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Nombrar frente a la barbarie: no dejemos de hablar de Palestina

Escrito por Debate Plural

Carmen Parejo Rendón (Russia Today, 4-2-26)

Este mismo miércoles, 4 de febrero de 2026, 21 palestinos, incluidos varios bebés, han sido asesinados en ataques a viviendas, mercados y zonas civiles en barrios como Tuffah, Khan Younis, Zeitún y Deir el-Balah. La mayoría de las víctimas son civiles. Mientras, la Organización Mundial de la Salud (OMS) denunciaba interrupciones en las evacuaciones médicas a través de Rafah, recientemente reabierto.

El escenario es de desolación, decenas de miles de víctimas civiles, infraestructuras destruidas y una población sometida a bloqueo, desplazamiento y hambre. Los informes de violaciones de derechos humanos se acumulan. Según testimonios y agencias humanitarias, las explosiones no cesan y las condiciones de vida siguen siendo catastróficas. Así, podemos y debemos señalar que a pesar de un supuesto alto el fuego formalizado en octubre de 2025, el genocidio israelí sobre Gaza no ha cesado en ningún momento.

En este contexto, la relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, volvió a denunciar la situación en Gaza. El 3 de febrero emitió una nueva declaración para condenar la continuación de las hostilidades, pese al alto el fuego y su impacto devastador sobre la población civil.

Podemos y debemos señalar que a pesar de un supuesto alto el fuego formalizado en octubre de 2025, el genocidio israelí sobre Gaza no ha cesado en ningún momento.

No hay que olvidar que Albanese, que actúa en cumplimiento estricto de su mandato como relatora de la ONU, fue sancionada de forma unilateral por EE.UU. en julio de 2025, aplicando un castigo personalizado que incluye el bloqueo de servicios bancarios y tecnológicos.

El ataque institucional directo contra una funcionaria de derechos humanos de la ONU por hacer su trabajo revela hasta qué punto se intentan silenciar las pruebas del sufrimiento del pueblo palestino para neutralizar los propios mecanismos creados para denunciar crímenes, proteger a las víctimas y dar sentido al sistema internacional. Pero revela también algo más profundo: el papel activo que EE.UU. desempeña en el genocidio contra el pueblo palestino.

En medio de esta carnicería continuada, el espectáculo de Davos, en enero de 2026, fue uno de los actos más obscenos que se recuerdan en años. El equipo del presidente estadounidense Donald Trump exhibió lo que denomina la 'nueva Gaza': rascacielos frente al mar, zonas turísticas, megaproyectos económicos que, sobre el papel, prometen ingresos millonarios y un crecimiento espectacular, como si se tratara de un solar vacío y no de un territorio arrasado con su población dentro.

En realidad, no debería sorprendernos. Davos es el lugar donde se reúnen los grandes poderes financieros, tecnológicos y políticos del mundo, no precisamente conocidos por sus valores humanistas. Mientras la población civil palestina sigue siendo bombardeada, desplazada y privada de lo más elemental, en las salas alfombradas del Foro Económico Mundial se discuten contratos de reconstrucción con beneficios estimados de hasta un 300 %, gestionados desde los mismos centros de poder que han sostenido política y militarmente la destrucción del territorio.

La idea de transformar Gaza en una especie de Dubái futurista no es solo una frivolidad obscena: forma parte de un proceso perfectamente reconocible, en el que primero se destruye, luego se expulsa, después se reconstruye sin su gente y, finalmente, se reparten los beneficios entre quienes promovieron la guerra.

La idea de transformar Gaza en una especie de Dubái futurista no es solo una frivolidad obscena: forma parte de un proceso perfectamente reconocible, en el que primero se destruye, luego se expulsa, después se reconstruye sin su gente y, finalmente, se reparten los beneficios entre quienes promovieron la guerra.

Pero hay algo todavía más terrible y que va más allá de las estrategias antiguas, recicladas bajo un nuevo envoltorio. Lo verdaderamente inquietante es que nada de esto supusiera un escándalo. Que no provocara una ruptura, una reacción moral mínima, un rechazo frontal. Que, al final, el debate no girara en torno a la obscenidad de planificar beneficios y urbanismo sobre un territorio donde se está perpetrando un genocidio, sino a una cuestión casi técnica: si Donald Trump pretende o no construir una alternativa a Naciones Unidas, a través de su llamada Junta de Paz.

Por supuesto que lo pretende. Pero no porque sea un delirio personal, sino porque puede. Puede hacerlo por el desastre en el que se ha convertido el sistema multilateral, por la impotencia —cuando no complicidad— de Naciones Unidas, y sobre todo porque cuenta con una red amplia de cómplices activos y pasivos: gobiernos que miran hacia otro lado, instituciones que se pliegan y medios de comunicación que convierten un espectáculo criminal en normalidad, desplazando el foco desde el crimen hacia la escenografía del poder. Que esto ocurra es una de las señales más claras del grado de deshumanización al que hemos llegado.

Estamos ante una crisis profunda del centro imperialista, una crisis que se manifiesta en múltiples frentes pero que, al mismo tiempo, deja al descubierto el ADN de ese poder: un orden construido históricamente sobre genocidios, sostenido mediante herramientas coloniales y mantenido por la violencia.

Estamos ante una crisis profunda del centro imperialista, una crisis que se manifiesta en múltiples frentes pero que, al mismo tiempo, deja al descubierto el ADN de ese poder: un orden construido históricamente sobre genocidios, sostenido mediante herramientas coloniales y mantenido por la violencia. Gaza no es una excepción, es una expresión extrema y contemporánea de esa lógica. Y lo más inquietante no es solo la brutalidad del crimen, sino nuestra capacidad de convivir con él.

Miramos hacia otro lado mientras se deshumanizaba a los palestinos, mientras se les convertía en cifras u obstáculos, y seguimos haciéndolo. Así, la deshumanización dejó de ser solo una política aplicada sobre un pueblo concreto y se convirtió en algo más amplio, más profundo: un virus que nos ha contagiado a todos, erosionando nuestra capacidad de indignación, de empatía y de límite moral.

Así, las amenazas constantes y las agresiones abiertas del presidente de EE.UU. se dan de manera simultánea en distintos puntos del planeta: desde el bombardeo a Venezuela y el secuestro de su presidente y su esposa, una agresión criminal unilateral que vulnera el derecho internacional y de la que recientemente se cumplió un mes; hasta las presiones y amenazas sobre otros países latinoamericanos. Desde el enfrentamiento con sus propios socios atlantistas por la pretensión de apoderarse de Groenlandia porque sí, hasta las amenazas permanentes contra Irán. Nada de esto es ajeno a la cuestión palestina.

No es casual que, en ese mundo paralelo construido por la propaganda y la violencia, veamos en las protestas en Irán banderas de EE.UU. y de Israel: los mismos símbolos, los mismos centros de poder, la misma lógica actuando en distintos escenarios. O que María Corina Machado regale su más que cuestionable Premio Nobel de la Paz a Trump por bombardear a su propio país.

Habernos acostumbrado a la barbarie no es una consecuencia menor: es uno de los elementos que permite que esa barbarie se reproduzca y se intensifique. Por eso, por Gaza, por el pueblo palestino y por la humanidad entera, no debemos nunca dejar de hablar de Palestina. Porque callar no es solo complicidad sino normalización. Y porque nombrar el crimen, insistir, incomodar y romper el silencio sigue siendo, hoy, una forma mínima, pero imprescindible de resistencia.

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