{"id":42612,"date":"2020-09-11T10:46:44","date_gmt":"2020-09-11T14:46:44","guid":{"rendered":"http:\/\/debateplural.com\/?p=42612"},"modified":"2020-09-11T10:46:44","modified_gmt":"2020-09-11T14:46:44","slug":"los-cuerpos-de-la-pandemia-y-sus-calles-domesticadas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2020\/09\/11\/los-cuerpos-de-la-pandemia-y-sus-calles-domesticadas\/","title":{"rendered":"Los cuerpos de la pandemia y sus calles domesticadas"},"content":{"rendered":"<div>\n<p><span class=\"author\"><a href=\"https:\/\/rebelion.org\/autor\/cristina-rivera-garza\/\">Cristina Rivera Garza<\/a><\/span> (Revista Anfibia, 11-9-20)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>No pasamos por una revoluci\u00f3n, pero s\u00ed por un cambio radical. Somos como el migrante que pisa una ciudad nueva y se esfuerza por crear analog\u00edas para mirar, sin pretensi\u00f3n de entender. El COVID-19 nos dej\u00f3 a solas con la desaceleraci\u00f3n. La puerta de casa parece la nueva frontera pero no. Las operaciones m\u00e1s interesantes pasan por las ventanas: ah\u00ed est\u00e1 lo que se percibe pero no se alcanza, deseo es su otro nombre.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"cols\">\n<p><strong>Freno de emergencia<\/strong><\/p>\n<p>La frase es de Walter Benjamin:<\/p>\n<p><em>Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quiz\u00e1 las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia.<\/em><\/p>\n<p>Y viene a colaci\u00f3n porque todo en estos d\u00edas de pandemia parece llevarse a cabo en ese tiempo in\u00e9dito inaugurado por la activaci\u00f3n de la palanca de freno: la des-aceleraci\u00f3n. No se trata, por supuesto, de la lentitud rom\u00e1ntica de la que han escrito novelistas y activistas varios, sino de un\u00a0<em>impasse<\/em>\u00a0sin asideros en el que predomina la hipervigilancia y la ansiedad. La pandemia no es un remanso. Mucho menos de paz. Nos hemos detenido en seco, ciertamente, y aunque es claro que la mano que jal\u00f3 el freno es una mano humana \u2014el cambio clim\u00e1tico y la alteraci\u00f3n de ecolog\u00edas terrestres son la forma misma del capitaloceno salvaje\u2014 es menos claro si ese freno ser\u00e1 suficiente para transformar un sistema econ\u00f3mico que, en su af\u00e1n de producir la mayor ganancia posible, ha devastado sistem\u00e1ticamente la Tierra. La as\u00ed llamada\u00a0<em>normalidad<\/em>, se dice mucho en estos d\u00edas y con verdad, est\u00e1 en la ra\u00edz del problema que condujo a la pandemia. Y mucho se reitera la imposibilidad de regresar a ella, incluso si algunos as\u00ed lo quisieran. Como lo comentaban vehementemente Angela Davis o Rita Segato, se abre ahora una posibilidad de reemplazar esa vieja normalidad con un mundo de solidaridades extendidas donde la conciencia de nuestra mutua interdependencia material y afectiva incluya de manera central a la Tierra.<\/p>\n<p><strong>Una mera aproximaci\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>No pasamos por una revoluci\u00f3n, pero s\u00ed por un cambio tan radical, tan diseminado por todas las esquinas del planeta, como para llamarlo un cambio estructural. No sabemos cu\u00e1nto durar\u00e1 la transformaci\u00f3n, ni c\u00f3mo ser\u00e1n ni cu\u00e1nto durar\u00e1n sus consecuencias, pero vivimos estos d\u00edas de pandemia con la ansiedad y la curiosidad del que ve fen\u00f3menos para los cuales todav\u00eda no existe lenguaje preciso. Vivimos con el bot\u00f3n de la hipervigilancia encendido. Somos la extranjera que, arrojada sin maletas en una ciudad extra\u00f1a, se esfuerza por crear analog\u00edas para poder visualizar \u2014entender es mucho m\u00e1s complicado\u2014 lo que sucede frente a sus ojos. Esto se parece a. Bien podr\u00eda tratarse de. El proceso de traducci\u00f3n, que incluye a la experiencia y al lenguaje en que esa experiencia es enunciada, es trabajoso, a menudo francamente intransitable. En cada esfuerzo se nota que el lenguaje no acaba de embonar con los contextos in\u00e9ditos y los fen\u00f3menos que, ya de maneras obvias o ya de maneras sutiles, obedecen a reglas que todav\u00eda no quedan claras. Cada esfuerzo es s\u00f3lo una aproximaci\u00f3n.<\/p>\n<p><strong>Del verbo tocar<\/strong><\/p>\n<p>Como el contagio se lleva cabo por cercan\u00eda, especialmente a trav\u00e9s del sistema respiratorio y el tacto, tenemos que ser conscientes de que somos cuerpos. Parece una operaci\u00f3n sencilla. No lo es. La m\u00e1quina de producir mercanc\u00edas nos ha acostumbrado a vivir bajo la ilusi\u00f3n de que somos incorp\u00f3reos. Podemos trabajar sin cesar. Podemos consumir sin cesar. Si estuvi\u00e9ramos en un cuento de la escritora salvadore\u00f1a Claudia Hern\u00e1ndez ser\u00edamos esos personajes que, incluso muertos, incluso vueltos ya cad\u00e1veres, contin\u00faan checando la tarjeta de entrada al trabajo o sacando la tarjeta de cr\u00e9dito frente a las m\u00e1quinas registradoras de los comercios. El capitalismo al estilo USA es as\u00ed: literalmente descarnado.<\/p>\n<p>La ilusi\u00f3n de no tener cuerpo, a la que contribuyen pastillas y medicamentos varios, conduce a la ilusi\u00f3n de no tener otra conexi\u00f3n con el mundo que no sea la conexi\u00f3n electr\u00f3nica. Del hechizo de la abstracci\u00f3n cuelga la falta de solidaridad con nuestro entorno y, a fin de cuentas, la indolencia. No nos duele lo que no nos toca \u2014lo que no sabemos que nos toca\u2014. Pero ahora que estamos detenidos, ahora que sabemos que nuestras manos son armas mort\u00edferas y no s\u00f3lo, como quer\u00eda Kant, lo que nos diferencia de los animales, no podemos no pensarlo. La rematerializaci\u00f3n de nuestros mundos en tiempos de la desaceleraci\u00f3n obliga a preguntas que son pol\u00edticas en su mera ra\u00edz: \u00bfqui\u00e9n ha tocado esto que toco yo? Que es otra manera de preguntar: de d\u00f3nde viene, qui\u00e9n lo produce, en qu\u00e9 condiciones de explotaci\u00f3n o sanidad se fragua esto que viene hacia mis manos, con qu\u00e9 cantidad de virus.<\/p>\n<p>A la antrop\u00f3loga Anna Lowenhaupt Tsing le llev\u00f3 a\u00f1os y bastantes p\u00e1ginas contestarse esas preguntas respecto al matsutake, el hongo reverenciado en Jap\u00f3n que crece en zonas boscosas del mundo que han sobrevivido a un proceso de devastaci\u00f3n. En efecto, hay un mont\u00f3n de manos en\u00a0<em>The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins<\/em>, las de los trabajadores migrantes, las de los comerciantes, las de los guardabosques, las de los polic\u00edas, las de los agentes de inmigraci\u00f3n. Manos callosas y manos suaves. Manos acostumbradas a la caricia o manos que nunca han conocido la crema humectante. Rastrear el quehacer de las manos en los procesos de producci\u00f3n y reproducci\u00f3n del mundo en que vivimos es una tarea eminentemente pol\u00edtica. Y, justo ahora, es una tarea inescapable. Nuestras vidas dependen, de hecho, de hacer esas preguntas, y de poner justa atenci\u00f3n a las respuestas. Todo lo que tenemos cerca \u2014y justo ahora sabemos que siempre estamos, que siempre hemos estado, cerca de tantas manos\u2014 nos afecta porque nos compete. Este bien podr\u00eda abrirle la puerta al fin de la indolencia.<\/p>\n<p><strong>La rematerializaci\u00f3n del espacio dom\u00e9stico<\/strong><\/p>\n<p>Despojados de rutinas que daban la impresi\u00f3n de ser inamovibles, expulsados de la prisa que hac\u00eda funcionar a tiempo las f\u00e1bricas y los bancos y las universidades, condenados a un sedentarismo hogare\u00f1o sin la seguridad de una presunta estabilidad econ\u00f3mica, el COVID-19 nos ha puesto cara a cara con la desaceleraci\u00f3n. Aqu\u00ed vamos todos, hacia el inicio del d\u00eda, checando cifras que resultan cada vez m\u00e1s alarmantes, poniendo atenci\u00f3n a las nuevas medidas de seguridad. Mientras tanto, habitamos un hogar que antes, con alarmante frecuencia, s\u00f3lo utiliz\u00e1bamos para parar unas cuantas horas, casi siempre en la noche, durmiendo con algo de dificultad. De repente, ese espacio que denomin\u00e1bamos como\u00a0<em>casa<\/em>, como\u00a0<em>nuestra casa<\/em>, se despliega en esquinas in\u00e9ditas y cosas fuera de lugar. Es un ente extra\u00f1o, desasido de s\u00ed, al que hay acostumbrarse poco a poco. Barrer, trapear, lavar los trastos, tender las camas, poner la ropa en la lavadora, sacudir \u2014todas esas actividades cotidianas que, al menos en esta casa, siempre hemos llevado a cabo nosotros mismos\u2014, muy a menudo recaen en los hombros de las mujeres, y usualmente pasan desapercibidas. La imposibilidad de salir, es decir, la imposibilidad de no verlas, las vuelve monumentales. De hecho, las transforma en el esqueleto del d\u00eda, la \u00fanica estructura que pervive cuando todo lo dem\u00e1s ha tomado rumbos desconocidos.<\/p>\n<p>El tiempo que antes consum\u00edamos en trasladarnos de un lado a otro, incluso para ir a comer, ahora lo ocupamos en seleccionar bien los insumos para cocinar a diario. Hay que lavar bien cada verdura o fruta. Hay que poner a remojar los frijoles con una noche de anticipaci\u00f3n. Hay que calcular para cu\u00e1ntos d\u00edas nos dura el arroz. Entre una cosa y otra hay que lavarnos las manos una y otra vez, en intermedios de veinte segundos que, bien mirados, constituyen una buena parte del d\u00eda. En Houston la cuarentena nos obliga a estar en casa, pero todav\u00eda no nos proh\u00edbe salir al supermercado a hacernos de provisiones o salir a caminar al perro (siempre y cuando se respete la sana distancia con los otros paseantes). Los restaurantes, que han cerrado, todav\u00eda producen alimentos para llevar. Pero en estos tiempos, cuando tenemos que pensar en todas las manos involucradas en la preparaci\u00f3n del alimento, es mejor dejar pasar esa oportunidad. Quisi\u00e9ramos hacerlo, sobre todo para apoyar a los restaurantes del barrio, que la est\u00e1n pasando mal, pero todav\u00eda no podemos persuadirnos a nosotros mismos. Cocinar, por lo dem\u00e1s, no es una actividad que se preste a la velocidad. Las cosas no se apuran o se detienen a capricho del que cocina. Todo tiene su tiempo. Las verduras, los granos, las frutas. Y parte de la rematerializaci\u00f3n del hogar consiste en encontrar el ritmo de las cosas, su propio estar en el tiempo.<\/p>\n<p>Los que entre nosotros no estamos detenidos en el afuera de la c\u00e1rcel o el manicomio o la calle, sino adentro, nos enfrentamos a muebles, cucharas, espejos, que la cotidianeidad hab\u00eda vuelto invisibles y que, ahora, recuperan su presencia. Tratar a alguien como un mueble, recordaba la te\u00f3rica Sara Ahmed en\u00a0<em>Queer Phenomenology: Orientations, Objects, Others<\/em>, quiere decir que se le trata como si no existiese de verdad. Quiere decir que se le ignora. En un medio descorporalizado el lugar natural del mueble es el de la discreci\u00f3n, si no es que el de la invisibilidad m\u00e1s artera. Muy por el contrario, los objetos\u00a0<em>queer<\/em>\u00a0\u2014esa silla inc\u00f3moda, la mesa que de repente brilla por su presencia\u2014 no se desvanecen en el trasfondo. Los objetos\u00a0<em>queer<\/em>\u00a0se resisten a fusionarse en el segundo plano de las cosas.<\/p>\n<p>La pandemia, que no nos ha dejado olvidar el l\u00edmite material de nuestra experiencia, tambi\u00e9n ha obligado a la mirada, a todos nuestros sentidos, a reconocer los objetos de los que dependemos en su valor de uso (y no en su valor de cambio). Los sartenes, despostillados, ya casi sin tefl\u00f3n. El matamoscas. El sof\u00e1, que se ha movido de la sala donde nadie lo utilizaba hacia la barra de la cocina, donde es posible recostarse a leer algo mientras hierve el agua. La suela de los zapatos, con las huellas del afuera que dejamos a la entrada. La materialidad del hogar nos circunda, nos cerca, a algunos hasta los asfixia, pero al final del d\u00eda est\u00e1 aqu\u00ed, f\u00edsico y s\u00f3lido, contra las borrascas de la informaci\u00f3n y el miedo, en un t\u00fa a t\u00fa contra la abstracci\u00f3n del Estado y el capital, incit\u00e1ndolos o conmin\u00e1ndolos a saberse cuerpo de nuestro cuerpo.<\/p>\n<figure class=\"wp-block-image\"><img decoding=\"async\" class=\"wp-image-148857\" src=\"http:\/\/revistaanfibia.com\/wp-content\/uploads\/2020\/09\/Del-verbo-tocar_03.jpg\" alt=\"Del-verbo-tocar_03\" \/><\/figure>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>La soledad es real<\/strong><\/p>\n<p>En Estados Unidos es com\u00fan invitar a fiestas con horarios ce\u00f1idos: de 5:00 a 7:00 pm por ejemplo; de 6:00 a 9:00 pm, cuando hay ganas de echar relajo. Las manifestaciones callejeras precisan de un permiso, que no s\u00f3lo incluye horarios sino tambi\u00e9n rutas espec\u00edficas. Estudiantes y empleados comen ensaladas en contenedores de pl\u00e1stico frente a sus computadoras o tel\u00e9fonos mientras checan sus mensajes o ven un video. A las puertas de las oficinas que se alinean en pasillos estrechos, siempre iluminados, no llega nadie sin antes avisar. Tampoco a los hogares. Dec\u00eda Truman Capote que a Nueva York se iba para estar solo; pero yo no ser\u00eda tan provincial. Ahora que la teleexistencia se ha vuelto el modo diario del trabajo y de la interacci\u00f3n es imposible no verlo: vivimos a trav\u00e9s de ausencias estrictamente reguladas. Nos rodea una profunda soledad. Los ritmos de producci\u00f3n del imperio s\u00f3lo son posibles a trav\u00e9s de cuerpos aislados, cuyos deseos o necesidades son satisfechos de manera inmediata o autom\u00e1tica con tal de no detener la marcha de las cosas.<\/p>\n<p>La pandemia tambi\u00e9n ha rematerializado esta ausencia primordial, dejando en claro que nos cercan por todos lados espacios vac\u00edos. Los profesores de la pandemia se han percatado de que salen m\u00e1s agotados de una hora de clase por Zoom que de cinco horas presenciales. La raz\u00f3n es sencilla pero sepulcral: parece que estamos ah\u00ed, todos juntos, hablando y discurriendo, vi\u00e9ndonos, pero el cuerpo sabe que no estamos ah\u00ed. Esa disonancia agota. Esa disonancia nos deja con la boca abierta. La distancia, que precede en mucho a la pandemia, se vuelve intolerable con ella. Resentimos ahora la separaci\u00f3n de estos d\u00edas s\u00f3lo porque no podemos dejar de verla. No podemos hacer tonto al cuerpo de tantas maneras. Acaso por eso hemos regresado a la llamada por tel\u00e9fono: nos quej\u00e1bamos de que el sonido de la voz desconectado de los gestos del rostro o del movimiento del cuerpo era incapaz de producir cercan\u00eda. Pero nos queda claro ahora que el mecanismo de la voz, cuando va acompa\u00f1ado de la coreograf\u00eda bastante estipulada del Skype o Zoom, es todav\u00eda m\u00e1s pobre. Ahora que hablo por tel\u00e9fono todos los d\u00edas con mis padres, que est\u00e1n viejos y en otra ciudad, su voz en s\u00ed, su voz llana y llena, con sus inflexiones y titubeos, con esos tonos que nos reconocemos bien, produce una intimidad densa, capaz de desatar la imaginaci\u00f3n de los otros sentidos.<\/p>\n<p><strong>Todo es distinto a trav\u00e9s de una ventana<\/strong><\/p>\n<p>La frontera de un hogar es su puerta, pero las operaciones m\u00e1s interesantes pasan por las ventanas. Ah\u00ed est\u00e1 lo que se percibe, pero no se alcanza. Deseo es su otro nombre. Una ventana es un pasadizo, con frecuencia secreto.\u00a0<em>Vislumbrar<\/em>\u00a0es un verbo que ocurre a trav\u00e9s de un vidrio. Aunque muchos se imaginan Houston como un lugar seco por su asociaci\u00f3n con la aridez texana, este sitio es, como bien lo dijera alguna vez Gabriela Wiener, el Amazonas mismo. La humedad y el bochorno lo vuelven propicio para la proliferaci\u00f3n de encinos y magnolias, enredaderas y helechos, buganvillas y bamb\u00fas. Estaban ah\u00ed antes, por supuesto, pero se notan m\u00e1s ahora que los jardineros han dejado de venir y las plantas crecen a su modo. La variedad de sus verdes explota en camellones y jardines, lotes bald\u00edos y patios traseros. Las sombras que producen las ramas de los \u00e1rboles se recortan, precisas, sobre las imperfecciones del pavimento.<\/p>\n<p>Acaba de pasar, ruidoso, un escarabajo enorme con sus alas extendidas. Las mariposas, que se persiguen la una a la otra, chocan contra la malla en un acto de mera distracci\u00f3n. La disminuci\u00f3n de los ruidos de la ciudad veloz, los de los autos sobre todo, ha permitido que otros sonidos se acerquen a nuestros o\u00eddos como si fueran nuevos. Rematerializados tambi\u00e9n pasan con su in\u00e9dito estruendo los p\u00e1jaros que, vistos de lejos, parecen variados y magn\u00edficos. Los maullidos de los gatos. Los ladridos de los perros. El zurear de las palomas. El zumbido de los insectos. Estas dos, tres, cuatro, cinco, seis gallinas que, orondas, caminan por la calle como si se tratara de un gran corral. \u00bfEs esto el canto de un gallo a media tarde? Lo que quiero decir es que nunca como en estos d\u00edas ha sido tan visible esa interconexi\u00f3n entre animales y plantas, y los vericuetos de la ciudad, que es urbana s\u00f3lo a medias. O cuya urbanidad es una compleja red de negociaciones con la naturaleza que, al menor descuido, muestra la cara o regresa. Si la ventana es frontera, fronterizo es tambi\u00e9n lo que acontece frente a ella.<\/p>\n<p><strong>Recuperar los pies<\/strong><\/p>\n<p>Hay una escena que retrata el mundo hiperconsumista de Estados Unidos en\u00a0<em>Wall-E<\/em>, la pel\u00edcula de ciencia ficci\u00f3n animada que se estren\u00f3 en el 2008. Si se acuerdan, en un contexto postapocal\u00edptico una buena parte de la humanidad vive en el\u00a0<em>Axiom<\/em>, donde sus deseos y necesidades son satisfechos de manera autom\u00e1tica e inmediata. Esos humanos ven tanta televisi\u00f3n, y permanecen sentados por tanto tiempo, que han perdido el uso de las piernas. As\u00ed, una conducta espec\u00edfica (ser un\u00a0<em>coach potato<\/em>) ha reconfigurado el cuerpo humano, mutil\u00e1ndolo de alguna manera. Frankensteins del capitaloceno. En ciudades como Houston, dominadas por un paisaje de numerosas carreteras de m\u00e1s de seis carriles, es f\u00e1cil vivir sin caminar. De hecho, lo m\u00e1s dif\u00edcil en una ciudad dise\u00f1ada para la circulaci\u00f3n de veh\u00edculos automatizados es caminar. Despu\u00e9s de las 5:00 de la tarde, es decir, despu\u00e9s del horario de trabajo, el centro de Houston es y ha sido un territorio desolado por el que s\u00f3lo pasan, y eso a veces, vagabundos y despistados. Es el paisaje despu\u00e9s de la batalla diaria: un cascar\u00f3n de edificios deshabitados donde nunca deja de brillar la chispa ambarina de la electricidad.<\/p>\n<p>Vivimos en un barrio tradicionalmente mexicano a un lado de la I-45 y, aunque est\u00e1 a s\u00f3lo unos 30 minutos a pie de la universidad, es raro ver a estudiantes o profesores cruzando el espacio urbano. Las medidas sanitarias de la pandemia, que permiten salir a la calle pero sin contacto pr\u00f3ximo, han sacado a las tribus solitarias de sus hogares y las han colocado en calles semivac\u00edas donde otras tribus solitarias se sientan en sus porches o sobre el pasto de sus jardines, que seguramente disfrutan por primera vez. El clima manso de esta primavera ayuda, por supuesto, pero hay algo en ese lento caminar de solitarios que lo vuelve todo distinto. Nunca como en estos d\u00edas se han elevado tantas veces las manos desde lejos en un gesto de saludo o despedida, en todo caso de reconocimiento. Nunca como en estos d\u00edas han pisado las mismas banquetas padres e hijos. Juntos. Hay gente con mascarilla, pero en bicicleta. Los perros avanzan, correa de por medio, sobre estas calles una y otra vez. Tal vez no es extra\u00f1o que el eco del espa\u00f1ol retumbe tan claramente en estos paseos pand\u00e9micos. Lo que est\u00e1 ah\u00ed, frente a nosotros y bajo nuestros pies, no es la calle de la producci\u00f3n estandarizada y veloz. No es la calle de los autos cerrados, celosos del quehacer de su aire acondicionado. Es, si se puede decir as\u00ed, una calle dom\u00e9stica. A medida que la esfera p\u00fablica se retrotrae, las reglas de la fisicalidad interior, una de las cuales consiste en no olvidar que somos cuerpos, salen a la calle, inyect\u00e1ndole una velocidad pedestre a todo lo que acontece. Como si la rematerializaci\u00f3n del hogar se hubiera vertido primero al jard\u00edn y, luego, a la banqueta, para luego rebosar en las calles. Est\u00e1n solitarias, es cierto, pero parecen, parad\u00f3jicamente, m\u00e1s llenas que nunca. Ah\u00ed vamos todos los que hemos recuperado los pies.<\/p>\n<p><strong>Potencialidad<\/strong><\/p>\n<p>Es cierto que el n\u00famero de contagiados y de muertos va en aumento, como aumenta tambi\u00e9n el n\u00famero de desempleados. Encerrados en nuestros espacios dom\u00e9sticos, nuestros cuerpos han dejado de presentarse a la comuni\u00f3n del mercado excepto para adquirir las cosas m\u00e1s b\u00e1sicas: alimentos, productos de limpieza, agua. Ya lo sab\u00edamos, pero lo confirmamos: los que producen los insumos b\u00e1sicos, esos que nos mantienen con vida, son inmigrantes que, incluso contando desde ayer con la estampa de trabajadores esenciales, siguen sin documentos y, peor a\u00fan, sin seguro m\u00e9dico. Adem\u00e1s de los doctores y las enfermeras, dependemos del que cosecha lechugas y berenjenas, de la cajera del supermercado, de la que limpia los cuerpos de los viejos, del que arregla la lavadora, del cartero. No estar\u00edamos aqu\u00ed, cumpliendo digitalmente con nuestros trabajos ahora, si no hubiera hombres y mujeres all\u00e1 afuera, inclinados sobre vastos campos de verdura, arriesgando sus vidas para poder seguir, parad\u00f3jicamente, con vida.<\/p>\n<p>Trabajo en una universidad p\u00fablica cuya mayor\u00eda de estudiantes latinos la ha vuelto, oficialmente, una \u201chispanic serving institution\u201d. Esto significa que muchos de nuestros alumnos son los primeros de sus familias trabajadoras en asistir a la universidad. Tal vez algunos entre ellos son hijos o nietos de hombres y mujeres que han dejado la vida en cosechas de betabeles o lechugas. Esto tambi\u00e9n significa que muchos de ellos tienen uno o dos trabajos para subsistir, pagar la renta y la colegiatura, ayudar en sus casas. La pandemia los ha golpeado con especial furor. Pero no me extra\u00f1a que, aunque enfrentan retos may\u00fasculos \u2014varios han perdido el empleo y a otros los amenaza el espectro de la calle\u2014 siguen en pie de lucha, asistiendo a clases a trav\u00e9s de una plataforma digital organizada a toda prisa y muy eficientemente por la universidad.<\/p>\n<p>No estamos inventando la rueda, pero s\u00ed un sistema m\u00e1s flexible, especialmente en lo que respecta a los horarios de clase, para facilitar su participaci\u00f3n. No s\u00e9 si van a convertirse en escritores, pero escriben en espa\u00f1ol en esta clase, escriben creativamente, volcando en sus textos visiones de mundos compartidos en los que se atraviesan cr\u00edticas contra el\u00a0<em>statu quo<\/em>, tanto el de Estados Unidos como de Latinoam\u00e9rica, as\u00ed como otros futuros posibles. Sof\u00eda escribe sobre una joven gimnasta que nunca se rinde. Rony sobre un general que reprime activistas en Centroam\u00e9rica. Jessica sobre unos gemelos que tienen que acostumbrarse a convivir en paz. Alan sobre un jugador que, una vez que ha aceptado que su equipo ha perdido un partido de futbol, empieza a prepararse mentalmente para la siguiente temporada.<\/p>\n<p>Linda sobre una joven que finalmente se acepta a s\u00ed misma. Jonathan sobre una mujer que prepara su regreso a Chile. No hay lecciones morales en sus relatos, ni reiteraciones de una identidad que ha explotado de mil maneras, pero s\u00ed huellas de una experiencia vasta y cr\u00edtica que alumbrar\u00e1 nuestra futuridad. Leerlos me mantiene alerta. Verlos actuar en relaci\u00f3n con lo escrito me mantiene alerta. Porque no s\u00f3lo es el contenido del texto en s\u00ed lo que me despierta, esperanzada, sino la manera en que se comentan los unos a los otros: el cuidado de la lectura y el cuidado de la opini\u00f3n. Esa conciencia del estado de vulnerabilidad que compartimos cuando nos sacamos un texto y lo ofrecemos a otros. Si estos j\u00f3venes en serios aprietos son capaces de tanta responsabilidad y de tanto cuidado, sin son capaces de dar tanto de s\u00ed mismos durante estos tiempos tan dif\u00edciles, los creo capaces de todo. Y entonces puedo dormir.<\/p>\n<figure class=\"wp-block-image\"><\/figure>\n<p><em>Foto Jos\u00e9 Vicente \u2013 Flickr<\/em><\/p>\n<p><strong>Estado con entra\u00f1as<\/strong><\/p>\n<p>Cuando el campus de la universidad donde trabajo dio a conocer que extend\u00eda las vacaciones de primavera, prepar\u00e1ndose as\u00ed para la transici\u00f3n hacia la teleeducaci\u00f3n y tambi\u00e9n para tomar otras medidas contra la diseminaci\u00f3n del coronavirus, supe que la cosa iba en serio y llegar\u00eda pronto. Caminaba en ese momento junto a mi madre, una mujer saludable de 76 a\u00f1os, por las calles del barrio donde vivimos en Houston. Me hab\u00eda adelantado un poco para leer el comunicado en mi celular y, cuando termin\u00e9, me volv\u00ed a verla. Avanzaba con esos pasos grandes que le permiten sus piernas largas. Llevaba la cabeza inclinada, poniendo atenci\u00f3n a las imperfecciones del camino con tal de evitar cualquier ca\u00edda. Me hab\u00eda acostumbrado ya a estos paseos diarios en los que, con pretexto de la salud, platic\u00e1bamos de todo. La iba a extra\u00f1ar, sin duda, pero se lo dije de inmediato.<\/p>\n<p>Tiene que regresar a M\u00e9xico (yo a mi madre, como toda buena fronteriza, le hablo de usted). La decisi\u00f3n fue inmediata y, la raz\u00f3n, sencilla: en su calidad de turista, mi madre carec\u00eda del seguro m\u00e9dico que le permitir\u00eda ser admitida en un hospital en caso de enfermar. Sin ese documento ser\u00eda rechazada, como los son much\u00edsimos otros, a las puertas de cualquier establecimiento de salud. Esto es vivir en un pa\u00eds que carece de un sistema de salud p\u00fablica y que insiste en proteger a las grandes farmac\u00e9uticas y no el bienestar de su poblaci\u00f3n. Como ella fue empleada de la UAEM una buena parte de su vida goza de una pensi\u00f3n muy escueta pero que incluye servicios m\u00e9dicos que, hasta ahora, han sido fundamentales para su vida como adulta mayor.<\/p>\n<p>Las tres cirug\u00edas que le realizaron para salvarla de la explosi\u00f3n de un aneurisma se llevaron a cabo, por ejemplo, en el Hospital de Neurolog\u00eda con una atenci\u00f3n de inmejorable calidad y por la que no tuvo que desembolsar un peso. Pero ac\u00e1, de este lado de la frontera, mi madre compart\u00eda el destino desentra\u00f1ado de los miles y miles de habitantes de este pa\u00eds que, para cuidarse, tienen que recurrir con mucha frecuencia a remedios caseros y, cuando es posible, a medicinas que alg\u00fan pariente o amigo trae desde M\u00e9xico. La de veces que no he sido testigo del intercambio informal de vitamina B12, antibi\u00f3ticos o antihistam\u00ednicos, medicamentos todos que no curan las razones de la enfermedad, pero que ofrecen paliativos para cuerpos que no pueden darse el lujo de dejar de trabajar ni siquiera un d\u00eda. Mi madre me dio la raz\u00f3n y actuamos de inmediato. En un d\u00eda hicimos los arreglos necesarios para que pudiera reunirse con sus hermanas en la frontera antes de partir. Dos d\u00edas despu\u00e9s, mi madre abord\u00f3 un avi\u00f3n que la deposit\u00f3 en la capital de un pa\u00eds en el que, con todo y todo, ella est\u00e1 m\u00e1s segura. Las cifras han demostrado que la COVID-19 no s\u00f3lo ataca con particular sa\u00f1a a los adultos mayores, sino tambi\u00e9n a poblaciones precarizadas y minorizadas, precisamente aquellas que no pueden cubrir los gastos de un seguro m\u00e9dico, y para las cuales un contagio equivale a una sentencia de muerte.<\/p>\n<p>Como una gran imagen de rayos X, la desaceleraci\u00f3n que ha tra\u00eddo la pandemia deja ver, o incluso agranda, lo que ha estado ah\u00ed: un sistema econ\u00f3mico guiado por la ganancia a expensas de todo lo dem\u00e1s, y un Estado sin entra\u00f1as, es decir, un Estado para el que los cuerpos no son materia de cuidado sino de mera extracci\u00f3n. Lo peor que nos podr\u00eda pasar, argumentaba convincentemente Arundhati Roy, es regresar a esa normalidad salvaje. Y yo a\u00f1ado: a ese mundo inmisericorde que, preso del hechizo malvado de la incorporeidad, es incapaz de reconocer los lazos de reciprocidad que nos unen a los otros y a la tierra.<\/p>\n<p>La conciencia inescapable de una cercan\u00eda material con los otros viene mezclada con angustia y desasosiego, pero tambi\u00e9n con potencialidad. Otro mundo es posible, eso nos dice claramente la vida, cuando se impone a la pandemia. \u00bfSer\u00e1 posible entonces, desde toda esta experiencia con la enfermedad, derrocar de una vez por todas esa normalidad desentra\u00f1ada y participar, al mismo tiempo, en el surgimiento de un Estado con entra\u00f1as? En otras palabras, \u00bfc\u00f3mo nos las arreglaremos para exigir que el Estado cumpla con su responsabilidad de proteger la salud de la poblaci\u00f3n mientras, simult\u00e1neamente, producimos relaciones entra\u00f1ables, es decir, modos de afecto y conexi\u00f3n que partan de la amplia admisi\u00f3n de que somos cuerpos y precisamos, y podemos brindar, cuidado? Me queda claro que, al menos en Estados Unidos, esta lucha inicia y est\u00e1 \u00edntimamente ligada a la ausencia de un sistema de salud p\u00fablica que, por no existir, ha sentenciado a una muerte cierta y cotidiana a un gran n\u00famero de trabajadores, especialmente aquellos que siendo esenciales \u2014y ahora la pandemia tambi\u00e9n ha confirmado este estatus\u2014 contin\u00faan siendo considerados como ilegales por este gobierno incompetente y genocida.<\/p>\n<p>En ese sentido la lucha por un sistema de salud p\u00fablica y la lucha por una reforma migratoria en realidad son la misma lucha; ambas est\u00e1n centradas, primero, en la admisi\u00f3n b\u00e1sica de que somos cuerpos y, consecuentemente, en el hecho tambi\u00e9n b\u00e1sico de que en tanto cuerpos dependemos los unos de los otros en contextos ecol\u00f3gicos gravemente alterados. Las medidas macro \u2014exigidas por la salud p\u00fablica que le corresponde al Estado\u2014 no se contraponen, y m\u00e1s bien complementan, las medidas min\u00fasculas, cotidianas, de trabajo en conjunto, de las que dependen que la da\u00f1ina alianza del Estado y la corporaci\u00f3n llegue a su fin. La pandemia, que nos ha ayudado a ver claramente el talante descarnado de nuestro tiempo, no crear\u00e1 por s\u00ed misma las relaciones entra\u00f1ables \u2014acuerpadas, con otros, en conexi\u00f3n material con nuestras comunidades\u2014 que bien podr\u00edan cimentar una realidad otra. Har\u00edamos bien en atender las preguntas a las que conmina la rematerializaci\u00f3n, y que la rematerializaci\u00f3n vuelve inescapables. De sus respuestas depende el inicio del fin de la indolencia. Y eso es algo.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cristina Rivera Garza (Revista Anfibia, 11-9-20) &nbsp; No pasamos por una revoluci\u00f3n, pero s\u00ed por un cambio radical. Somos como el migrante que pisa una ciudad nueva y se esfuerza por crear analog\u00edas para mirar, sin pretensi\u00f3n de entender. El COVID-19 nos dej\u00f3 a solas con la desaceleraci\u00f3n. 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