Pravin Sawhney (Hispantv, 25-3-26)
Aunque EE.UU. e Israel iniciaron la nueva guerra en Asia Occidental, ahora son Israel e Irán quienes, con claridad respecto a sus objetivos bélicos, se enfrentan directamente.
A partir de esta premisa, es probable que ocurran dos cosas. En primer lugar, pese a la reciente afirmación del presidente Donald Trump sobre posibles negociaciones, la guerra no terminará pronto; por el contrario, tenderá a intensificarse.
En segundo lugar, dado que el mundo es hoy multipolar, la geopolítica regional difícilmente volverá a ser la misma.
Dos pilares fundamentales de la región se verán afectados: el control del esrecho de Ormuz y el sistema de seguridad establecido entre Estados Unidos y los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG-países ribereños del Golfo Pérsico, integrado por Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Catar y Omán) que durante décadas generó los petrodólares cruciales para la estabilidad de la economía estadounidense y su condición de gran potencia.
que ocurre una vez por siglo— y que Irán no se doblegaría pese a décadas de sanciones estadounidenses, el presidente Trump inició esta guerra como una “excursión”, según sus propias palabras. El mandatario fue llevado a creer por el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu que, al igual que en el caso de Venezuela, la eliminación de la cúpula dirigente iraní convertiría el conflicto en un asunto rápido y resuelto.
Sin embargo, el astuto Netanyahu sabía que esto no ocurriría y que la decapitación del liderazgo conduciría a una guerra de mayor escala, otorgándole un control más amplio sobre el aparato militar estadounidense para alcanzar sus objetivos estratégicos, incluido el denominado “cambio de régimen”.
Consciente de que Irán cerraría el estrecho de Ormuz al inicio de la guerra, Netanyahu propuso públicamente una ruta alternativa terrestre a través de Arabia Saudí que conectaría con Israel y, posteriormente, con Europa a través del mar Mediterráneo.
Bajo este esquema, serían principalmente los países asiáticos los que seguirían dependiendo del paso por Ormuz.
Para escalar el conflicto, Israel atacó el yacimiento gasífero de Pars del Sur en Irán. La represalia se dirigió contra infraestructuras energéticas en Catar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, así como contra la refinería petrolera de Haifa, cuya paralización provocaría una escasez de combustible para la maquinaria bélica israelí.
Asimismo, después de que Estados Unidos e Israel atacaran instalaciones nucleares iraníes, Teherán respondió golpeando la localidad israelí de Dimona, donde se encuentra su complejo nuclear, advirtiendo que, si tales instalaciones vuelven a ser atacadas, el próximo objetivo sería directamente Dimona.
Esto constituye una línea roja para Israel, ya que en ningún conflicto previo su instalación nuclear de Dimona había sido atacada.
La advertencia iraní también busca poner a prueba la disuasión nuclear israelí. Si Israel decidiera atacar nuevamente las instalaciones nucleares iraníes y se produjera una represalia, la región observaría atentamente la reacción israelí: si recurriría a armas nucleares o si optaría por abstenerse, lo que pondría en evidencia el carácter disuasorio —o ilusorio— de su arsenal.
Entretanto, Irán se había estado preparando para esta guerra desde 1988, cuando concluyó su guerra de ocho años con Irak. Esa preparación incluyó la construcción de ciudades subterráneas de misiles y drones, el establecimiento de líneas de producción militar y la preparación de aliados regionales como el movimiento popular yemení Ansarolá y el Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano (Hezbolá). Rusia y China también proporcionaron una ayuda considerable en los preparativos militares iraníes.
Además, Irán extrajo lecciones clave de la guerra de doce días de junio de 2025, entre ellas el abandono del sistema de posicionamiento estadounidense GPS en favor de la constelación satelital china BeiDou-3. Ello explicaría por qué, a diferencia de aquel conflicto, en esta ocasión los misiles y drones iraníes han alcanzado objetivos a larga distancia con mayor precisión.
Una atención especial se dedicó al Golfo Pérsico y al mar de Omán, incluido el propio estrecho de Ormuz. Toda esta zona se encuentra equipada con formidables capacidades submarinas que incluyen misiles de crucero antibuque, diversos tipos de minas navales, submarinos enanos capaces de lanzar misiles y torpedos, así como embarcaciones rápidas diseñadas para impactar el casco de petroleros.
Gracias a estas capacidades, Irán controla actualmente el tránsito a través del estrecho de Ormuz. Trump ha pedido a los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que ayuden a la Armada estadounidense a romper este control sobre la principal arteria energética mundial; sin embargo, estas naciones, conscientes del carácter suicida de tal operación, se han negado.
Esto ha generado un dilema inesperado para Trump: por un lado, no puede declarar la victoria ni retirarse de la región, ya que Irán —al controlar esta vía marítima— regula el tráfico comercial según sus propias condiciones.
Entre estas condiciones figura que los países que utilizan este estrecho para comerciar puedan hacerlo en yuan chino en lugar del dólar estadounidense, lo que pondría fin al sistema del petrodólar que durante décadas vinculó a los países del Golfo Pérsico con Washington.
Por otro lado, sin el flujo de petrodólares, Estados Unidos tendría dificultades para gestionar su enorme deuda nacional, que supera los 40 billones de dólares, lo que generaría inestabilidad económica y limitaría su capacidad para sostener unas 800 bases militares repartidas por todo el mundo.
Tal escenario marcaría el final de Estados Unidos como hegemón militar global.
Para colmo, Irán ha rechazado la oferta estadounidense de un alto el fuego. En su lugar, exige una paz permanente en Asia Occidental, acompañada de una serie de condiciones, entre las cuales la más significativa es el cierre de todas las bases militares estadounidenses en la región.
Al mismo tiempo, Washington comienza a darse cuenta de que sus amenazas de destruir redes eléctricas e infraestructuras civiles iraníes no han surtido efecto.
Teherán ha advertido que responderá con acciones similares contra los países árabes del Golfo Pérsico y contra el régimen Israel, todos aliados de EE.UU., donde los sistemas interceptores para detener las oleadas de misiles iraníes han mostrado limitaciones.
Israel, que instigó esta guerra, se encuentra ahora a la defensiva, mientras que la incursión estadounidense ha terminado por volverse en su contra, con graves consecuencias para su imagen como gran potencia.
Tal como se desarrollan los acontecimientos, Irán es quien dicta actualmente los términos tanto de la guerra como de la paz en Asia Occidental.
