Juan J. Paz-y-Miño Cepeda (Historia y Presente, 10-3-26)
Un mundo que aspiraba a consolidar normas de convivencia civilizada se ha roto en pleno avance del siglo XXI. Nuevas guerras y amenazas militares han convulsionado a la humanidad. Y la historia contemporánea de América Latina, arrastrada a esta vorágine, se mueve entre los ideales unionistas y las realidades de la división.
Las independencias compartieron el ideal común por la libertad y la soberanía, al tiempo que personalidades como Francisco de Miranda y, sobre todo, Simón Bolívar, aspiraban a crear un gran Estado confederado. La división en una veintena de países respondió, en buena parte, a las diferencias estructurales y administrativas heredadas de la colonia; pero, además, al surgimiento de regionalismos, conflictos territoriales y confrontaciones por el poder, que caracterizaron largamente la construcción de los Estados nacionales en el siglo XIX.
También actuaron grandes potencias: los Estados Unidos proclamaron la Doctrina Monroe (1823) para impedir incursiones europeas en el continente; pero, al mismo tiempo, garantizaron su influencia. Paralelamente se levantaron los intereses europeos: a Gran Bretaña le convenían las independencias para contar con mercados y puertos libres. De hecho, logró tratados de “Nación más favorecida” aunque intentó cobrar las deudas con intervenciones y bombardeos. En consecuencia, el monroísmo resultó un americanismo imperfecto, pues no impidió esas incursiones en la naciente América Latina.
Al comenzar el siglo XX el Corolario Roosevelt (1904) desplazó definitivamente a los europeos y acompañó la expansión imperialista de los EE.UU., que no descartaron las intervenciones militares en Centroamérica. Los esfuerzos por la unidad latinoamericana impulsados por figuras como José Martí o Eloy Alfaro no tuvieron éxito.
Con el desarrollo del siglo XX en los Estados nacionales latinoamericanos despegaron las relaciones capitalistas y con ello las confrontaciones por el poder dejaron de concentrarse en élites sociales y cada vez más asumieron el carácter de lucha de clases. Promover Estados sociales, que extendieran bienes y servicios públicos para las mayorías, chocó con las capas oligárquicas interesadas en conservar el control sobre la economía y los privilegios de la dominación política. Sin embargo, la idealizada unidad latinoamericana, aunque cultivada entre los pueblos como una cultura de hermandad e identidad común, no pudo concretarse en proyectos de confederación. Cada país fue absorbido por sus realidades y conflictividades internas, al compás de la dependencia económica y la hegemonía de los EE.UU. Gigantes empresas extranjeras literalmente se lanzaron al control de los recursos naturales: petróleo, minas, plantaciones e infraestructuras. Esas incursiones explican el surgimiento de reacciones antimperialistas, gobiernos nacionalistas, los “populismos” y el recrudecimiento de las luchas sociales por la soberanía y el control de los recursos colectivos.
La unidad del siglo XX adquirió un forzado sentido continental a través de la “Unión Panamericana” (1910) impulsada por EE.UU., que no fue un proyecto auténticamente latinoamericano. Solo después de la Segunda Guerra Mundial se desplegaron esfuerzos para nuevas relaciones entre los Estados. La primera avanzada fue la OEA (1948); pero a raíz de la Revolución Cubana (1959) este organismo se transformó en instrumento de la Guerra Fría y del “anticastrismo”. La “Alianza para el Progreso” formulada por el presidente J. F. Kennedy tuvo el doble propósito de frenar al “comunismo” y promover el desarrollo económico de América Latina, pero en la perspectiva de los intereses estadounidenses. Coincidieron en fomentar los “cambios de estructura” las ideas de la CEPAL, de modo que se creó la ALALC (1960) y se inició el desarrollismo latinoamericano. Se fundaron otros organismos regionales como el Pacto Andino (1969) y en 1980 nació ALADI. Todas eran propuestas de “integración” que, en última instancia, apuntaban a crear mercados amplios con desregulaciones arancelarias y fomento del empresariado.
En las décadas finales del siglo XX las propuestas desarrollistas y de integración fueron abandonadas por el auge que tomó el neoliberalismo. La “competitividad” liquidó todo sueño por la unidad latinoamericana, pues pasaron a interesar la “apertura” indiscriminada de mercados, los tratados de libre comercio y la globalización, consolidada con el derrumbe del socialismo soviético. De todos modos, en 1991 surgieron SICA y MERCOSUR. En 1994 los EE.UU. lanzaron una nueva iniciativa continentalista para conformar el ALCA (con la exclusión de Cuba), que finalmente fue un proyecto rechazado en la IV Cumbre de las Américas (2005), bajo el liderazgo de varios gobiernos progresistas de nueva izquierda.
Para entonces, el neoliberalismo estaba en retirada porque al iniciarse el siglo XXI se consolidó un inédito ciclo de gobiernos progresistas en buena parte de los países de la región, que tendieron a fortalecer economías sociales para el bienestar, recuperando capacidades estatales, las políticas de orientación popular y la redistribución de la riqueza. Fue el marco propicio para que se fortaleciera el latinoamericanismo como reivindicación histórica, a tal punto que surgieron varias asociaciones, como la bolivariana ALBA (2004), UNASUR (2008) y, sobre todo, la CELAC (2011), el más importante proyecto unionista, que excluyó a EE.UU. y Canadá, diferenciándose de la OEA y en abierto desafío al tradicional monroísmo.
Los gobiernos de derecha que desplazaron a los progresismos revivieron el neoliberalismo. Pero ha sido la segunda presidencia de Donald Trump la que ha impuesto un cambio radical en las relaciones continentales. Ha desplegado un neomonroísmo sustentado en el “Corolario Trump” y la Estrategia de Seguridad Nacional que obligan al alineamiento de América Latina con los intereses estadounidenses en tres aspectos fundamentales: el combate al “narcoterrorismo”; la marginación de China, Rusia y cualquier otro “competidor” en el “Hemisferio Occidental” y la explotación de recursos naturales (petróleo y tierras raras a la cabeza), sin consideración a las soberanías nacionales. No se admiten uniones de tipo latinoamericanista, ni el cuestionamiento a la hegemonía de EE.UU. que, en otros ámbitos geográficos, libra distintas estrategias que, en conjunto, tratan de impedir el desplazamiento inevitable que ha sufrido esta gigante potencia ante el crecimiento de la multipolaridad.
El desenlace, por el momento, ha sido la constitución del “Escudo de las Américas” (Shield of the Americas) con doce gobiernos de las derechas latinoamericanas, que se han inclinado ante la nueva estrategia del “Donroísmo” (https://t.ly/U-VuU). El documento de la Casa Blanca explícitamente subraya: “Estados Unidos entrenará y movilizará a los ejércitos de los países socios para lograr la fuerza de combate más efectiva necesaria para desmantelar los cárteles y su capacidad de exportar violencia y buscar influencia mediante la intimidación organizada”; y añade: “Estados Unidos y sus aliados deben mantener a raya las amenazas externas, incluidas las influencias extranjeras malignas procedentes de fuera del hemisferio occidental” (https://t.ly/iN_7G).
Son órdenes que, evidentemente no solo se refieren a la guerra contra organizaciones criminales, sino que están dirigidas a frenar a China y otras potencias “ajenas” al Hemisferio Occidental. Es sintomática la marginación y división con los actuales gobiernos de México, Nicaragua, Colombia, Brasil, Venezuela y obviamente Cuba, víctima de un inhumano bloqueo ilegítimo y agravado en la nueva era. Queda por observar el futuro de los ideales de unidad forjados desde las independencias y sustentados en la hermandad de los pueblos por sus identidades en historia, lenguas y culturas latinoamericanistas.
