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La razón y las convicciones triunfan sobre la Superinteligencia Artificial

Escrito por Debate Plural

Ignacio Figueroa Foessel (Rebelión, 21-10-26)

El debate sobre la inteligencia artificial se mantiene en un álgido nivel mediático. Las cartas han sido puestas sobre la mesa entre las dos potencias que luchan por prevalecer en la contienda por el desarrollo de la nueva tecnología.

La apuesta de China por un código abierto y constructivo ha sido la herramienta comunicacional más relevante, ganando a la opinión pública enterada de lo que busca la nación asiática es un salto en el desarrollo humano. En contraposición, la potencia americana languidece cuando se evidencia que en materia tecnológica buscan aumentar el poder corporativo y de dominio hegemónico señalando como su objetivo una mayor acumulación de capital y reforzar la potencia de su aparato militar.

Lo conspicuo de las declaraciones mediáticas de los grandes terratenientes de la industria de la IA mantiene como norte el crear un temor reverencial de la población hacia algo que se vislumbra como todopoderoso, pero sombrío, una respuesta a los deseos de la élite por aumentar sus ganancias. Con esto consiguieron solamente ganar en la apuesta de mantener la burbuja tecnológica por algún tiempo más, pero, perdiendo en la batalla comunicacional por hacer aceptar al grueso de la población de las bondades de la nueva era.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, comprendió que se perdía la lucha por el corazón y las mentes a solo unas pocas semanas de la crucial elección de medio término que decidirá su futuro, y emprendió una serie de acciones que tienen como fin la comunicación.

Por un lado, cambiar el nombre de la inteligencia artificial por superinteligencia, SI (Artificial Superintelligence, o superinteligencia artificial) como una forma de resetear la mala percepción del término buscando crear la sensación de que se trata de un elemento determinante, e incluso mágico, para asegurar la prevalencia de los EE.UU. como potencia hegemónica.

Por otra parte, ante el descontrolado aumento del precio de los combustibles por los campos de batalla abiertos, hizo público un acuerdo con la demonizada Rusia para importar diésel, lo que implicaría bajar los precios, halagando a los consumidores/electores.

Incluso en el mundo fantasioso de Trump, hay algo que no logra eliminar las contradicciones sobre el magnífico cuadro que quiere pintar a sus compatriotas. La SI no ha sido suficiente para dotar al presidente y su camarilla de ministros, asesores y generales, de una suficiente inteligencia para derrotar a Irán, una potencia intermedia sin la capacidad de la nueva tecnología, pero revestida con la antigua facultad humana de la razón y el sentimiento de sacrificio por los valores morales, religiosos y sociales. Aún más, la SI, en cogobierno con la potencia mayor del planeta, cometen un error de cálculo tras otro dejando ver que los que deciden la estrategia de batalla no están a la altura de las circunstancias y que la máquina solamente queda en potestad de los aspectos tácticos.

Se crea entonces un conflicto entre el hegemón revestido con la fuerza de la super máquina versus los humanos fortalecidos con el espíritu indomable de la especie. Queda en evidencia la división del mundo entre dos visiones contrapuestas que chocan violentamente en una contradicción vital: la tecnología al servicio de la elite como progreso de unos pocos versus la conservación de lo humano como esencia de la resistencia.

El peligro redoblado es que ante la incapacidad del liderazgo se sienta cada vez más impelido a entregar las decisiones trascendentes a la SI, que ejecutaría planes sin tomar en cuenta ninguna consideración humana, sino que solo el objetivo a conseguir. Incluso la camarilla trumpiana con todo lo corrupta que es, ha desistido de una escalada nuclear para resolver la guerra en el Asia occidental, las consideraciones de la máquina puede que no sean tan humanitarias.

En la guerra en Ucrania, Trump en su intento por encontrar oxígeno en una economía en apuros, con problemas energéticos evidentes con 13 Estados de la Unión con complicaciones en la generación eléctrica, con un panorama de posibles apagones o restricciones al consumo, tiende sus tentáculos hacia Rusia en una descarnada realpolitik que evidencia cómo a un aliado irrestricto, arrastrado hacia la destrucción por la estrategia geopolítica, puede ser dejado caer si no sigue las consideraciones básicas de lo prioritario del bienestar imperial.

Nuevamente queda demostrado frente a la opinión pública mundial que el trato con las grandes potencias es horizontal, mientras que los aliados son solamente piezas menores que pueden ser usadas hasta agotar sus últimos recursos.

La presión sobre el corrupto régimen de Zelensky ha sido brutal al limitar el uso de las terminales Starlink tanto como restringir la entrega de datos de inteligencia para morigerar los destructivos ataques rusos a la infraestructura energética y logística ucraniana.

Como ya viene siendo una constante, quienes están pagando el precio de la mantención en el poder de Trump han sido los ingenuos europeos que ven con pavor como su principal aliado los trata como naciones de segundo orden que sirven para obtener algún trato ventajoso en el orden geopolítico.

Si existe motivos para el optimismo en un mundo que se muestra dirigido hacia la barbarie es que la antigua razón humana se muestra superior a la fuerza tecnológica de la SI, triunfando en los campos de batalla donde el valor se mide por las convicciones o en la esfera geopolítica, donde lo que impera son las capacidades de entendimiento de las tendencias dialécticas tanto como los proyectos que sean capaces de entregar una dirección que imponga certezas, orden y comercio justo.

El poder imperial con sus adláteres de los magnates tecnológicos cometió el error de mostrar las reales convicciones de su apuesta por el avance de la nueva tecnología, cegados por la misma pedantería de Trump, al creer que pueden imponer su voluntad sin atenerse a consideraciones comunicacionales o los efectos negativos de sus mensajes; pero aún, saber moldear a la opinión pública es trascendente para el éxito, especialmente cuando se depende de procesos políticos inciertos.

En estos momentos que se acercan las elecciones de medio término, el emperador y sus príncipes tecnológicos se deben convencer cada vez más de que la democracia liberal es un obstáculo para llevar adelante sus planes. La realidad económica en los EE. UU. se impone por sobre los algoritmos en un país que mide su éxito social por el consumo y el precio que deben pagar para llenar los estanques de sus automóviles.

Las elecciones en los EE. UU. pondrán a prueba los postulados de la alianza trumpiana con la oligarquía tecnológica, pero también será una muestra para ver cómo la democracia estadounidense puede resolver la contradicción existente entre la mantención de la hegemonía con una población reacia a los sacrificios; o, si un Trump acorralado podrá volver a vulnerar los límites democráticos acercando a su país unos pasos más hacía la confrontación civil.

Si bien la derrota de Trump significa poner límites a su proyecto personal de poder total, no necesariamente representa el terminar con los principios de mantener la hegemonía de EE. UU. a todo evento. La estrategia geopolítica ha sido trazada por el Estado profundo, lo que hace probable es que puedan cambiar los rostros y las formas de demostrar fuerza, pero no su orientación general

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