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Estados Unidos entre la «Trampa de los Gracos» y el ascenso de China

Escrito por Debate Plural

Pedro Barragán (Rebelión, 4-9-26)

Durante décadas, Estados Unidos ha ocupado una posición de liderazgo indiscutible en el sistema internacional. Su superioridad militar, la influencia global del dólar, el peso de sus empresas tecnológicas y la capacidad de proyectar poder político y cultural le han permitido consolidar una hegemonía sin precedentes tras el final de la Guerra Fría. Sin embargo, cada vez son más los analistas que sostienen que ese ciclo histórico estaría entrando en una fase de agotamiento. No se trata necesariamente de un colapso repentino, estamos ante un proceso gradual de pérdida de capacidad para imponer su voluntad en un mundo cada vez más multipolar.

Algunos especialistas han recurrido a la denominada «Trampa de los Gracos» para interpretar esta evolución. El concepto, inspirado en la crisis de la República romana tras el fracaso de las reformas impulsadas por los hermanos Tiberio y Cayo Graco, describe el momento en que la polarización política, la incapacidad de reformar las instituciones y el enfrentamiento entre las élites terminan debilitando la posición de una gran potencia. La comparación no pretende establecer un paralelismo absoluto entre Roma y Estados Unidos, pero sí advertir de que las fracturas internas pueden convertirse en el principal factor de erosión de un imperio.

Uno de los elementos que alimentan esta interpretación es la creciente polarización política estadounidense. El sistema institucional atraviesa una etapa de confrontación permanente en la que los consensos básicos resultan cada vez más difíciles de alcanzar. La alternancia entre administraciones de signo opuesto provoca cambios bruscos en las prioridades nacionales e internacionales, dificultando la continuidad de las políticas públicas. Esta dinámica alimenta una sensación de parálisis que reduce la capacidad del Estado para afrontar los problemas estructurales norteamericanos como el envejecimiento de las infraestructuras, el aumento de la desigualdad o la modernización del sistema educativo y sanitario.

La fragmentación social acompaña a esta crisis política y la brecha entre las élites económicas y amplios sectores de la población ha aumentado durante las últimas décadas. Aunque la economía estadounidense continúa siendo una de las más dinámicas del planeta, el crecimiento de la riqueza se ha concentrado en una parte relativamente reducida de la sociedad. El encarecimiento de la vivienda, la deuda universitaria, el elevado coste de la atención médica y la precarización de determinados empleos han contribuido a generar un profundo malestar entre millones de ciudadanos.

A ello se suma una creciente pérdida de confianza en las instituciones. Encuestas realizadas durante los últimos años muestran un descenso sostenido de la credibilidad del Congreso, los partidos políticos, los medios de comunicación e incluso del sistema judicial. Desde la perspectiva de la «Trampa de los Gracos», esta erosión institucional constituye uno de los síntomas más preocupantes, ya que limita la capacidad del país para corregir sus propios desequilibrios antes de que se conviertan en problemas estructurales.

En el ámbito económico también aparecen señales contradictorias. Estados Unidos conserva una extraordinaria capacidad de innovación, lidera o colidera sectores estratégicos como la inteligencia artificial, la biotecnología o la industria aeroespacial y continúa atrayendo inversión internacional. Sin embargo, estas fortalezas conviven con problemas estructurales como el elevado endeudamiento público, los persistentes déficits fiscales y una creciente presión sobre el papel internacional del dólar. Aunque la divisa estadounidense sigue siendo el principal activo de reserva mundial, numerosos países buscan diversificar sus sistemas de pago y reducir su dependencia financiera de Washington.

Todo ello se suma al ascenso de China. En apenas cuatro décadas, China ha pasado de ser una economía atrasada a convertirse en la segunda economía mundial, o la primera en términos de poder adquisitivo, y en el principal competidor estratégico de Estados Unidos. Su expansión industrial, su liderazgo en numerosas cadenas de suministro, sus éxitos en inteligencia artificial, telecomunicaciones, energías renovables y transporte de alta velocidad han modificado profundamente el equilibrio económico internacional.

A diferencia de otros competidores históricos de Washington, China dispone de una combinación excepcional de tamaño demográfico, capacidad industrial, desarrollo tecnológico y creciente influencia diplomática. Iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda, la expansión del grupo BRICS o la creación de nuevas instituciones financieras internacionales reflejan el esfuerzo chino por construir una arquitectura económica menos dependiente del liderazgo estadounidense.

Esta transformación implica que el declive relativo de Estados Unidos no responde únicamente a sus problemas internos y que el ascenso sostenido de China le disputa su influencia en prácticamente todos los ámbitos. Mientras Washington concentra buena parte de sus recursos en mantener su red global de alianzas y su superioridad militar, Pekín ha priorizado la expansión comercial, las inversiones estratégicas y el desarrollo tecnológico como instrumentos de proyección internacional.

Las dificultades también se manifiestan en el plano geopolítico. Tras el final de la Guerra Fría, Estados Unidos disfrutó de un margen de actuación prácticamente ilimitado. Sin embargo, las prolongadas intervenciones militares en Afganistán e Irak evidenciaron los límites del poder militar para resolver problemas políticos complejos. Al mismo tiempo, diversos aliados reclaman una mayor autonomía estratégica y muchas economías emergentes prefieren mantener posiciones equidistantes entre Washington y Pekín antes que alinearse plenamente con alguno de los dos.

La competencia entre ambas potencias ya no se limita al comercio. Abarca la innovación tecnológica, el acceso a materias primas críticas, la carrera espacial, los semiconductores, las infraestructuras digitales y la influencia sobre las organizaciones internacionales. Todo ello configura un escenario muy distinto al de la etapa unipolar posterior a 1991.

No obstante, conviene evitar interpretaciones excesivamente deterministas. Estados Unidos continúa siendo la mayor potencia militar del mundo, alberga universidades prestigiosas, conserva un enorme atractivo para la inversión internacional y mantiene una extraordinaria capacidad de innovación científica y empresarial. Además, su sistema institucional ha demostrado históricamente una notable capacidad de adaptación tras períodos de crisis.

La pregunta, o la duda, es si esas fortalezas bastarán para evitar que la «Trampa de los Gracos» termine consolidándose como una realidad política. Si las divisiones internas continúan profundizándose mientras China sigue ampliando su peso económico, tecnológico y diplomático, la transición hacia un orden internacional claramente multipolar podría acelerarse durante las próximas décadas.

En definitiva, el debate sobre el declive del poder estadounidense no gira tanto en torno a un colapso inmediato como a una pérdida gradual de la capacidad para ejercer una hegemonía incuestionable. La combinación de polarización política, tensiones sociales, problemas fiscales y creciente competencia estratégica con China dibuja un escenario en el que el liderazgo global de Washington ya no puede darse por garantizado. El siglo XXI parece dirigirse hacia un equilibrio internacional más complejo y multilateral, donde el ascenso de China constituye el principal motor del cambio y donde Estados Unidos deberá adaptarse a compartir el protagonismo que durante décadas ejerció casi en solitario.

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