Jorge Majfud (Rebelión, 19-10-26)
Mientras el centro se fragmenta, la periferia aprende la lección que los imperios olvidan. Los pueblos comienzan a reconocerse en una misma causa.
Esta semana, un estudiante, retirado de los marines de Estados Unidos, se me acercó al final de una clase para preguntarme:
–Pero acaso usted no cree que Irán, Rusia o China pueden invadirnos?
Contesté: –No. Ese es otro miedo inoculado por los mercaderes de la muerte. Son los imperios los que invaden; los demás deben resistirlos. Si un día China nos invade, será porque este país ha insistido en que lo haga: los de arriba, porque las guerras y los conflictos son su mejor negocio y estrategia. Los de abajo, por su vocación de esclavos y por su ausencia de conciencia de clase.
Es una vieja superstición, promovida por los medios mercenarios, según la cual los imperios caen porque un enemigo exterior los invade. “Roma cayó por las invasiones bárbaras”, repiten los textos de historia, como si un puñado de tribus germánicas hubiese podido con la maquinaria que había aplastado a Cartago y al mismo Atila en la actual Francia.
Los imperios no caen porque los invaden; los invaden porque caen. Si algún día China pone una base militar en Estados Unidos, será porque esta sociedad aceptó, con pasión, no sólo 800 bases en otros países, sino por un suicidio colectivo: desigualdades obscenas, explotación y demonización de los trabajadores (propios y ajenos), marginación de los desposeídos, odios raciales, religiosos, de clase, divisiones inoculadas por los señores feudales… La fórmula perfecta para un conflicto civil a escala. Mientras la prosperidad de la vampirización imperial dura, el fanatismo patriótico disimula la colonización interior. Luego llegan los demagogos vendiendo nostalgia y más odio, no para retrasar la caída, sino para acelerarla.
¿Cómo es posible este absurdo? Por la concentración de poder, acelerada según la fórmula de intereses compuestos: las mafias legales de las sectas y los lobbies. La resistencia radica en lo mismo: en las uniones de los pueblos.
Hacia 1830, cuando sus barcos dominaban los mares, Gran Bretaña producía alrededor del cinco por ciento de la riqueza mundial. China todavía producía el treinta por ciento. Una isla con una economía seis veces menor le impuso a la mayor civilización de su tiempo el opio, “tratados de libre comercio” y una evangelización que dejó 30 millones de muertos.
No fue el PIB, esa obsesión de los economistas modernos. Fue la capacidad de concentrar. Londres concentró capital, flotas, compañías comerciales y, sobre todo, una idea de sí misma. China era rica, pero su riqueza estaba dispersa, su Estado desgastado, su corte dividida. Cuando llegaron los cañones civilizadores, el gigante ya estaba herido por dentro. Luego la rebelión cristiana de Taiping mataría más chinos que las guerras del opio juntas.
La riqueza sigue a los imperios, pero los imperios se levantan por una centralización fanática. El primero que se fragmenta, cae. La discusión debe estar en el tipo de unión: ¿la unión que logró Hitler en Alemania o la unión que lograron los iroqueses con su radical democracia que sobrevivió por siglos como la Gran Ley de la Paz?
El poder nunca residió en los individuos, por más que el liberalismo haya construido su mitología sobre el entrepreneur y el dogma de “mi egoísmo es bueno para los demás”. Residió en las uniones: lobbies, sectas, corporaciones, sindicatos, iglesias. Mil personas organizadas bajo una misma convicción pueden más que un millón de individuos dispersos.
Para movilizar a una sociedad no alcanzan los salarios ni los argumentos. Hace falta una fe. Los puritanos que se creían el pueblo elegido, los colonos del Destino Manifiesto, los misioneros que acompañaban a los mercaderes de esclavos con la Biblia bajo el brazo también. Ni que hablar de los sionistas.
No hay nada más poderoso que la locura compartida. Cuando el fanático gana, cualquier genocidio se convierte en civilización. El saqueo pasa a ser libre mercado. Los ataques son defensa propia. Gran Bretaña no impuso el opio: abrió mercados. Estados Unidos no invadió: liberó. Israel no masacra niños: se defiende. La narrativa no es un adorno del poder; es una de sus armas más eficaces, porque convence incluso a sus propias víctimas.
Pero la fe que une en el ascenso divide en la decadencia. Cuando la promesa de prosperidad deja de cumplirse, el fanatismo se vuelve hacia adentro y las tribus comienzan a verse como enemigas. Es lo que estamos viendo en Estados Unidos. El dólar, privilegio exorbitante de Washington durante ochenta años, pierde terreno en las reservas de los bancos centrales. El oro, viejo testigo de la desconfianza, rompe récords. La deuda supera los 39 billones de dólares y sus intereses succionan más que el presupuesto del Pentágono. La mitad del país ve a la otra mitad como amenaza existencial. Milicias, muros, desconfianza en las elecciones y en los tribunales. No son síntomas aislados. Es la disolución de aquella unión que nació para ocultar sus profundas divisiones (estatales, raciales, de clase) y que funcionó mientras la ficción dejaba enormes dividendos ―como la esclavitud.
Washington necesita un nuevo enemigo exterior para continuar privatizando fortunas y socializando deudas. Es el turno de China, de Irán… Pero ni Irán ni China sueñan siquiera con invadir a Estados Unidos. Les basta con esperar: si tu enemigo está cometiendo un error, no lo interrumpas.
Mientras, la nueva Europa bananera se militariza a las órdenes de Washington. Para hacerlo, debe desfinanciar sus instituciones socialistas. Como en Argentina, cada vez que en las calles de Francia arde un contenedor o se rompe una vidriera, los medios mercenarios descubren la violencia. Hablan de vandalismo, de radicales, de amenaza al orden democrático. Nunca la descubren cuando un gobierno elimina derechos laborales conquistados por generaciones; cuando una reforma, decidida en despachos lejanos, obliga a millones a trabajar más años por menos; cuando el valor que producen los trabajadores se transfiere a los accionistas VIP (hedge funds) y a los acreedores; ni cuando sus retiros se invierten en la industria de la muerte. Esa violencia no rompe vidrieras. Rompe vidas, y a eso llaman “democracia liberal”, la estafa maestra del capitalismo.
Sólo en los últimos 30 años, los imperios occidentales han bombardeado, invadido, financiado masacres que dejaron millones de muertos, desde Irak hasta Libia, desde el Sahel hasta Palestina. ¿Cuántos responsables rindieron cuentas ante algún tribunal? Ninguno. Los mismos que exigen orden en las calles de París han decretado el caos, la esclavitud (hoy Libia, Congo), el hambre y la muerte en decenas de países. La impunidad no es una falla del sistema; es su raison d’etre.
En comparación, la violencia de las protestas populares es mínima. Es la respuesta de quienes han agotado las urnas, los reclamos de justicia y las marchas contra las interminables guerras y genocidios. La historia lo confirma con una regularidad irrefutable: ningún derecho fue concedido por la generosidad de los poderosos. Todos fueron arrancados por la presión y la violencia de los de abajo.
Mientras el centro se fragmenta, la periferia aprende la lección que los imperios olvidan. Los pueblos dispersos, humillados por la fuerza organizada de unos pocos, comienzan a reconocerse en una misma causa. El catalizador ha sido Gaza. Estamos camino a una intifada global. Las élites del poder mundial invierten fortunas en represión, propaganda y elecciones para retrasarla. Podrán postergarla algunos años. No podrán evitarla. El polvorín se seguirá secando y una chispa hará el resto.
