Marko Florentino, presenta su exposición: "RESILIENCIA".
[En exhibición todo el mes de octubre en la Biblioteca Pedro Mir UASD]
Hay cuadros que se miran. Y hay otros que nos miran primero, nos nombran en voz baja y nos obligan a responder. A esa estirpe pertenecen las obras de Resiliencia , la exposición con la que el Dr. Marko Florentino celebra treinta años de pintura. No son imágenes para contemplar desde lejos: son espejos donde el alma, de pronto, se reconoce.
Antes de hablar de cada obra, conviene mirar el lienzo mismo. Un lienzo es una tela tensada sobre un bastidor: vive bajo presión, recibe el golpe del pincel, soporta capa tras capa de pigmento, y precisamente por eso llega a ser imagen. Sin tensión no habría cuadro. Así es también la resiliencia. No es la dureza de la piedra, que resiste hasta quebrarse, sino la dignidad de la tela, que se deja marcar y convierte cada marca en forma. El ser humano resiliente no vuelve a ser el lienzo en blanco que fue. Se vuelve pintura.
En la primera obra, vertical como un cuerpo que todavía se sostiene, los azules y los naranjas libran una batalla que nadie gana. Son colores complementarios: opuestos en el círculo cromático, se exaltan al tocarse. El azul es lo que enfriamos, lo que guardamos en el fondo del agua; el naranja, lo que arde y pide salir. Esa es la gramática de la Sombra, como la llamó Jung: todo aquello que no reconocemos de nosotros mismos. Allí están el miedo y la rabia, pero también la ternura que escondimos y la fuerza que no nos atrevimos a usar. Y aquí el pintor nos regala una verdad que ninguna teoría explica mejor: el color opuesto no apaga al otro, lo vuelve más vivo. Lo que negamos nos hace más intensos, no más pequeños, cuando por fin lo miramos de frente. La resiliencia empieza en ese instante de valentía desnuda: “Esto también soy yo”.
En la segunda obra, rostros y manos se aproximan hasta entrelazarse. El incendio se vuelve encuentro. Pero lo más elocuente del cuadro no son las manos, sino el espacio que las separa antes de tocarse: ese pequeño vacío donde vive el deseo de reunirse. Jung habló del ánima y el ánimus para nombrar las zonas del alma que quedan fuera de nuestra identidad consciente. Él las pensó como lo femenino y lo masculino; el lienzo las abre a algo más universal: todos aprendimos a mostrar unas partes y a callar otras para ser queridos. Aquí las partes calladas extienden la mano. En la pintura, los colores que se superponen crean tonos que ninguno tenía por separado. En el alma ocurre igual: cuando la sensibilidad y la determinación se encuentran, nace un matiz nuevo de nosotros. Esa es la segunda forma de la resiliencia: nadie se reconstruye solo.
En la tercera obra, varios perfiles convergen hacia un centro de luz. La composición evoca los mandalas que Jung consideraba imágenes del alma buscando su centro. Y hay aquí una sabiduría que viene de la óptica: la luz blanca no es ausencia de color, sino la suma de todos ellos. Ese centro luminoso contiene el azul del miedo, el naranja de la rabia, el ocre de la memoria y el tono de cada rostro. Así es el Sí-mismo: no una pureza sin manchas, sino la totalidad que lo abarca todo. El yo no desaparece en esa luz; descubre que forma parte de algo más vasto. A ese lento reunir lo disperso, Jung lo llamó individuación.
Todo cuadro guarda, bajo su superficie, las capas que lo precedieron: trazos corregidos, colores cubiertos, intentos que siguen allí aunque no se vean. En esta obra, esas capas parecen vibrar a la vez. Lo que fuimos, lo que nos ocurrió, lo que somos y lo que aún podríamos ser habitan un mismo instante. Ese es el sentido poético de lo “cuántico” en Florentino: no una física de la mente, sino la intuición de que el tiempo interior no avanza en línea recta. El pasado permanece como pigmento de fondo, el presente lo ilumina y el futuro espera, como el lienzo espera la próxima pincelada.
Leídas juntas, las tres obras trazan el arco completo de la resiliencia: la tensión que se reconoce, el encuentro que repara, la luz que integra. Nadie regresa idéntico de ciertas pérdidas, y quizá no deba hacerlo. La herida es una capa más de la pintura: forma parte de la obra, pero no decide su final.
Florentino no promete una vida sin fracturas. Nos entrega algo más verdadero: la certeza de que ningún color de nuestra historia sobra, y de que incluso los más oscuros, cuando encuentran su lugar, terminan formando parte de la luz. Tal vez esa sea la trascendencia interior que estos cuadros revelan: somos más que aquello que nos rompió. Somos la obra que, con todo, seguimos pintando.
Víctor Castillo
Psicólogo
