una casa, llam\u00f3 el cochero y se present\u00f3 un anciano que, encuadrado en el marco de la puerta, recibiendo la luz de un reverbero, parec\u00eda la figura venerable de un patriarca. Me acerqu\u00e9 con timidez y respeto, anunci\u00e1ndome como delegado de la Federaci\u00f3n Regional Espa\u00f1ola de La Internacional, y aquel hombre me estrech\u00f3 entre sus brazos, me bes\u00f3 en la frente, me dirigi\u00f3 palabras afectuosas en espa\u00f1ol y me hizo entrar a su casa. Era Carlos Marx. Su familia ya se hab\u00eda recogido y \u00e9l mismo, con amabilidad exquisita, me sirvi\u00f3 un apetitoso refrigerio; al final tomamos t\u00e9 y hablamos extensamente de ideas revolucionarias, propaganda y de organizaci\u00f3n, mostr\u00e1ndose muy satisfecho de los trabajos realizados en Espa\u00f1a. Agotada la materia, mi respetable interlocutor me habl\u00f3 de literatura espa\u00f1ola, que conoc\u00eda detallada y profundamente, caus\u00e1ndome asombro lo que dijo de nuestro teatro antiguo, cuya historia, vicisitudes y progresos dominaba perfectamente.<\/p>\n<p>Calder\u00f3n. Lope de Vega, Tirso y dem\u00e1s grandes maestros, no ya del teatro espa\u00f1ol, sino del teatro europeo, seg\u00fan juicio suyo, fueron analizados en conciso y a mi parecer just\u00edsimo resumen. En presencia de aquel grande hombre, ante las manifestaciones de aquella inteligencia, me sent\u00eda anonadado. No obstante, haciendo un esfuerzo casi heroico para no dar triste idea de mi ignorancia, suscit\u00e9 el parang\u00f3n que suele hacerse entre Shakespeare y Calder\u00f3n y evoqu\u00e9 el recuerdo de Cervantes. De todo ello habl\u00f3 Marx como consumado inteligente, dedicando frases de admiraci\u00f3n al ingenioso hidalgo manchego. He de advertir que la conversaci\u00f3n fue sostenida en espa\u00f1ol, que Marx hablaba regularmente, con buena sintaxis, como sucede a muchos extranjeros ilustrados, aunque con una pronunciaci\u00f3n defectuosa. A hora muy avanzada de la madrugada me acompa\u00f1\u00f3 a la habitaci\u00f3n que me destinaba.<\/p>\n<p>A la ma\u00f1ana siguiente fui presentado a las hijas de Marx y despu\u00e9s a varios delegados y personas que se presentaron, y me ocurrieron dos incidentes que relatar\u00e9 y que recuerdo con especial complacencia. La hija mayor, joven de hermosura ideal, incomprensible para m\u00ed por no tener semejanza con nada de cuanto respecto a hermosura femenina hab\u00eda visto hasta entonces, conoc\u00eda el espa\u00f1ol, aunque como su padre, pronunciaba mal, y me tom\u00f3 por su cuenta para que le leyera algo por gusto de o\u00edr la pronunciaci\u00f3n correcta; me llev\u00f3 a la biblioteca, que era grande y atestada de vol\u00famenes, y de un armario dedicado a la literatura espa\u00f1ola tom\u00f3 dos libros, uno el\u00a0<i>Quijote<\/i>, otro una colecci\u00f3n de dramas de Calder\u00f3n; del primero le\u00ed el discurso de Don Quijote a los cabreros, y del otro, aquella tirada de versos grandilocuentes y sonoros de\u00a0<i>La vida es sue\u00f1o<\/i>, reconocidos como joyas del idioma espa\u00f1ol y concepciones sublimes del pensamiento humano.<\/p>\n<p>El segundo incidente consisti\u00f3 en que habiendo manifestado el deseo de dirigir un telegrama a Valencia anunciando mi feliz llegada a Londres, en cumplimiento del encargo que se me hizo por el peligro que se supon\u00eda existir en Francia, me dieron como acompa\u00f1ante y gu\u00eda a la hija menor de Marx. Esa facilidad en prestar para ese servicio a una se\u00f1orita, trat\u00e1ndose de un extranjero desconocido, cosa tan contraria a las costumbres de la burgues\u00eda espa\u00f1ola, me admir\u00f3 y agrad\u00f3 en extremo. Aquella joven, casi una ni\u00f1a, soberanamente hermosa, aunque con una hermosura m\u00e1s humana que la de su hermana, risue\u00f1a y alegre como la personificaci\u00f3n de la juventud y la felicidad positiva, no sab\u00eda a\u00fan el espa\u00f1ol, y aunque hablaba bien ingl\u00e9s y alem\u00e1n como si fueran lenguas propias, estaba poco adelantada en el franc\u00e9s, en cuyo idioma s\u00ed pod\u00eda yo hacerme entender; en resumen: nos comunic\u00e1bamos en mal franc\u00e9s&#8230; con tanta espontaneidad y franqueza como si nos hubi\u00e9ramos tratado fraternalmente toda la vida.<\/p>\n<p>La reuni\u00f3n preparatoria de la Conferencia deb\u00eda celebrarse aquella noche, reuni\u00e9ndose previamente el Consejo General, al que ser\u00edan presentados los delegados. Marx me acompa\u00f1\u00f3 al local del Consejo. A la puerta, junto con algunos consejeros, se hallaba Bastelica, el franc\u00e9s que presidi\u00f3 la primera sesi\u00f3n del Congreso de Barcelona, quien me recibi\u00f3 con las mayores demostraciones de aprecio y alegr\u00eda y me present\u00f3 a los compa\u00f1eros, algunos de nombre ya conocido en la historia de la Internacional. Marx me present\u00f3 a Engels, quien desde aquel momento se encarg\u00f3 de darme hospitalidad durante mi residencia en Londres. Ya en la sala de sesiones vi a los delegados belgas, entre ellos C\u00e9sar de Paepe, algunos franceses, el suizo Henry Perret y el ruso Outine, figura siniestra y antip\u00e1tica que en la Conferencia no pareci\u00f3 tener otra misi\u00f3n que atizar el odio y envenenar las pasiones, siendo completamente ajeno al gran ideal que agitaba a nuestros representados los trabajadores internacionales.<\/p>\n<p>De la semana empleada en aquella Conferencia guardo triste recuerdo. El efecto causado en mi \u00e1nimo fue desastroso: esperaba yo ver grandes pensadores, heroicos defensores del trabajador, entusiastas propagadores de las nuevas ideas, precursores de aquella sociedad transformada por la Revoluci\u00f3n en que se practicar\u00e1 la justicia y se disfrutar\u00e1 de la felicidad, y en su lugar hall\u00e9 graves rencillas y tremendas enemistades entre los que deb\u00edan estar unidos en una voluntad para alcanzar un mismo fin. Si mi fe hubiera necesitado est\u00edmulos para sostenerse y si no tuviera descontados los efectos divergentes y disolventes de la ambici\u00f3n, de la vanidad y de la envidia, la Conferencia de Londres, en vez de una confirmaci\u00f3n de mis ideas y de mis esperanzas emancipadoras, hubiera sido una desastrosa desilusi\u00f3n.<\/p>\n<p>Por fortuna, pobre obrero entonces como hoy, despu\u00e9s de treinta a\u00f1os, sin miras ego\u00edstas, amante entusiasta de aquella libertad, la \u00fanica positiva y de extensi\u00f3n social que se apoya en la colectividad y hace desaparecer la clase de los oprimidos, ten\u00eda y tengo por cierto que las aspiraciones populares, seguras de su legitimidad, arraigan, se desarrollan, ganan espacio y consistencia y, por \u00faltimo, confirmadas por la ciencia y sancionadas por la revoluci\u00f3n, dominar\u00e1n contra todo lo que se les oponga, aunque entre los obst\u00e1culos se cuenten aquellos santones prestigiosos que las fomentaron un d\u00eda y luego pusieron el prestigio adquirido al servicio de pasiones vergonzosas.<\/p>\n<p>Pocos \u00e9ramos los asalariados asistentes a aquella asamblea, siendo los m\u00e1s burgueses (ciudadanos de la clase media, como lo define la Academia) y \u00e9stos llevaban all\u00ed la direcci\u00f3n y la voz, ya que aquella reuni\u00f3n no vino a ser otra cosa que una prolongaci\u00f3n del Consejo General, una sanci\u00f3n de sus planes. Puede asegurarse que toda la sustancia de aquella Conferencia se redujo a afirmar el predominio de un hombre all\u00ed presente, Carlos Marx, contra el que se supuso pretend\u00eda ejercer otro, Miguel Bakunin, ausente. Para llevar adelante el prop\u00f3sito hab\u00eda un cap\u00edtulo de cargos contra Bakunin y la Alianza de la Democracia Socialista, apoyado en documentos, declaraciones y hechos de cuya verdad y autentic1dad no pudo convencerse nadie&#8230;<\/p>\n<p>Asist\u00ed una noche en casa de Marx a una reuni\u00f3n encargada de dictaminar sobre el asunto de la Alianza y all\u00ed vi a aquel hombre descender del pedestal en que mi admiraci\u00f3n y respeto le hab\u00eda colocado, hasta el nivel m\u00e1s vulgar y despu\u00e9s varios de sus partidarios se rebajaron mucho m\u00e1s a\u00fan, ejerciendo la adulaci\u00f3n como si fueran viles cortesanos delante de su se\u00f1or. Lo \u00fanico en car\u00e1cter, lo genuinamente obrero, lo puramente emancipador, tuve yo el alto honor de presentarlo a aquella Conferencia: la Memoria sobre organizaci\u00f3n formulada por la Conferencia de Valencia. Trabajo perdido: el Consejo General y la mayor\u00eda de los delegados no estaban para eso: lo que les preocupaba sobre todo era la cuesti\u00f3n de jefatura. Ya no era cuesti\u00f3n de sostener una fuerza revolucionaria y darle una organizaci\u00f3n, y sostener una l\u00ednea de conducta estrictamente encaminada a su objeto, sino de poner una gran reuni\u00f3n de hombres al servicio de un jefe.<\/p>\n<p>Terminada la Conferencia, se celebr\u00f3 un lunch de despedida en que abundaron las lamentaciones acerca de la persecuci\u00f3n sanguinaria contra la Comuna, y en que algunos delegados hicieron el gasto de frases y profec\u00edas usados en tales actos, y yo mismo, instado por algunos que consideraban un espa\u00f1ol como fen\u00f3meno raro, tuve que intervenir en aquella exposici\u00f3n de lugares comunes, pero con desagrado, expres\u00e1ndome en espa\u00f1ol, dejando a Engels el cuidado de traducir mis palabras al ingl\u00e9s y al franc\u00e9s, que los circunstantes de cada idioma aplaudieron cuando les toc\u00f3 el turno. Me volv\u00ed a Espa\u00f1a pose\u00eddo de la idea de que el ideal estaba m\u00e1s lejos de lo que hab\u00eda cre\u00eddo, y de que muchos de sus propagandistas eran sus enemigos\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jose del Castillo (D. 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