Claudio Katz (Rebelion. org, 3-4-18)
En otro lugar clave de la batalla geopolítica -Afganistán- Trump avala una presencia más directa del Pentágono. Confirmó esa política con la mega-bomba que lanzó para impresionar a toda la región. Con esa pedagogía del terror reforzó la presencia militar en una zona de estratégico entrecruzamiento fronterizo (China, Irán, India, ex repúblicas soviéticas).
Pero repite el mismo alarde de poderío que desplegaron otros presidentes demócratas y republicanos sin revertir su fracaso. No logra resultados con la privatización de tropas financiadas con el saqueo de los recursos naturales.
Todo indica que la prueba de fuego para el guerrero yanqui se desenvolverá en Irán. Trump busca anular el acuerdo de control nuclear suscripto por Obama y no tolera la existencia de un estado independiente de la envergadura persa. Los Ayatollahs no encarnan un proyecto antiimperialista, pero manejan un nivel de riquezas y poderío que rompe la balanza de poder regional. El desbocado presidente no acepta un desafiante de ese porte.
Desde hace tiempo Israel propicia atentados directos contra los laboratorios de investigación atómica. Los sauditas suscriben ese plan para disputar el liderazgo subimperial en la región.
El reingreso de un pelotón de cavernícolas al gabinete del millonario (Bolton, Pompeo, Haspel) sintoniza con estas tendencias guerreras. Pero la confrontación con Irán es una decisión muy seria. Acentuaría el distanciamiento con miembros de la OTAN (como Turquía) y chocaría con la resistencia de Alemania y Francia, que preparan grandes negocios con Teherán.
El uso de las tensiones bélicas para reconstruir el poder económico estadounidense es una jugada riesgosa. Hasta ahora Trump sólo propaga amenazas (Irán), autoriza acciones indirectas (Siria), rodea a sus enemigos (Corea), encubre repliegues (Europa Oriental) y recrea fracasos (Afganistán). La consistencia de su proyecto es una gran incógnita.
Frustraciones externas
Trump no ha logrado en su primer año ninguna concesión económica significativa de China o Alemania. El gigante asiático muestra poca disposición a negociar bajo chantaje. Ha respondido con la bandera de Davos, exhibe fidelidad al libre-comercio y busca atraer a las empresas transnacionales enemistadas con el millonario.
Esa postura coincide con una gran aceleración del salto hacia el capitalismo pleno en China. Hay nuevas privatizaciones de empresas estatales y se prepara un cambio de normas bancarias para derivar la fijación de la tasa de interés al mercado.
El gigante oriental sigue creciendo con nuevos emprendimientos globales, como el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura que ya suma a 84 países. La Ruta de Seda en gestación y un próximo mercado de petróleo a futuro en Shangái, incrementan la presión para convertir al yuan en moneda mundial. También el comercio con África y América Latina supera cualquier volumen precedente.
China no se amolda a las exigencias de Trump. El presidente Xi se afianzó mediante un equilibrio entre la crema del poder (“los príncipes”) y las burocracias regionales. Ahora se planta como un duro interlocutor de Washington.
En la gira por China Trump redujo el tono de su agresividad. Pero posteriormente retomó la ofensiva, con el contundente anuncio de aranceles a 1300 productos de origen asiático. Con esa decisión explicitó quién es su principal enemigo económico y con qué intensidad buscará forzar el pago de patentes.
Las acciones contra China contienen un mensaje estratégico. No son simples medidas proteccionistas, que Trump anuncia y revierte en función de lo negociado con cada país. Difieren del variable manejo ensayado con el acero. El adversario oriental intenta evitar el choque frontal, pero nadie sabe cómo termina una escalada comercial descontrolada.
Trump afronta problemas del mismo tipo con su segundo rival de peso. La resistencia de Alemania ha sorprendido al mandatario yanqui. Merkel intenta sumar a Macron a un eje de rechazo a las exigencias estadounidenses. Realizó varias giras por el mundo para ensayar políticas autónomas y sugirió la conveniencia de un alineamiento militar con Francia. Esa reacción ha creado una severa crisis en la relación transatlántica.
La líder germana ha perdido la fortaleza electoral del pasado. La economía no es tan próspera como parecía y la insatisfacción con la precarización laboral genera el descontento que expresan las urnas. Pero como ese malestar es capitalizado por la derecha, la disputa con el magnate estadounidense se acentúa.
Mientras las relaciones entre ambos países se enfrían, el Bundesbank decidió incluir al yuan en sus reservas en desmedro del dólar, para enviar un mensaje de disgusto a la Reserva Federal. En la pulseada con Alemania y China se juega la reducción del déficit comercial que Trump no logra achicar.
Sin socios a la vista
Trump necesita alguna sociedad con países para implementar su estrategia. Por eso intentó un acuerdo inicial con Rusia. B uscó esa alianza para contrapesar la incontable variedad de flancos que abre a escala internacional. Pero desde hace mucho tiempo Moscú es el principal adversario geopolítico de Washington y el grueso del establishment norteamericano se opone a cualquier pacto.
Esa animadversión desbarató todas las sugerencias de aproximación con Putin. El complejo militar vetó el acercamiento y el partido Demócrata (junto a la prensa hegemónica) esgrimieron una dudosa operación de espionaje (Rusiagate), para obstruir cualquier convergencia con el aliado ambicionado por Trump. Las virulentas presiones anti-rusas de Washington han escalado hasta forzar la expulsión de diplomáticos, como corolario del escándalo por espionaje que estalló en Inglaterra.
Por su parte la dirigencia rusa consumó exitosas jugadas en Siria y Crimea y desconfía del pérfido funcionariado norteamericano. Sabe que Estados Unidos nunca ofrece retribuciones significativas a cambio de la simple subordinación. Con una política exterior agresiva y fuertes apelaciones al ideario imperial, Putin ha consolidado un sostén electoral que lo aleja de la asociación imaginada por Trump.
Inglaterra es el otro candidato a converger con la política diseñada en la Casa Blanca. Trump ofrece a los conservadores británicos un gran respaldo para confrontar con Alemania, en la dura negociación por la salida de la Unión Europea.
El Brexit tiene parentescos con la estrategia de Trump y puede ser visto como una versión reducida del mismo proyecto. Alienta la recuperación de posiciones económicas británicas a través de fuertes restricciones a la inmigración, mayor diversificación del comercio y creciente desregulación financiera.
Inglaterra ha perdido posiciones y pretende retener el máximo acceso al mercado unificado de la Unión Europea. Pero intenta eludir el arancel aduanero común de esa entidad. Busca libertad para concertar acuerdos comerciales con otros países y manejar en forma autónoma su política inmigratoria.
Es lo mismo que plantea Trump a una escala inferior. Mantener al país dentro de la globalización, pero con estrategias comerciales propias y una gestión unilateral de la fuerza de trabajo. Con esa modalidad del England First se intenta mejorar la performance de una vieja potencia en la internacionalización europea.
Pero con la economía estancada y la productividad en retroceso, los británicos tienen poco espacio para desenvolver con éxito esa operación. No cuentan con las espaldas de Estados Unidos para encarar una apuesta tan riesgosa. Por eso la salida rápida de la UE (hard Brexit) quedó frenada, en un contexto de gran división en las clases dominantes. Mientras se desenvuelven las tratativas, los bancos y las automotrices no saben a qué atenerse.
Alemania no acepta la simple revisión de los acuerdos comerciales, ni el olvido de los millonarios compromisos presupuestarios que asumió Inglaterra al incorporarse a la Unión. Tampoco hay nítidas resoluciones para el estatus de los tres millones de europeos que viven en Gran Bretaña y los dos millones de ingleses afincados en Europa.
La restitución de potestades legales de Europa a Gran Bretaña se ha complicado y el mantenimiento de una frontera abierta de Irlanda del Norte con el Sur (que permanece en la Unión) introduce conflictos adicionales. La propia existencia del Reino Unido está en juego, si Escocia decide celebrar un nuevo referéndum para reconsiderar su asociación de tres siglos con Inglaterra.
Trump tampoco logra consolidar una sociedad con la derecha europea continental. El electorado de esa región busca a ciegas caminos para oponerse al neoliberalismo de los partidos tradicionales y ha facilitado la expansión de organizaciones muy reaccionarias. Pero esas formaciones afrontan un techo cuando se avizora su llegada al gobierno y sus proyectos son frecuentemente absorbidos por la derecha convencional. La irrupción de pequeños Trumps en múltiples puntos de Europa, no implica la automática concertación de alianzas con el inventor estadounidense de la fórmula.
La crisis interna
Ningún obstáculo externo se equipara con la oposición que afronta el millonario dentro de su país. Desenvuelve un mandato signado por tormentosos conflictos. No consigue el sostén estable del Congreso para sus principales proyectos y forzó la renuncia de 25 funcionarios de alto rango. Esa rotación equivale al doble de lo registrado durante Reagan y al triple de lo observado con Obama.
Varios jueces le impusieron, a demás, fuertes vetos a sus decretos de visado anti-musulmán y el intento de expulsar a los inmigrantes llegados en la infancia (dreamers) está cuestionado. No logró tampoco aumentar las deportaciones, que en el 2017 fueron inferiores al año precedente. Despliega grandes anuncios del muro fronterizo con México, pero no obtiene los fondos de los legisladores para construirlo.
La improvisación y los fracasos son datos repetidos de su gestión y los escándalos por corrupción afectan a sus allegados y familiares. En los primeros meses el establishment le impuso una seria depuración. Debió eyectar a su principal hombre de confianza (Bannon), a su estratega militar (Flynn) y tuvo que incorporar a dos generales del Pentágono (Mattis, McMaster) y varios hombres de la elite empresarial (Tillerson, Perry).
Pero posteriormente impuso un giro inverso. Desplazó a los exponentes de Washington (Tillerson, Cahn), reafirmó a sus fieles (Navarro, Ross), introdujo nuevos trogloditas (Bulton) y ascendió a gente de su mismo palo (Pompeo, Haspel).
Con esa restauración de allegados volvió al punto de partida y a la consiguiente intención de forjar una presidencia bonapartista, para disciplinar a los principales grupos de poder. La pulseada con el establishment permanece irresuelta y sólo quedaría zanjada en las elecciones de medio término.
Trump reafirma su xenofobia para conservar el apoyo de los sectores empobrecidos. Logró ese sustento propiciando límites a la movilidad de la fuerza de trabajo, con la intención de actualizar la vieja segmentación de los asalariados estadounidenses. Mediante una descarnada confrontación con la gran prensa pretende mantener la fidelidad de sus bases de la “América Profunda”. Pero recurre a manipulaciones aberrantes del electorado, mediante invasiones a la privacidad que ya destaparon las investigaciones de Cambridge Analytica-Facebook.
El magnate usufructúa del rechazo al centralismo de Washington y fomenta un nacionalismo primitivo profundamente arraigado. Busca canalizar esas tradiciones hacia proyectos regresivos de liquidación del Obamacare y mayor debilitamiento de las organizaciones gremiales. Apuntala la ofensiva legislativa para pulverizar los derechos de sindicalización y quebrar las protestas de los docentes y empleados públicos. Actúa en un contexto de gran declive de las huelgas tradicionales.
