Isaac Enríquez Pérez 8Rebelión, 17-3-26)
El capitalismo es, en esencia, un sistema económico que se reproduce a través de la violencia. Son violentas sus formas de acumulación de capital y sus estructuras de poder, dominación y riqueza fundamentadas en la explotación laboral y en la exclusión social. Para mantenerlas, incentiva la violencia criminal, no como patología exógena, sino como estrategia consustancial a la valorización de capital y a la reproducción de la desigualdad y la pobreza.
Desde su entrañas, el capitalismo drena violencia sistémica para perpetuarse con base en la explotación del trabajador y de la naturaleza; intensifica la estratificación social y las desigualdades extremas al precarizar y flexibilizar las condiciones de trabajo; gestiona la muerte, la enfermedad crónica, el estrés y el cansancio del trabajador incluso extremando el control sobre la mente al interiorizar en el trabajador la autoexigencia y la racionalidad meritocrática. Ese aparato ideológico y el disciplinamiento de la mente es otro tipo de violencia que podría denominarse como simbólico/cognitiva, y que vacía de sentido al trabajador pobre.
Esa violencia sistémica que mercantiliza la vida social no marcha sola. Drena pobreza, miseria y hambre. Éstas, a su vez, son carne de cañón de una necroeconomía que hace de la muerte un negocio al operar el fenómeno de la violencia criminal. Cuando los pobres aportan la sangre y la vida, se activa un mecanismo de acumulación de capital que transfiere los excedentes de los territorios y enclaves marginales a los centros bancario/financieros globales. Para activar dicho mecanismo, es fundamental la espiral de desigualdad y la pauperización de poblaciones enteras generalmente radicadas en el sur del mundo.
Para instaurar el fundamentalismo de mercado es crucial el despliegue de la violencia criminal. Con ella se desmontan instituciones, se desplazan poblaciones, se masacran pobres, se controlan territorios, y se expolian recursos naturales que despiertan el ansia voraz de la empresa legal. Esa violencia criminal es parte de la lógica expansiva del capitalismo, de su apetito voraz por abrir nuevos mercados legales o legales. Cuando se acotan los resquicios de la legalidad, el capital –cual humedad– extiende sus tentáculos hacia la ilegalidad y construye mercados rentables. En ello, el Estado es crucial para afianzar a las empresas criminales en los territorios a través de la militarización y de una narrativa ad hoc a una pantomima de ”policías y ladrones”. Es justamente a través de la militarización y la narrativa de la “guerra contra las drogas” que se modula y modela la expansión de la violencia criminal en los territorios y -desde adentro- se postra a las instituciones para no frenar la acumulación de capital por la vía ilegal. La misma violencia criminal es un ejercicio más de socavamiento del Estado por el propio Estado: no se le persigue, se le incentiva; no se le reprime, se le reproduce vía la corrupción y la impunidad; no se le aniquila, sino que se le entroniza por ser parte de las estructuras de poder, dominación y riqueza; y, en última instancia, la violencia criminal es el último reducto que tiene el Estado para fragmentarse en cuanto entroniza poderes fácticos que controlan territorios, poblaciones y voluntades. Sutilmente esto conforma manifestaciones de un renovado y subrepticio fascismo.
A su vez, la violencia criminal se vuelca sobre el pobre al emplearlo o – literalmente– esclavizarlo en las actividades ilícitas. Se le recluta no pocas veces por la fuerza y la amenaza, se le mantiene en cautiverio y se usa como miembro de organizaciones y milicias paramilitares dispuestas a apropiarse de territorios, mercados y enclaves ricos en recursos naturales. A ese pobre se le explota de manera desmedida en la cadena de montaje de esas empresas criminales y se le desecha en campos de exterminio y en cementerios al aire libre. Tan solo en México se reportan más de 120.000 desaparecidos; mientras que en Colombia rondan los 130.000.
El desplazamiento forzado y el exterminio sistemático es la más acabada forma de hacer sentir esa violencia criminal/militar en las poblaciones pobres. Los efectos de esa violencia son también diferenciados: no afecta a todos por igual; el 1% más acaudalado está exento, mientras que la furia se dirige hacia los pobres y las clases medias depauperadas. No se trata de hechos aislados ni esporádicos: son parte de un cotidiano y sofisticado sistema de limpieza social y étnica para remover a quienes estorban en la labor imparable de mercantilizar bienes comunales y ejidatarios por parte de las empresas extractivistas.
La contraparte que evidencia ese andamiaje de la economía criminal y clandestina de la muerte son las madres buscadoras que, por cuenta propia, desentierran a sus desparecidos y muertos, por lo regular varones, jóvenes, pobres y de piel morena. Todo ello es la más cruda representación de las ausencias y omisiones del Estado para con los pobres, que son reducidos a una excreción desechable y prescindible luego de poner su sangre y su vida en ese andamiaje transnacionalizado donde la muerte es un negocio y dispositivo de desmovilización comunitaria.
Lo que hace la violencia criminal es una regulación parainstitucional del territorio y del comportamiento y conciencia de las poblaciones pobres al unísono de las ausencias premeditadas del Estado, pero al amparo de éste. La razón de ser del crimen organizado son los Estados mismos; al tiempo que son su antítesis.
En el fondo de todo ello subyace un amplio conflicto social: el propio de las relaciones capitalistas de producción fundado en la búsqueda e intensificación de nuevas formas de explotación. Se trata de una guerra de sojuzgamiento dirigida hacia los pobres y sus bienes comunes. Una tijera que cierra sus dos mecanismos de explotación: el que recae sobre la fuerza laboral reclutada por el crimen organizado y el que expolia la naturaleza hasta mercantilizarla. La regulación de ese conflicto requiere de violencia sistémica, de violencia simbólico/cognitiva, de violencia estatal/policial, y de violencia criminal en cualquiera de sus formas. El objetivo último de estas tijeras es balancearse sobre el cuello del pobre hasta succionar su última gota de sudor y de sangre, que será rentabilizado en los mercados de valores de Wall Street o de la City de Londres a través de la transferencia de excedentes vía metales como el oro y la plata, commodities o recursos de procedencia ilícita.
Los contrapesos de las comunidades organizadas no solo serían desplegados respecto al Estado, sino también ante las empresas criminales en cualquiera de sus formas. En la periferia del mundo, el Leviatán no ofrece más protección a sus súbditos. Son éstos los que, en medio de su desamparo, están obligados a pensar nuevas formas de organización social para resguardarse de las múltiples violencias emanadas del capitalismo.
