{"id":26672,"date":"2018-08-04T11:55:05","date_gmt":"2018-08-04T15:55:05","guid":{"rendered":"http:\/\/debateplural.com\/?p=26672"},"modified":"2018-08-04T11:55:05","modified_gmt":"2018-08-04T15:55:05","slug":"colonialismo-genocidio-ambiental-y-luchas-comunitarias","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2018\/08\/04\/colonialismo-genocidio-ambiental-y-luchas-comunitarias\/","title":{"rendered":"Colonialismo, genocidio ambiental y luchas comunitarias"},"content":{"rendered":"<p>Rafael Rodr\u00edguez Cruz (Rebelion, 4-8-18)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Dicen que mi generaci\u00f3n fue de las pocas en disfrutar un poco de prosperidad en la comarca de Guayama y el sureste de Puerto Rico en el siglo XX. Algo de verdad quiz\u00e1s tiene la aseveraci\u00f3n. Entre 1955 y 1972, Guayama y los pueblos del sur disfrutaron de una aparente primavera econ\u00f3mica, resultante de la llegada del gran capital industrial moderno a Puerto Rico. Una de las industrias m\u00e1s importantes, para el desarrollo de mi generaci\u00f3n, fue la Univis Corporation, que fabricaba lentes b\u00e1sicos en Guayama y los exportaba al mercado estadounidense. La f\u00e1brica Univis estaba en la salida hacia el pueblo costero de Salinas y, al menos hasta fines de la d\u00e9cada de los sesenta, parec\u00eda inamovible. Al otro lado del pueblo, saliendo para Arroyo estaban las plantas textiles, incluyendo las f\u00e1bricas conocidas como la Americana y Angela Corporation. La verdadera gran inversi\u00f3n de capital industrial, sin embargo, ocurri\u00f3 en las afueras de Guayama, en el \u00e1rea de la laguna de Jobos y Pozuelo. Nos referimos a la llegada de la Phillips Corporation y el inicio de la fase de predominio de las industrias qu\u00edmicas y petroqu\u00edmicas transnacionales en el sureste. El cultivo de ca\u00f1a vendr\u00eda a ser un fen\u00f3meno del pasado, y pronto las centrales de la regi\u00f3n dejar\u00edan de funcionar.<\/p>\n<p>A pesar de la r\u00e1pida transici\u00f3n de la agricultura a la gran industria, mi generaci\u00f3n sinti\u00f3 que muy poco cambiaba en este pueblo en que, al decir de Luis Pal\u00e9s Matos, la gente se mor\u00eda de hacer nada. La lentitud de la vida social era algo asfixiante. Guayama, con o sin la Phillips, segu\u00eda siendo Guayama. Al menos, as\u00ed se sent\u00eda. Todo alrededor nuestro tend\u00eda hacia la inercia y nuestras vidas se consum\u00edan en una especie de maleficio que nos condenaba a movernos circularmente. De hecho, as\u00ed era que la juventud efectuaba los recorridos de coqueteo en la plaza de recreo, durante las fiestas patronales; en un c\u00edrculo perfecto en contra del reloj.<\/p>\n<p>Algunos comentaristas leen apresuradamente a Pal\u00e9s, y le atribuyen la inercia cultural de Guayama solo a la hispanofilia de las clases dominantes. Nuestro poeta, sin embargo, era un mago de las im\u00e1genes l\u00edricas. \u00c9l sab\u00eda, por ejemplo, que la lentitud del tiempo en el sureste de Puerto Rico ya estaba all\u00ed mucho antes de la colonizaci\u00f3n. Por eso, no es recomendable leer el poema Pueblo, sin antes leer Topograf\u00eda. Entre uno y otro hay una conexi\u00f3n de causalidad.<\/p>\n<p><b>El sureste<\/b><\/p>\n<p>Aceptemos, de entrada, que el sureste de Puerto Rico, toda esa regi\u00f3n que va de Salinas a Patillas, es un \u00e1rea de contrastes extremos y magn\u00edficos. En la costa predomina la aridez y la marisma seca, al menos exteriormente. En las lomas, y de manera muy selectiva, hay zonas que parecen bosques tropicales. Este es el caso de la ladera sur de los montes de Carite, as\u00ed como de las elevaciones de Guaman\u00ed y del curso del r\u00edo Patillas, desde la poza de la curva hasta el lago.<\/p>\n<p>En 1898, apenas ocurrida la invasi\u00f3n militar, el ge\u00f3logo y explorador estadounidense Robert Hill visit\u00f3 la regi\u00f3n del sureste de Puerto Rico. Buscaba minerales para la explotaci\u00f3n por las compa\u00f1\u00edas de su pa\u00eds. A su alrededor, solo vio un paisaje de terrenos secos, \u00e1rboles de cactus, arenas y pedregales. Dotado de un poder de observaci\u00f3n sin par, no le tom\u00f3 m\u00e1s de un minuto en rendir juicio sobre lo que vio: \u00abAqu\u00ed no hay minerales, pero sobra el agua subterr\u00e1nea; bastar\u00eda con hundir un palo en la tierra para comprobarlo\u00bb. Originario de Texas, y famoso por haber descubierto los grandes acu\u00edferos del sur de Estados Unidos, Hill sinti\u00f3 una experiencia de deja-vu. Estaba, a su juicio, encima de un gran acu\u00edfero, con un potencial enorme para la agricultura. Efectivamente, en 1898 Hill detect\u00f3 uno de los dep\u00f3sitos m\u00e1s importantes de lo que hoy se conoce hidrol\u00f3gicamente como la Gran Provincia de Sur. Parte integral de los valles de acu\u00edferos de la costa de Puerto Rico, la Gran Provincia del Sur incluye los acu\u00edferos aluviales de Salinas, Guayama y Patillas; en conjunto, una de las acumulaciones de agua subterr\u00e1nea m\u00e1s importantes y fant\u00e1sticas del Caribe.<\/p>\n<p>El ge\u00f3logo imperialista Hill, sin embargo, estaba m\u00e1s interesado en la mineralog\u00eda que en la agricultura. Por eso, no hizo muchos comentarios sobre el potencial de cultivo de ca\u00f1a en la regi\u00f3n. Para \u00e9l, los terrenos del sureste, descritos por muchos como \u00e1ridos y est\u00e9riles, eran, ante todo, ricos en humedad subterr\u00e1nea. Cualquier uso agr\u00edcola, por lo tanto, era posible mediante la extracci\u00f3n de agua de los dep\u00f3sitos aluviales bajo tierra. La aridez superficial, aunque visible, no era un problema insalvable. \u00bfNo era acaso eso lo que \u00e9l hab\u00eda recomendado para las grandes fincas de cultivo y ganado en Texas, o sea, extraer agua del subsuelo? La cuesti\u00f3n se reduc\u00eda, pues, a qu\u00e9 era m\u00e1s costoso: sacar el agua mediante pozos modernos o crear un sistema de riego, que captara el agua de los caudalosos r\u00edos de las monta\u00f1as. Lo primero implicaba una inversi\u00f3n significativa de capital en maquinaria y equipo; lo segundo, se pod\u00eda obtener gratuitamente del gobierno colonial. El riego, entonces, no era un requisito absoluto para la agricultura en la zona sureste, ni siquiera para la ca\u00f1a.<\/p>\n<p>A pesar del contraste entre los llanos \u00e1ridos del sureste y las monta\u00f1as lluviosas del centro de la isla, la existencia de grandes acu\u00edferos en las llanuras fue el producto magn\u00edfico de una armon\u00eda hidrogeol\u00f3gica que tom\u00f3 millones de a\u00f1os en constituirse. De hecho, el mismo Hill, uno de los precursores de la geolog\u00eda moderna en el Golfo de M\u00e9xico y la Cuenca del Caribe, qued\u00f3 infatuado con el caso de Puerto Rico. Para algunos cient\u00edficos de la \u00e9poca, las Antillas Mayores, incluyendo nuestro pa\u00eds, representaban la Atlantis perdida de la mitolog\u00eda griega. Hill estudi\u00f3 la composici\u00f3n de las rocas en las distintas islas y dio base cient\u00edfica a sus teor\u00edas. Como un Da Vinci de la geolog\u00eda, sus descripciones del Caribe no est\u00e1n exentas de valor literario. Las Antillas Mayores, puntualiz\u00f3 en sus art\u00edculos para la revista National Geographic, semejaban una canoa invertida.<\/p>\n<p>Puerto Rico, a\u00f1adi\u00f3 Hill, aunque hija de la misma madre que tuvo Cuba, o sea, de las revoluciones volc\u00e1nicas del Caribe, se destacaba entre las Antillas Mayores por su vegetaci\u00f3n exuberante y la variedad de paisajes. De hecho, en su opini\u00f3n, Cuba ten\u00eda un aspecto geol\u00f3gicamente continental maduro. Puerto Rico, no; aqu\u00ed todo parec\u00eda nuevo y acabado de brotar del mar. La isla, en sus palabras, era un microcosmos ut\u00f3pico, que deleitaba al visitante por la armon\u00eda de contrastes extremos, como si fuera una pintura alocada. De un lado, estaban las costas, excepcionalmente lineales y faltas de cayos; del otro, el paisaje general de la isla, marcado por cadenas de elevadas monta\u00f1as de semblantes dentados y categ\u00f3ricos. La discordancia mayor, por supuesto, la daba el clima: h\u00famedo en el norte, seco en el sur. El agua, sin embargo, no escaseaba en ning\u00fan rinc\u00f3n de esta diminuta isla de 35 millas de ancho por 100 de largo. Las serradas monta\u00f1as del centro de la isla, con sus suelos arcillosos, apenas lograban retener el agua de lluvia que recib\u00edan gracias a los vientos alisios. Sin embargo, las copiosas precipitaciones no tardaban en llegar, mediante un enjambre alucinador de r\u00edos, a las costas y sus m\u00faltiples dep\u00f3sitos de calizas porosas absorbentes de humedad. Ah\u00ed se almacenaron por miles y miles de a\u00f1os. En realidad, se trataba de dep\u00f3sitos subterr\u00e1neos geol\u00f3gicamente j\u00f3venes, formados tan solo uno o dos millones de a\u00f1os atr\u00e1s. Puerto Rico era, para Hill, expresi\u00f3n de la uni\u00f3n armoniosa de lo viejo y lo nuevo: monta\u00f1as volc\u00e1nicas y costas j\u00f3venes. El agua que \u00e9l not\u00f3 t\u00edmidamente asom\u00e1ndose bajo la marisma seca del sureste se originaba efectivamente en las monta\u00f1as. Los mismos terrenos esponjosos de la costa no eran sino el resultado de la acumulaci\u00f3n milenaria de grava, piedras y otros materiales que hab\u00edan llegado de las monta\u00f1as por efecto de la erosi\u00f3n. Y si arriba no reten\u00edan el agua, abajo la acumulaban. Hac\u00eda falta una verdadera visi\u00f3n de conjunto, para comprender la perfecta armon\u00eda escondida tras los extremos de climas, paisajes, topograf\u00eda y geolog\u00eda de la isla. Una armon\u00eda hidrogeol\u00f3gica de millones de a\u00f1os. Quiz\u00e1s sea ese, digo yo, el verdadero origen de la lentitud con que discurre el tiempo en el sureste de Puerto Rico.<\/p>\n<p>Hoy, gracias a la ciencia moderna, sabemos que lo que Hill llam\u00f3 \u201cagua siempre accesible a un metro bajo la superficie\u201d no era m\u00e1s que uno de los muchos valles de acu\u00edferos del sureste de la isla. Debido a la armon\u00eda con la lluvia en los montes, el agua sobraba en ellos. Por miles y miles de a\u00f1os, la fuente de recarga principal de los dep\u00f3sitos de agua subterr\u00e1nea en el sureste hab\u00eda sido el agua monta\u00f1osa que llegaba por la acci\u00f3n de los r\u00edos y la fuerza de gravedad. No en balde no hab\u00eda lagos superficiales. La isla los llevaba por dentro en sus costas.<\/p>\n<p>Naturalmente, el sureste no es el \u00fanico lugar que muestra este tipo de formaci\u00f3n hidrogeol\u00f3gica en Puerto Rico. Hay algunas en la costa del norte, y bien grandes. Sin embargo, aqu\u00ed, en la tierra inh\u00f3spita de Pal\u00e9s, el asunto reviste un aspecto de magia. Debido a la altura y localizaci\u00f3n algo desplazada al sur de la Cordillera Central, el sureste de Puerto Rico est\u00e1 aislado del efecto humidificador de los Vientos Alisios, con sus r\u00e1fagas que soplan del noreste. En la ladera de la isla a barlovento, o sea, de cara a los vientos h\u00famedos del noreste, ocurre lo que los ge\u00f3grafos llaman lluvia orogr\u00e1fica: la humedad sube, se enfr\u00eda y se condensa en los topes de las monta\u00f1as. Por ello, abundan los aguaceros a barlovento. Con una diligencia insuperable, los vastos y anchos r\u00edos del norte de Puerto Rico se encargan de distribuir el agua fresca de lluvia equitativamente por toda esa zona. Son un sistema de riego natural. Al sur, sin embargo, lo \u00fanico que llega son vientos secos y calientes. Algunos se originan en el mar Caribe, siempre cargado de energ\u00eda y calor; otros, resultan de las r\u00e1fagas del norte que remontan la Cordillera Central y, ya vac\u00edas de humedad, descienden por la ladera a sotavento, calent\u00e1ndose a\u00fan m\u00e1s. Calor si bogas, calor si no bogas. Todo por el asunto del sotavento.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rafael Rodr\u00edguez Cruz (Rebelion, 4-8-18) &nbsp; Dicen que mi generaci\u00f3n fue de las pocas en disfrutar un poco de prosperidad en la comarca de Guayama y el sureste de Puerto Rico en el siglo XX. Algo de verdad quiz\u00e1s tiene la aseveraci\u00f3n. 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