Economia Internacionales

La tesis del capitalismo político

Escrito por Debate Plural

Dylan Riley (Sin Permiso, 10-9-26)

Es como si el robo descarado, la corrupción y los excesos orgiásticos de la élite fueran tan descarados que resultara superficial, anticientífico y preteórico tomárselos en serio. Sin duda, según esta línea de pensamiento, la verdadera acción se encuentra en otra parte, detrás de la fantasmagoría en Technicolor de la escena política, con sus personajes de baja estofa y sus estafadores.

Pero es precisamente esto —la elucidación teórica de la caótica obscenidad de nuestro momento actual— lo que más se necesita. Lo que sigue es el intento más rudimentario y generalizado de hacer precisamente eso.

Para empezar, hay tres rasgos llamativos de la economía política posterior a 2008: bajas tasas de crecimiento, altos niveles de desigualdad y un panorama político revuelto. Una proporción considerable de trabajadores —especialmente aquellos que carecen de titulación académica— se ha desplazado hacia la extrema derecha, mientras que una parte equivalente de los titulados se ha desplazado hacia la izquierda. Cualquier teoría social crítica adecuada debe partir de estas realidades básicas. Pero, ¿cómo explicarlas?

Hay dos respuestas principales. Una es sugerir que el nuevo período posterior a 2008 es el aspecto que tiene el capitalismo «normal». Desde esta perspectiva, la anomalía fue el período de alto crecimiento y baja desigualdad de los «treinta años gloriosos». Ahora estamos volviendo a un sistema de bajo crecimiento, que es como ha funcionado el capitalismo durante la mayor parte de su historia. Así pues, tal y como ha señalado la obra de Thomas Piketty, la nueva economía política es una vieja economía política: simplemente, nuestra visión se ha visto distorsionada por la experiencia del siglo XX.1

La segunda respuesta consiste en atribuir estos cambios a la tecnología —en particular, a la capacidad de los propietarios de las empresas tecnológicas para obtener rentas de sus usuarios—. La idea básica es que, a medida que más personas utilizan un software específico o una plataforma de redes sociales, su valor aumenta sin que se produzca ninguna mejora técnica. Esto se debe bien a que la plataforma extrae más información a medida que acumula más usuarios, bien a que la utilidad de la plataforma aumenta para el usuario individual a medida que crece el número de usuarios. En ambos casos, el propietario de la plataforma puede apropiarse de este valor añadido sin verse obligado a realizar ninguna inversión proporcional. Para los defensores de esta postura, esto constituye una nueva forma de renta —en la jerga actual, «rentas de plataforma»2.

Hay mucho que aprender de estas interpretaciones. La primera ofrece una serie de correspondencias entre nuestra época y el período anterior al auge del Estado del bienestar. La segunda nos indica que los efectos de red y las rentas de plataforma son reales. Pero, como interpretaciones globales de la economía, ninguna de las dos resulta convincente. El problema de la primera interpretación es que resulta difícil conciliarla con gran parte de lo que sabemos sobre el capitalismo desde el siglo XV. La afirmación central de que el capitalismo ha sido, en general, un sistema económico de bajo crecimiento simplemente no es cierta. Si lo fuera, ¿cómo podrían haber tenido lugar, por ejemplo, la salida de la trampa malthusiana o la Primera y la Segunda Revoluciones Industriales?

El problema con la segunda interpretación es que no tiene en cuenta la naturaleza competitiva de las grandes empresas tecnológicas. Sin duda, las rentas de plataforma existen, pero ¿hasta qué punto son duraderas? Tomemos como ejemplo Microsoft Word, una plataforma que atrapa a los usuarios simplemente porque muchos otros la utilizan. Ese monopolio ha demostrado ser vulnerable a la presión competitiva de Google Docs, en lo que parece un ejemplo de libro de texto de competencia. Además, incluso si estas rentas fueran muy duraderas, ¿son realmente un fenómeno económico nuevo? ¿En qué se diferencia la renta que recauda Amazon de la que solían recaudar los propietarios de los centros comerciales tradicionales?3

Afortunadamente, existe un enfoque alternativo: la tesis del capitalismo político. El término fue acuñado originalmente por Max Weber para describir una actividad económica orientada al beneficio, pero que se basa predominantemente en medios políticos más que en la obtención de ganancias de productividad derivadas de la inversión.4 Una amplia variedad de estudiosos reconoce ahora su utilidad para describir una serie de casos, entre los que se incluyen los Estados Unidos y Europa Occidental contemporáneos, la República Islámica de Irán y la Europa del Este poscomunista.5

El término se ha utilizado de formas bastante contrastadas. Para los neoliberales de la «elección pública», significa algo así como «capitalismo de amiguismo», vinculado a la corrupción y a la búsqueda de rentas en un sentido muy general.6 En la izquierda, tiene casi el significado opuesto, ya que se relaciona con los Estados desarrollistas de Asia Oriental, como China y Vietnam.7 Para complicar aún más las cosas, algunos estudiosos8 equiparan el capitalismo político con el capitalismo monopolista.

Yo utilizo el término para referirme a un tipo específico de relación de propiedad en la que el poder político interviene en el proceso de expansión del valor. Históricamente, el capitalismo se ha caracterizado como un circuito: el dinero se utiliza para adquirir mercancías (en particular, medios de producción, materias primas y fuerza de trabajo), que luego se combinan en un proceso de producción para generar más mercancías. A continuación, estas mercancías se venden para obtener más dinero (M–C–M’). Esta es la fórmula general de Marx para el capital, y sigue funcionando en la economía actual: el dinero conduce a las mercancías, que a su vez conducen a más dinero.

La tesis del capitalismo político sugiere que ha surgido una nueva forma de expansión del valor —una nueva forma de propiedad— junto a M–C–M’ y entrelazada con ella. En este nuevo circuito, el dinero se utiliza para adquirir activos e influencia política, lo que, cuando se combina adecuadamente (cuando la adquisición de un activo se vincula con una inversión en política), amplía el valor del activo en cuestión. El activo puede entonces venderse para obtener un beneficio o utilizarse para realizar nuevas compras de activos y nuevas inversiones políticas. Este nuevo circuito puede describirse como M–A–M’ (o, en su forma ampliada, M-(A+P)-M’). Los beneficios se derivan de la captación de una parte del precio inflado de los activos, manipulado políticamente.

Hay dos objeciones inmediatas a este esquema. La primera es que el capitalismo político siempre ha existido. Las empresas siempre han ejercido presión para conseguir contratos públicos. Y los gobiernos, a su vez, siempre han necesitado promover la inversión y generar crecimiento económico para garantizar su legitimidad política. Aunque en general es cierto que el capitalismo es siempre político, en el sentido de que requiere un sistema político que haga valer la propiedad capitalista, la inflación de los precios de los activos impulsada políticamente no surgió hasta aproximadamente 1980. Las rebajas fiscales —especialmente sobre las plusvalías— hicieron que el valor de la propiedad de acciones se disparara sin que hubiera un aumento subyacente de la rentabilidad. Este impulso inicial se vio reforzado por el compromiso inquebrantable de los bancos centrales de mantener altas las valoraciones bursátiles pasara lo que pasara. La estrategia básica de la inflación de los precios de los activos se extendió entonces desde las acciones hacia otros activos, como los inmuebles.9 Bajo esta nueva configuración, las políticas fiscal y monetaria ya no pueden conceptualizarse como intervenciones externas al proceso de expansión del valor. Más bien, ahora son mecanismos centrales a través de los cuales se generan beneficios.

La segunda objeción es que el avance de la inteligencia artificial ha transformado la situación y que nos encontramos en la cúspide de un renovado crecimiento del PIB y de la productividad laboral.10 Una prueba clave parecería ser el reciente auge de la inversión en centros de datos. A primera vista, esto parece ser una prueba irrefutable de que la era de lo que muchos economistas denominan «estancamiento secular» ha llegado a su fin. De hecho, el auge es una expresión del problema subyacente: una enorme reserva de ahorro sin salidas de inversión atractivas. Una diferencia inicial entre la burbuja de las puntocom de principios de la década de 2000 y la actual ola de gasto en IA es que, mientras que la primera estuvo impulsada principalmente por pequeñas empresas emergentes muy endeudadas y sin un modelo de negocio plausible, la segunda está impulsada en su mayor parte por empresas altamente rentables. Sin embargo, debido a sus enormes gastos de capital recientes, esta inversión se financia ahora en gran medida a través de deuda con estructuras complejas y la nueva tecnología aún no ha demostrado ninguna rentabilidad.11 Aunque quizá sea prematuro exigir rentabilidad a la IA, la paciencia de los inversores parece estar ya agotándose. En lugar de un ciclo de crecimiento autosostenible, todo esto tiene todas las características de la última burbuja.

Las objeciones que se plantean —que nada ha cambiado mucho y que todo está a punto de cambiar— no resultan especialmente convincentes. En cambio, el auge del nuevo circuito M–A–M’ de expansión del valor explica en gran medida el carácter del capitalismo contemporáneo: su alto nivel de desigualdad, su forma de desigualdad, su baja tasa de crecimiento y su baja tasa de inversión fuera de la inversión de capital estrechamente centrada en la IA. Es importante destacar que esta nueva forma de capitalismo no es tanto la expresión de una transformación tecnológica como la consecuencia de una historia política específica: una apropiación generalizada y directa del poder político y su utilización para promover continuamente la inflación de los precios de los activos.

¿Cómo es el panorama político del nuevo capitalismo? Los hechos macropolíticos no son objeto de gran controversia. A pesar de la vertiginosa desigualdad de riqueza y renta, la política de clases que inicialmente creó los estados del bienestar de la posguerra brilla por su ausencia. Los diversos intentos de revitalizar la socialdemocracia han fracasado, y la revuelta contra la clase dirigente se ha producido principalmente en la extrema derecha. ¿Por qué? ¿Y cuál es la conexión con la nueva fase del capitalismo?

Resulta útil, en primer lugar, examinar el impacto general del capitalismo político en la participación del trabajo en la renta y, a continuación, analizar más detenidamente la estructura de la desigualdad entre los propios asalariados. La combinación de estos dos procesos explica por qué existe un descontento tan profundo con la democracia liberal y por qué resulta tan difícil organizar una política socialdemócrata.

Las consecuencias distributivas del capitalismo político son evidentes y brutales. Desde 1980, la participación del trabajo en la renta en Estados Unidos ha disminuido un 7 %, mientras que la participación de los beneficios ha aumentado drásticamente en un contexto de inversión decreciente.12 En un primer momento, esto podría parecer una base obvia para un programa populista de izquierdas dirigido directamente contra el grupo de los que obtienen beneficios, cada vez más parasitario. Pero tal conclusión sería errónea, ya que ignora la distribución extremadamente desigual del cada vez más reducido pastel de los ingresos salariales.

Un elemento importante es el gran aumento de la desigualdad entre empresas. Si bien es cierto que la economía siempre ha estado dominada por un número relativamente reducido de empresas de gran éxito,13 la forma en que esto interactúa con la desigualdad salarial es nueva. Las empresas solían emplear una combinación de mano de obra cualificada y no cualificada, o de trabajadores con titulación y sin ella. Esto es cada vez menos habitual, ya que las empresas se dividen entre aquellas que contratan principalmente a trabajadores sin titulación y aquellas que recurren exclusivamente a los titulados.14 La dinámica macroeconómica del aumento de la desigualdad de ingresos no ha dado lugar, por tanto, a una amplia división de la población entre propietarios y no propietarios. Más bien, el proceso ha fracturado a la clase trabajadora.

Un grupo de empresas muy rentables —en su mayoría aquellas que se benefician de la inflación de los precios de los activos— ha compartido parte de sus ganancias con un grupo reducido y altamente cualificado, mientras que la mayoría de las empresas de baja rentabilidad pagan muy poco a sus empleados.15 Por lo tanto, en el contexto de una disminución general de la participación de los ingresos salariales como proporción de la renta total, los trabajadores con y sin título universitario han tenido destinos económicos muy diferentes. Al primer grupo le ha ido relativamente bien, mientras que la posición relativa del segundo se ha deteriorado.16

A pesar de la disminución de la participación de los ingresos laborales, la política no se ha caracterizado por un resurgimiento del conflicto de clases, sino más bien por una lucha entre grupos de estatus en la que quienes cuentan con estudios universitarios o titulaciones se oponen a quienes carecen de ellos. Entrelazada con esta oposición hay una confrontación que enfrenta a los trabajadores blancos y nacidos en el país con las personas de color y los inmigrantes.17 ¿Por qué ha adoptado la política esta forma? No hay respuestas muy satisfactorias a esta pregunta. Un grupo de estudiosos invoca, de forma bastante tautológica, un «choque cultural», mientras que otro lo atribuye generalmente a los conceptos erróneos de la izquierda y el centroizquierda.

Pero en el contexto del capitalismo político, la razón por la que nuestra política se configura de esta manera queda clara. A medida que la autoridad política se orienta cada vez más hacia los intereses de los titulares de activos, el margen para ofrecer beneficios a la masa de asalariados se ha reducido, mientras que, al mismo tiempo, se ha ampliado el margen para que un segmento relativamente pequeño de la clase trabajadora participe de estas enormes ganancias. Esto ha llevado a los asalariados a adoptar estrategias diferentes, ajenas a la clase, para proteger sus intereses materiales.

Han prevalecido dos estrategias de este tipo. La primera, al alcance principalmente de quienes cuentan con titulaciones, consiste en intentar obtener algunas ventajas de las empresas que se han beneficiado, ya sea directa o indirectamente, de la inflación de los precios de los activos. Este grupo de asalariados relativamente privilegiados ha sido la base de la política de centroizquierda, con su énfasis en la experiencia y la ciencia. Se siente atraído de forma espontánea por la ideología de la meritocracia, que se adapta perfectamente a sus circunstancias materiales. La segunda, al alcance sobre todo de quienes carecen de titulaciones, ha consistido en recurrir a identidades primarias (raza, condición de ciudadanía, género) para defender lo que se puede defender.18 Este grupo ha sido el principal apoyo de la política de derechas en el período actual. Este tipo de política divide a los asalariados y deslegitima las instituciones democráticas. Además, está profundamente conectada con las realidades materiales del capitalismo en su fase actual.

La conclusión política de este análisis es sombría. El capitalismo ha sido compatible con la democracia en la medida en que surgió una separación relativa entre la economía y el Estado. Si se podían garantizar los intereses materiales fundamentales de los capitalistas, estos podían tolerar una variedad de resultados políticos. Además, en la medida en que el capitalismo era un sistema dinámico orientado al crecimiento, creó una clase trabajadora con interés en ampliar los derechos y con capacidad para reivindicarlos. Esto condujo a un sistema en el que las elecciones tenían consecuencias.

Pero el capitalismo político socava la democracia por ambas partes. Desde el lado capitalista, convierte el control sobre el Estado en una cuestión económicamente decisiva, lo que reduce la tolerancia hacia los cambios electorales. Desde el lado de la clase trabajadora, fragmenta a esta en grupos privilegiados y menos privilegiados, lo que socava la formación de intereses colectivos y la capacidad de los movimientos sociales. Esta configuración política tiende a reforzarse a sí misma y a ser profundamente corrosiva para la democracia electoral.

Es probable que el matrimonio forzado entre el capitalismo y la democracia se desmorone en las próximas décadas si no se modifica la estructura fundamental de la economía política. La crisis de la democracia no puede atribuirse a los fallos estratégicos y de comunicación de los partidos de centroizquierda, ni a una transformación cultural difusa. Más bien, es el propio carácter del capitalismo contemporáneo lo que la está socavando. Esa es una advertencia para todos nosotros.

Notas

1) Thomas Piketty describe, en su obra más conocida, tres fases básicas de la desigualdad: un régimen de alta desigualdad anterior a la Segunda Guerra Mundial; un régimen de baja desigualdad y alto crecimiento durante los «años gloriosos» de la década de los treinta; y un retorno a niveles más altos de desigualdad y menor crecimiento desde aproximadamente 1980. Véase Capital in the Twenty-First Century (Harvard University Press, 2014), p. 368, y Capital and Ideology (Harvard University Press, 2020), p. 16–20.

2) Véase Cédric Durand, Techno-féodalisme: critique de l’économie numérique (Paris: Zones, 2020) and Yanis Varoufakis Technofeudalism: what killed capitalisme (Brooklyn, NY: Melville House, 2023).

3) Para dos críticas mordaces al modelo tecnofeudalista, véase Yvegni Morozov, “Critique of Techno-Feudal Reason,”New Left Review, 133–134 (2022): 89–126, y “Le numérique nous ramène-t-il au Moyen Âge?”, Le Monde Diplomatique, No. 857, 72, August, (2025): 1, 8–9.

4) Max Weber, Economy and Society: An Outline of Interpretive Sociology (University of California Press, 1978), pp. 965–966 y Richard Holcombe, Political Capitalism: How Political Power is Made and Maintained (New York: Cambridge University Press, 2018), p. 41.

5) Para una exposición inicial, véase Dylan Riley and Robert Brenner, “Seven Theses on American Politics,” New Left Review, 138 (2022): 5–27. Se puede consultar una explicación más detallada del modelo en Dylan Riley “The Rise of Political Capitalism, the Crisis of Democracy, and the Strategic Tasks of the Left,” in Politics of Liberation: Conversations with Theory and History, edited by Rosa Vasilaki and George Souvlis (Athens, Greece: Rosa Luxemburg Stiftung, 2025), 79–103. Dylan Riley and Robert Brenner, “The Long Downturn and Its Political Results: A Reply to Critics,” New Left Review (2025), 25–70, responde a una sèrie de objeciones. Mehrdad Vahabi in Destructive Coordination, Anfal and Islamic Political Capitalism: A New Reading of Contemporary Iran (Palgrave, Macmillan, 2022), 117 describe el capitalisme político como una forma de obtenir beneficiós basada en la apropiación política, en lugar de a través de la producción. Péter Mihályi and Iván Szelényi. “The Place of Rent-Seeking and Corruption in Varieties of Capitalism Models,” in Market Liberalism and Economic Patriotism in the Capitalist World System, edited by T. Gerőcs and M. Szani (Palgrave, Macmillan, 2019), 67–97 desarrollan en profundidad el concepto de las rentas como explicación alternativa a los datos presentados por Piketty. Venelin I. Ganev in “Postcommunist Political Capitalism: A Weberian Interpretation,” Comparative Studies in Society and History, 51, 3 (2009), 648–674, desarrolla la idea del capitalisme político como un conjunto de poderes políticos de facto asociadoa a la fragmentación del Estado y a la violación del derecho formal.

6) Vahabi define el capitalismo político como un sistema en el que «se extraen beneficios de [la] esfera de la distribución mediante actividades de apropiación» Destructive Coordination, p. 117, Randall G. Holcombe in Political Capitalism: How Economic and Political Power is Made and Maintained (Cambridge University Press, 2018), p. 41, sugiere que el capitalismo político es un sistema en el que «la rentabilidad de las empresas depende de los contactos y el amiguismo, y las empresas tienen que participar en ese sistema para seguir siendo rentables».

7) Branko Milanovic in Capitalism Alone (Harvard University Press, 2019), pp. 96–97, identifica tres características del capitalismo político: una burocracia eficiente, la ausencia del Estado de derecho y la autonomía del Estado. Curiosamente, pues, no lo analiza realmente como un tipo de capitalismo, sino como una forma de Estado.

8) Stephen Maher and Scott Aquanno in “Profitable Immiseration: Finance Capital at the End of the World,” Socialist Register (2026):1–31, 1–2 mezclan el capitalismo político con el tecnofeudalismo y condenan a ambos como una versión renovada de la «teoría del “capital monopolístico”», según la cual las tendencias inherentes del capitalismo hacia la concentración y la centralización reducen la competencia, lo que permite a las grandes empresas fijar los precios y obtener «superbeneficios».

9) Melinda Cooper, Counterrevolution: Extravagance and Austerity in Public Finance (Zone Books, 2024), pp. 70–71, explica muy bien la estrecha relación que existe entre la política fiscal y la subida vertiginosa de los precios de los activos en el caso del sector inmobiliario. Thomas Piketty’s Capital in the Twenty-First Century, p. 189, recoge el aumento histórico del coeficiente Q de Tobin, es decir la diferencia entre el valor de mercado y el valor contable de las empreses desde 1980. Véase también Jonathan Levy, Ages of American Capitalism: A History of the United States (Random House, 2021), 611–622.

10) “Profitable Immiseration” 2 donde Maher y Aquanno afirman que «Trump no surgió del declive capitalista, sino de una crisis política y social generada por el éxito de la acumulación».

11) Véase Jared Bernstein and Ryan Cummings, “Updating Our AI Bubble Call,” Substack, July 8, 2026. Como señala Frédéric Lordon: «OpenAI y Anthropic, que están perdiendo dinero a raudales, aún no han generado ni un solo kopek de beneficio». Véase “Awaiting the Crash?,” Sidecar, July 9, 2026.

12) Para una buena explicación de esta dinàmica véase Jan Eeckhout, The Profit Paradox: How Thriving Firms Threaten the Future of Work (Princeton University Press, 2021), pp. 10–11 y 76–77.

13) Hendrik Bessembinder, “One Hundred Years in the US Stock Markets,” Unpublished Manuscript, March 21, 2026.

14) The Profit Paradox, at pp. 9–10.

15) Andrew Yamakura Elrod, “What Was Bidenomics,” Phenomenal World, September, 26, 2024 and Eeckhout The Profit Paradox, at p. 10.

16) The Profit Paradox, at p. 8.

17) Matt Grossman and David A. Hopkins, Polarized by Degrees: How the Diploma Divide and the Culture War Transformed American Politics (Cambridge University Press, 2024), pp. 1–4.

18) Para una excelente explicación de esta estratègia véase David Ost, Red Pill Politics: Demystifying the Far Right From Fascism to Right-Wing Populism (New Press, 2026) especially at page 14.

Acerca del Autor

Debate Plural

Un medio independiente, libre, plural, sin ataduras con empresas o gobiernos; buscando el desarrollo de una conciencia critica, y la verdad que subyace en el correr de la vida nacional e internacional para el empoderamiento del pueblo dominicano en relación con las luchas y reivindicaciones económicas y sociales fundamentales

Deja un Comentario