Enrique Rajchenberg S. (ALAI, 26-2-26)
Todos los poderes estatales cuentan con un aparato de comunicación que difunde la posición oficial respecto a temas de la realidad política. La hasbara israelí, que puede ser traducida como explicación o como esclarecimiento, es, sin embargo, mucho más que la vocería del Estado de Israel; es la productora de la matriz discursiva que estructura y da […]
Todos los poderes estatales cuentan con un aparato de comunicación que difunde la posición oficial respecto a temas de la realidad política. La hasbara israelí, que puede ser traducida como explicación o como esclarecimiento, es, sin embargo, mucho más que la vocería del Estado de Israel; es la productora de la matriz discursiva que estructura y da forma a los contenidos ideológicos que legitiman las acciones del Estado, con el objeto de que sean adoptados por el mayor número de personas en el mundo y por los medios de comunicación. Estos contenidos no son simplemente sugeridos, sino impuestos a la población israelí y eventualmente a las comunidades judías dispersas en el mundo y adoptados por los medios que respaldan las políticas sionistas.
Aquellos medios que contradicen la versión de la hasbara son censurados y pueden llegar a ser objeto de una severa represión. Creada en 1974 como contrapunto informativo de la Organización de Liberación Palestina, es formalmente una dependencia adjunta a la oficina del primer ministro desde 2009, lo cual resulta significativo sobre su relevancia en la estructura del Estado. Actúa tanto con las Fuerzas de Defensa Israelí para difundir sus contenidos, como con el Ministerio de Turismo para promover los viajes a ese país y, más relevante aun, con la Agencia Judía para Israel con el objeto de hacer de los judíos de todo el mundo “embajadores de buena voluntad para Israel”.
Pasemos revista a los grandes ejes temáticos que estructuran el discurso de la hasbara.
Los orígenes del sionismo
El proyecto sionista, sistematizado a fines del siglo XIX, es justificado alegando que la única forma de proteger a los judíos de Europa central de los pogromos era fundando un Estado en una tierra que fuera exclusivamente habitada y gobernada por ellos. En ese lugar, y sólo en él, podrían vivir seguros. La legitimidad de tal pretensión se halla en un fundamento mítico y religioso, a saber, por una parte, el retorno a la tierra que se tuvo que abandonar tras la destrucción del templo de Jerusalem, en tiempos de la ocupación romana en el año 70 antes de nuestra era, evento que causó la diáspora y, por otra, el pueblo judío como pueblo elegido por Dios para habitar esas tierras. Se trataría entonces de una pretensión basada en un derecho ancestral, finalmente reconocido por la Resolución 181 de la Organización de las Naciones Unidas en 1947.
Las potencias mundiales de la época apoyaron la iniciativa, más por un afán expansionista de sus intereses estratégicos que por defender a una población a la que frecuentemente se le recortaban o de plano se la excluía de los derechos ciudadanos. En vez de promover una reforma que erradicara los sentimientos antisemitas en la misma Europa, respaldaron la propuesta que garantizaba su presencia en Medio Oriente haciendo del Estado judío un enclave de Occidente en ese continente.
El colonialismo y la desertificación del territorio que se pretende conquistar
Aunque en un principio se concibió que el Estado judío podría fundarse en cualquier continente, rápidamente se desplazó el proyecto a Palestina. El escollo era que Palestina estaba habitada por musulmanes y por un número mucho menor de judíos y cristianos, ambos árabes, que, sin embargo, habían convivido de manera pacífica a lo largo de varios siglos.
Al igual que en toda ambición colonialista, era y sigue siendo preciso demostrar que Palestina era un territorio desierto, vacío, no porque no hubiera habitantes, sino que éstos eran bárbaros y, puesto que los bárbaros no alcanzan la categoría de humanos, el territorio ambicionado podía considerarse inhabitado. Así es como queda acuñada la famosa consigna “una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra”. De este modo se aseguraba que Israel era la avanzada de la civilización occidental, la única que podía considerarse como tal, en un mundo oscuro, supersticioso y atrasado y que sería irremediablemente desplazado por las luces civilizatorias que convertirían el desierto en un vergel. Esta falacia que tiene una historia más extensa que la creación del Estado de Israel, aunque reproducida infinitas veces por la hasbara, consiste en lo que Edward Said denominó el orientalismo. Se trata de la definición de la identidad mediante la atribución de rasgos negativos del Otro y diferente, puesto que si el “Oriente” era bárbaro, “Occidente” podía erigirse en su contrario.
En realidad, esa construcción imaginaria y estigmatizadora de Palestina distaba mucho de ser verdadera. Palestina era una sociedad plural, con una dinámica económica propia y con una producción cultural milenaria y de enorme riqueza.
¿Qué episodios escamotea la hasbara?
Todas las historias oficiales ocultan, niegan o dejan de mencionar ciertos hechos, sea porque ensombrecen la imagen del grupo vencedor de una contienda o de una conquista, que devendrá el futuro gobernante, sea porque resultan incómodos para la construcción de un relato que aspira a demostrar la cohesión de un pueblo a lo largo de un tiempo extenso. Por eso decía Ernest Renan, en un célebre escrito sobre la nación, que todo ciudadano francés tenía que olvidar la dramática noche de Saint Barthélémy ocurrida en 1572 en que murieron miles de protestantes a manos de católicos, ambos franceses.
La idea de que la ideología política sionista consistente en fundar un Estado fue desde el inicio aceptada y respaldada por todos los judíos, silencia las críticas severas que en distintos sectores de la comunidad judía se pronunciaron en contra de tal proyecto. El Bund, la organización socialista de trabajadores de Europa del Este fundada a fines del siglo XIX, fue crítica acerba del sionismo. Sin embargo, esta postura es ignorada en la narrativa histórica difundida habitualmente. Más aún, la hasbara ha impuesto la sinonimia de sionismo y judaísmo, que implica que toda crítica al sionismo sea considerada antisemita y productora de un discurso de odio, consiguientemente objeto de la represión, mientras que simultáneamente promueve la islamofobia.
Empero, un episodio en particular cobra relevancia en la historia del Estado de Israel tras el 7 de octubre de 2023. Se trata de la expulsión de más de 700 mil personas del territorio palestino para ser ocupado por inmigrantes judíos en 1948. Este episodio denominado nakba, catástrofe, no es el inicio del desplazamiento o incluso exterminio de los palestinos, pero sí el de mayor magnitud por lo menos antes del desplazamiento forzado que en estos días impone Israel a los gazatíes.
Borrar la nakba de los archivos de la memoria permite consignar los actos de resistencia palestina como muestras del odio sistémico que mantienen hacia la población judía asentada en Palestina. Lo acontecido hace dos años, vale decir, el 7 de octubre de 2023, es entonces atribuido a un acto espontáneo de terrorismo totalmente irracional, lo cual reforzaría la tesis de un pueblo bárbaro compuesto, como lo afirmó un ministro israelí, por “animales humanos”. Pero además, convierte la extensa resistencia palestina, nos gusten o no los métodos que utiliza en contra de la ocupación colonialista del territorio en una guerra religiosa, ignorando el largo pasado de despojos, de violación a los más mínimos derechos de un pueblo ante los cuales éste se rebela.
La imagen distorsionada de un régimen político: ¿Israel, paradigma de la democracia en Medio Oriente?
Uno de los argumentos privilegiados para justificar el colonialismo israelí patrocinado por las potencias occidentales radica en que los países que rodean a Israel no son modelos ideales de democracia, pero ¿acaso Israel lo es? Es lo que la hasbara asegura contrastando, por ejemplo, los derechos de las comunidades de la diversidad sexual en Israel respecto a su represión en el resto de los países del área. O bien, el ejemplo preferido de la opresión de las mujeres manifiesto en el uso coactivo del velo comparado con su completa emancipación en Israel.
El régimen político israelí practica el apartheid con cada vez mayor rigor negando el uso de vialidades a los palestinos y reservándolas para la población judía, restringiéndoles el acceso a servicios educativos, etc., lo cual contradice los principios de base de una democracia liberal. Pero a partir de 2023 el régimen ha endurecido el cercenamiento de esos derechos practicando la censura y la confiscación de libros que, de acuerdo a los criterios de los personeros gubernamentales, alientan el terrorismo. El periódico israelí Haaretz que es una voz moderadamente crítica de las políticas de Estado ha sido censurado en diferentes ocasiones. Una vez más, ¿un Estado que anula la libre expresión de ideas, que ocupa ilegalmente Cisjordania, que impone un cerco inhumano a la Franja de Gaza, que persigue y encarcela a sus ciudadanos críticos y que practica la limpieza étnica, puede considerarse democrático?
El mito de un país amenazado o cómo trastocar la agresión y el despojo en defensa
La invención de un enemigo que acecha permanentemente permite cohesionar a una sociedad en torno a un ideal de unidad que, a su vez, reprime toda disidencia interior tachándola de traición.
El mito es forjado desde los niveles escolares iniciales y reforzado a lo largo de toda la formación educativa insistiendo en que los palestinos deben ser homologados a los nazis que exterminaron al pueblo judío europeo. De este modo, Israel construye una imagen de país acosado que justifica su política expansionista, resumida hace poco en la consigna del Gran Israel, vale decir, invadiendo territorios de los países vecinos y simultáneamente haciéndola pasar como defensa. Es así como el genocidio actualmente en desarrollo en Gaza se hace llamar defensa.
Desmontar las narrativas de la hasbara es el primer paso para poder entender de otra manera a la sociedad y al Estado israelíes y posicionarse políticamente respecto al tema palestino, porque hoy particularmente no está sólo en cuestión la veracidad de la información difundida, sino también cómo esta información encubre y justifica un genocidio.
