{"id":61837,"date":"2026-08-26T11:27:29","date_gmt":"2026-08-26T15:27:29","guid":{"rendered":"https:\/\/debateplural.net\/site\/?p=61837"},"modified":"2026-08-26T11:27:30","modified_gmt":"2026-08-26T15:27:30","slug":"el-hinklown-cuando-el-poder-se-rie-en-el-horror","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/debateplural.net\/site\/2026\/08\/26\/el-hinklown-cuando-el-poder-se-rie-en-el-horror\/","title":{"rendered":"El \u2018Hinklown\u2019: cuando el poder se r\u00ede en el horror"},"content":{"rendered":"\n<p>Josu\u00e9 Veloz Serrade (CTXT, 26-8-26)<\/p>\n\n\n\n<p>De la Espriella no es un caso aislado. Trump convirti\u00f3 el baile, el insulto y la fanfarroner\u00eda en elementos reconocibles de su repertorio. Milei hizo de la motosierra y el espect\u00e1culo una imagen de gobierno<\/p>\n\n\n\n<p><em>\u201cUn acte d\u2019hospitalit\u00e9 ne peut \u00eatre que po\u00e9tique\u201d.&nbsp;<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Jacques Derrida<\/p>\n\n\n\n<p>El 10 de agosto, mientras Colombia intentaba dimensionar las consecuencias de un terremoto de magnitud 7,4 que hab\u00eda dejado m\u00e1s de un centenar de muertos, las c\u00e1maras de televisi\u00f3n captaron al presidente Abelardo de la Espriella frente al atril de la Unidad Nacional para la Gesti\u00f3n del Riesgo de Desastres. Todav\u00eda no comenzaba su intervenci\u00f3n. Mientras se preparaba el balance oficial de la tragedia, el presidente saludaba a las c\u00e1maras y lanzaba besos al aire. Poco despu\u00e9s hablar\u00eda de la prioridad de rescatar a las personas atrapadas, de la declaraci\u00f3n de desastre nacional y de las medidas adoptadas por su Gobierno. Pero la imagen ya hab\u00eda quedado fijada; un presidente haciendo gestos festivos mientras el pa\u00eds contaba sus muertos.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo extra\u00f1o de la escena no es simplemente que un gobernante haya sido imprudente o que no haya adoptado el tono solemne que muchos esperaban. La pol\u00edtica siempre ha conocido la iron\u00eda, la teatralidad y hasta la obscenidad. El problema es otro: la distancia entre el gesto del gobernante y la gravedad de la situaci\u00f3n parece haberse convertido en una forma de presencia pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p>La escena no dice solamente \u201cno me tomo suficientemente en serio la tragedia\u201d. Nos parece que dice algo m\u00e1s inquietante: no necesito demostrar que estoy a la altura de la gravedad de la situaci\u00f3n para seguir siendo quien manda.<\/p>\n\n\n\n<p>De la Espriella no constituye un caso aislado. Trump convirti\u00f3 el baile, el insulto y la fanfarroner\u00eda en elementos reconocibles de su repertorio pol\u00edtico. Milei hizo de la motosierra una imagen de gobierno y convirti\u00f3 el espect\u00e1culo en una extensi\u00f3n de la tribuna presidencial. Hay diferencias importantes entre ellos y no tendr\u00eda sentido borrarlas. Pero en los tres casos aparece una transformaci\u00f3n semejante: la autoridad pol\u00edtica puede prescindir de algunos de los signos tradicionales de la autoridad sin dejar por ello de ejercerla.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante mucho tiempo, el poder necesit\u00f3 parecer serio porque la seriedad era una de las formas mediante las cuales se hac\u00eda visible como poder. El estadista deb\u00eda dominar sus gestos, medir sus palabras y controlar incluso la expresi\u00f3n de sus emociones. Su cuerpo deb\u00eda transmitir continuidad, autocontrol, responsabilidad. Este \u201cnuevo pol\u00edtico\u201d puede hacer casi lo contrario. Puede gritar, bailar, insultar, provocar o hacer un chiste cuando parecer\u00eda corresponder guardar silencio. Puede parecer rid\u00edculo y, sin embargo, conservar \u2013e incluso reforzar\u2013 su autoridad.<\/p>\n\n\n\n<p>Es aqu\u00ed donde aparece una figura distinta: el buf\u00f3n-rey. El buf\u00f3n tradicional pod\u00eda burlarse del rey porque no era el rey. Su posici\u00f3n depend\u00eda precisamente de esa distancia; estaba cerca del poder, pero no era el poder. Su risa introduc\u00eda una fisura en la solemnidad del soberano. El buf\u00f3n-rey invierte esa relaci\u00f3n. Ya no es quien se r\u00ede del poder desde sus m\u00e1rgenes; es el poder mismo quien adopta la posici\u00f3n del buf\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00bfUn poder que intenta burlarse de s\u00ed mismo?<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El buf\u00f3n-rey no se burla del poder. Se burla de los otros desde el poder. La irreverencia deja entonces de ser una amenaza para la autoridad y comienza a convertirse en una de sus formas contempor\u00e1neas. El poder ya no necesita parecer digno para imponerse. Parad\u00f3jicamente puede obtener parte de su fuerza precisamente de la exhibici\u00f3n de su propia falta de dignidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero hay algo todav\u00eda m\u00e1s extra\u00f1o en esta transformaci\u00f3n del poder: el buf\u00f3n-rey no solamente hace de la autoridad un espect\u00e1culo. Introduce la comicidad en el interior mismo de la escena en la que ejerce su autoridad.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta diferencia puede verse en&nbsp;<em>El gran dictador&nbsp;<\/em>(1940). Chaplin construye all\u00ed una operaci\u00f3n \u00e9tica: toma el horror que todav\u00eda est\u00e1 ocurriendo y lo convierte en comedia antes de que ese horror pueda aparecer como un episodio cerrado de la historia humana. No contempla el nazismo desde la distancia de quien conoce ya su desenlace. Juega con \u00e9l mientras sucede, cuando la cat\u00e1strofe todav\u00eda est\u00e1 abierta. La comicidad permite entonces producir una distancia desde la cual mirar aquello que amenaza con volverse insoportable.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Chaplin no es Hynkel. Chaplin escribe, dirige y organiza la escena. Hynkel, en cambio, es el personaje que introduce la comicidad dentro del ejercicio mismo del poder. Cuando juega con el globo terr\u00e1queo, no est\u00e1 siendo ridiculizado desde afuera; es \u00e9l quien convierte el mundo en juguete. La comicidad forma parte de su fantas\u00eda de soberan\u00eda. El gesto es c\u00f3mico para nosotros, pero dentro de la escena pertenece al modo en que el dictador experimenta y representa su propio poder.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta distinci\u00f3n permite comprender mejor algo de la pol\u00edtica contempor\u00e1nea. Trump bailando, Milei levantando una motosierra o un presidente que, en medio de una emergencia, lanza besos a las c\u00e1maras no son fen\u00f3menos equivalentes ni tienen las mismas consecuencias. Pero comparten a nuestro juicio un tipo de operaci\u00f3n formal, en la que la comicidad no llega despu\u00e9s del poder para ridiculizarlo. Es el propio poder quien la introduce en la escena.<\/p>\n\n\n\n<p>En el caso de Abelardo de la Espriella, la diferencia es fundamental: \u00e9l no provoca el terremoto ni produce la tragedia. Lo que hace es intervenir desde un registro c\u00f3mico en una escena donde el horror ya est\u00e1 presente: hay muertos, heridos, edificios colapsados y personas atrapadas. La tragedia exige gravedad; el gesto introduce familiaridad.<\/p>\n\n\n\n<p>Freud encuentra en una peque\u00f1a historia de Heine una palabra que parece hecha para este problema:&nbsp;<em>famillionario<\/em>. Hirsch-Hyacinth cuenta su encuentro con Salomon Rothschild y condensa en esa palabra&nbsp;<em>familiar<\/em>&nbsp;y&nbsp;<em>millonario<\/em>: una familiaridad que no elimina la distancia social, sino que la vuelve m\u00e1s soportable y, por eso mismo, m\u00e1s eficaz. El rico trata al otro como si fuera de los suyos, pero esa cercan\u00eda lleva consigo el recordatorio de que no lo es. Hay en el chiste algo m\u00e1s que un juego de palabras: el desprecio puede hacerse familiar. Puede presentarse con la forma de la proximidad, incluso de la simpat\u00eda, sin dejar de conservar la desigualdad que lo sostiene.<\/p>\n\n\n\n<p>Algo semejante puede ocurrir con el buf\u00f3n-rey. El gobernante puede insultar, provocar o degradar sin adoptar la distancia solemne del soberano. Puede hacerlo como quien comparte un c\u00f3digo con los suyos, como si la autoridad pudiera sentarse entre el p\u00fablico sin dejar de ejercerla sobre \u00e9l. La familiaridad no elimina entonces, la jerarqu\u00eda: puede volverla m\u00e1s tolerable. Pero para que esa operaci\u00f3n funcione hace falta un tercero.<\/p>\n\n\n\n<p>El chiste no se completa solamente entre quien lo produce y aquel que es objeto de \u00e9l. Necesita a alguien que lo reconozca como chiste, que r\u00eda, que comprenda la complicidad. La comicidad introduce as\u00ed un tercer lugar, el del espectador.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ese lugar se vuelve pol\u00edticamente decisivo. El espectador puede aprobar, indignarse o re\u00edrse del gobernante; no necesita estar de acuerdo con \u00e9l. Basta con que entre en el circuito de la escena. La c\u00e1mara, las redes y la circulaci\u00f3n permanente de im\u00e1genes hacen que incluso la indignaci\u00f3n pueda convertirse en parte del espect\u00e1culo.<\/p>\n\n\n\n<p>El buf\u00f3n-rey necesita, por eso, algo m\u00e1s que una audiencia, exige espectadores. Cuando el poder consigue que la tragedia compita con el espect\u00e1culo por la atenci\u00f3n del espectador, deber\u00edamos interrogarnos de qu\u00e9 realidad desviamos la mirada para quedar capturados por el chiste o por lo c\u00f3mico.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El&nbsp;<em>Hinklown<\/em>&nbsp;y el desafiliado<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Decimos extrema derecha, derechas radicales, populismo, autoritarismo. Son categor\u00edas necesarias para ubicar programas, discursos y posiciones dentro del campo pol\u00edtico. Pero dicen poco de una singularidad que atraviesa algunas de estas figuras, en torno a la manera en que el poder, la comicidad y el horror pueden quedar anudados en una misma escena.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso tendr\u00edamos que inventar otra palabra:&nbsp;<em>Hinklown<\/em>.&nbsp;<em>Hynkel<\/em>&nbsp;y&nbsp;<em>clown<\/em>, pero tambi\u00e9n&nbsp;<em>hinken<\/em>: cojear, avanzar de manera desigual, desplazarse torcidamente. El&nbsp;<em>Hinklown&nbsp;<\/em>no es simplemente el pol\u00edtico que hace de payaso. Es aquel que camina torcido dentro del horror. No necesariamente lo produce, ni tiene que identificarse con \u00e9l. Lo que hace es introducirse en su escena con una gestualidad que parece pertenecer a otro registro. Aparece el baile cuando corresponde la solemnidad. Se muestra el insulto cuando deber\u00edamos ver reflexi\u00f3n. O se usa la provocaci\u00f3n cuando se exige responsabilidad, o se lanzan besos cuando todo el pa\u00eds est\u00e1 sumido en la tragedia.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso De la Espriella no tiene que haber provocado el terremoto para que su gesto resulte pol\u00edticamente significativo. El problema est\u00e1 en su intervenci\u00f3n dentro de la escena del desastre. El horror lo observamos all\u00ed: los cuerpos, los escombros, las familias buscando a los suyos. Y el presidente aparece ante las c\u00e1maras desplaz\u00e1ndose de manera oblicua respecto de esa escena, como si la tragedia pudiera ser atravesada sin abandonar el registro del espect\u00e1culo.<\/p>\n\n\n\n<p>El&nbsp;<em>Hinklown&nbsp;<\/em>necesita, sin embargo, de un tercero. No hay espect\u00e1culo sin alguien que lo mire. La comicidad no termina en quien hace el gesto: necesita del espectador que reconoce, r\u00ede, se indigna, comparte, comenta o simplemente vuelve a mirar. Aqu\u00ed aparece una transformaci\u00f3n m\u00e1s profunda de la participaci\u00f3n pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque el espectador contempor\u00e1neo puede encontrarse desafiliado de la pol\u00edtica sin estar desafiliado del espect\u00e1culo pol\u00edtico. Puede desconfiar de los partidos, no participar en organizaciones, no creer en los debates parlamentarios ni sentirse representado por las instituciones y, sin embargo, saber perfectamente qui\u00e9n bail\u00f3, qui\u00e9n insult\u00f3, qui\u00e9n levant\u00f3 una motosierra o qui\u00e9n lanz\u00f3 un beso frente a las c\u00e1maras durante una tragedia.<\/p>\n\n\n\n<p>No est\u00e1 fuera de la pol\u00edtica. Ha cambiado la puerta por la que entra en ella. Y a veces parece que la cierra para que no podamos entrar en ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, hacemos notar que el desafiliado puede permanecer distante de la deliberaci\u00f3n y, al mismo tiempo, profundamente conectado a la circulaci\u00f3n de im\u00e1genes y esc\u00e1ndalos. Su participaci\u00f3n ya no requiere necesariamente tomar la palabra como ciudadano. Puede consistir en mirar, compartir, comentar, rechazar o re\u00edr. La pol\u00edtica hoy no le exige al sujeto afiliaci\u00f3n, est\u00e1 mucho m\u00e1s preocupada por reclamar atenci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, el&nbsp;<em>Hinklown<\/em>&nbsp;y el desafiliado terminan encontr\u00e1ndose en el mismo lugar: el espect\u00e1culo. Uno produce una escena que no necesita ser tomada enteramente en serio; el otro puede participar de ella sin necesidad de creer que est\u00e1 haciendo pol\u00edtica.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Entre ambos aparece el tercero que Freud hab\u00eda descubierto en el chiste: aquel ante quien el gesto adquiere su eficacia y cuya risa, incluso cuando es ambigua, permite que la escena contin\u00fae circulando.<\/p>\n\n\n\n<p>El&nbsp;<em>Hinklown<\/em>&nbsp;no necesita que todos crean en \u00e9l, su prop\u00f3sito es que el otro quede capturado en lo que mira cuando lo mira.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La hospitalidad perdida<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 por eso la cuesti\u00f3n no sea simplemente c\u00f3mo responder al&nbsp;<em>Hinklown<\/em>. Hay algo anterior que se ha ido perdiendo y que su aparici\u00f3n vuelve m\u00e1s visible, que pudi\u00e9ramos nombrar como la capacidad de la pol\u00edtica para compartir la vulnerabilidad de aquellos a quienes pretende representar.<\/p>\n\n\n\n<p>La pol\u00edtica moderna construy\u00f3 una distancia entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. Esa distancia pod\u00eda tener una funci\u00f3n institucional: quien ocupa un lugar de poder no es id\u00e9ntico a la sociedad que administra. Pero algo distinto ocurre cuando esa distancia deja de ser una condici\u00f3n del ejercicio pol\u00edtico y se convierte en una forma de separaci\u00f3n respecto de la vida. Entonces el pol\u00edtico ya no aparece solamente como alguien que decide en nombre de otros, sino como alguien que habita otro mundo afectivo, otro r\u00e9gimen de exposici\u00f3n, incluso otra relaci\u00f3n con aquello que puede hacer da\u00f1o. Adem\u00e1s, la hospitalidad no es una palabra que se env\u00eda al otro, es un acto de Estar con el otro, no es un padecer sino, un Padre-ser junto al otro. La funci\u00f3n de amparar es fundamental.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 por eso una imagen como la de De la Espriella lanzando besos frente a una cat\u00e1strofe resulte tan perturbadora. No porque un presidente deba representar permanentemente el duelo, sino porque en ese gesto parece hacerse visible una ruptura m\u00e1s profunda: el poder ya no comparte la escena de vulnerabilidad que deber\u00eda alojar. Est\u00e1 all\u00ed, pero no est\u00e1 con los otros.<\/p>\n\n\n\n<p>La palabra hospitalidad puede parecer extra\u00f1a aplicada a la pol\u00edtica. Sin embargo, hay algo fundamental en ella. Hospedar no significa simplemente abrir una puerta. Significa aceptar que quien llega introduce una alteraci\u00f3n en el espacio propio; reconocer que el otro no puede ser recibido sin que algo de uno mismo quede comprometido. Una pol\u00edtica hospitalaria tendr\u00eda que soportar precisamente esa incomodidad: no administrar la vulnerabilidad desde afuera, sino dejarse afectar por ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 una parte de la crisis contempor\u00e1nea consista en que hemos perdido esa escena.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n las izquierdas participan de esta dificultad. No porque hayan abandonado necesariamente la idea de solidaridad, igualdad o justicia, sino porque a veces han conservado esas palabras mientras se debilitaba la experiencia concreta de estar junto a aquellos a quienes esas palabras deber\u00edan alcanzar. La hospitalidad puede permanecer intacta en el horizonte declarativo y, sin embargo, desaparecer de la relaci\u00f3n cotidiana con quienes viven el desamparo. Y cuando eso ocurre, la distancia entre pol\u00edtica y vida se vuelve todav\u00eda m\u00e1s dolorosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque el desamparo no consiste solamente en carecer de recursos. Puede consistir tambi\u00e9n en no encontrar un lugar pol\u00edtico donde la propia vulnerabilidad pueda ser dicha y reconocida. No encontrar otro desde el poder que padezca junto a m\u00ed, lo que en m\u00ed es padeciente.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez ah\u00ed se encuentre una de las condiciones que hacen posible al&nbsp;<em>Hinklown<\/em>. Cuando la pol\u00edtica deja de ofrecer un lugar para aquello que angustia, aquello que duele, aquello que no encuentra representaci\u00f3n, el espect\u00e1culo puede ocupar ese vac\u00edo. No resuelve el desamparo. Lo hace circular. Le ofrece una escena y una excitaci\u00f3n, y hasta una identificaci\u00f3n moment\u00e1nea.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El problema es que los afectos no son exteriores a esta operaci\u00f3n. Tambi\u00e9n ellos pueden entrar en la circulaci\u00f3n del valor. La rabia, el miedo, el resentimiento, la indignaci\u00f3n, incluso el entusiasmo, pueden convertirse en aquello que mantiene la atenci\u00f3n, organiza la identificaci\u00f3n y produce circulaci\u00f3n. El capital ha aprendido desde hace tiempo que no solamente se apropia del trabajo. Tambi\u00e9n puede capturar aquello que sentimos, convertir nuestra atenci\u00f3n en mercanc\u00eda y ya sabemos que puede hacer de los afectos una fuerza productiva.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso producir otra escena de la pol\u00edtica exige algo m\u00e1s que recuperar un lenguaje perdido. Exige disputar aquello que hoy organiza la vida tanto en el terreno del capital como en el de los afectos. No para construir un espacio pol\u00edtico purificado de ellos \u2013eso ser\u00eda imposible\u2013, sino para impedir que la angustia, el miedo, la rabia y el deseo de reconocimiento encuentren como \u00fanica forma de elaboraci\u00f3n su transformaci\u00f3n en espect\u00e1culo. Quiz\u00e1 haya que empezar m\u00e1s modestamente.<\/p>\n\n\n\n<p>No sabemos todav\u00eda qu\u00e9 aspecto tendr\u00eda una pol\u00edtica capaz de hacer eso. Pero podemos reconocer aquello que falta cuando aparece: un lugar donde la vulnerabilidad no tenga que convertirse en mercanc\u00eda para adquirir visibilidad; y sobre todo donde el dolor no necesite volverse espect\u00e1culo para ser escuchado<\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez la hospitalidad pol\u00edtica consista en algo tan dif\u00edcil como eso, hacer un lugar antes de pedir identificaci\u00f3n. Entonces la pregunta ya no ser\u00eda c\u00f3mo volver a hacer seria la pol\u00edtica. Ser\u00eda otra.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00bfC\u00f3mo volver a hacerla hospitalaria?<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Y quiz\u00e1 esa pregunta permita mirar de nuevo al&nbsp;<em>Hinklown<\/em>. Su fuerza no proviene solamente de que haga re\u00edr, ni de que convierta el horror en espect\u00e1culo. Proviene tambi\u00e9n de que aparece all\u00ed donde una parte de la sociedad ya no encuentra qui\u00e9n la reciba. El problema, entonces, no es solamente quitarle el escenario. Es construir otra escena. En los proyectos hist\u00f3ricos antag\u00f3nicos al capitalismo muchas veces hemos olvidado, que no hay nueva sociedad sin una nueva hospitalidad sin clases. Ah\u00ed, quiz\u00e1, la risa pueda volver a ser otra cosa. No el modo en que el poder se evade del horror, sino una de las formas en que los que est\u00e1n dentro del horror pueden todav\u00eda encontrarse, para fundar lo nuevo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Josu\u00e9 Veloz Serrade (CTXT, 26-8-26) De la Espriella no es un caso aislado. Trump convirti\u00f3 el baile, el insulto y la fanfarroner\u00eda en elementos reconocibles de su repertorio. 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