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Europa. La neurosis del capital: El tabú de la violencia y la juventud rebelde europea

Escrito por Debate Plural

Geraldina Colotti (teleSur, 22-10-26)

En la metrópoli europea, cada vez que la juventud toma las calles y desafía el orden establecido, el aparato ideológico del Estado burgués activa el mismo reflejo condicionado: la condena moral, la criminalización automática y el escándalo histérico. En Italia, esta reacción adquiere tintes casi patológicos. Bastan unas cuantas piedras, una pancarta radical, la defensa combativa de un centro social o una barricada improvisada para que la clase política y los grandes medios de comunicación agiten, con pavor impostado, el fantasma de los años ’70 (aquel formidable ciclo de lucha revolucionaria, incluso armada, que duró más de una década, liquidado en la definición de años de plomo).

Sin embargo, esta apelación constante a la década de 1970 no constituye un ejercicio de memoria ni de rigor histórico; es, por el contrario, un fetiche de dominación. La burguesía italiana —y por extensión la europea— padece una neurosis de clase: necesita invocar la violencia del pasado para estigmatizar y desarmar la rabia del presente. Al convertir la «violencia» en un tabú absoluto e hipócrita, la clase dominante logra un objetivo político fundamental: desarmar ideológicamente a las masas, pacificar el conflicto de clases y desviar la atención del verdadero nudo gordiano de la crisis socioeconómica contemporánea.

Es imprescindible desenmascarar el papel crucial que juegan el conspiracionismo y las teorías conspiranoicas (la dietrología) en el ecosistema mediático y político occidental. Nacida y perfeccionada en el laboratorio italiano de las décadas de 1970 y 1980 para deslegitimar los movimientos de masas y la insurgencia social, la dietrología es la obsesión por buscar «manos negras», instigadores ocultos, infiltrados o conspiraciones internacionales detrás de cualquier manifestación de protesta popular.

Los grandes medios de comunicación del capital han sustituido completamente el análisis sociológico, económico e histórico por esta narrativa conspirativa burguesa. Cuando las y los jóvenes se rebelan contra la precarización, los desahucios o la complicidad con el genocidio en Palestina, la prensa del sistema jamás analiza las causas materiales de la revuelta. En su lugar, titula de inmediato preguntándose: «¿Quién mueve los hilos de los manifestantes?», «¿Qué dirección oculta organiza los disturbios?» o «¿Qué potencia extranjera financia el caos?».

Esta operación ideológica cumple una función anestésica: despoja a la juventud rebelde de su agencia política consciente, reduciéndola a la categoría de «marionetas manipuladas». Al mismo tiempo, borra de la ecuación la lucha de clases y las contradicciones objetivas del modo de producción capitalista. La dietrología es la herramienta mediante la cual la burguesía niega la legitimidad del descontento: si la juventud se rebela, según esta lógica perversa, nunca es porque el capitalismo destruya sus vidas, sino porque alguien «desde las sombras» la ha incitado a hacerlo: en este caso, grotescamente, se saca a colación la guerra híbrida que habría sido desencadenada por Putin…

El análisis marxista nos exige superar categóricamente esta definición burguesa de la violencia, la cual reduce el fenómeno únicamente a su manifestación física, visible e inmediata (la llamada violencia subjetiva o de protesta). Lo que la prensa del capital silencia sistemáticamente es la violencia objetiva, cotidiana y estructural que el propio sistema ejerce contra la clase trabajadora y, de manera aplastante, contra la juventud.

Italia se ha convertido en el país de Europa donde los salarios han perdido más poder adquisitivo en las últimas décadas. Es el territorio donde la brecha económica entre la cúspide de la sociedad y la gran mayoría explotada alcanza niveles escandalosos, y donde el número de familias a riesgo de pobreza absoluta aumenta año tras año, a contracorriente de otros países de la Unión Europea.

¿Acaso no es violencia cotidiana la precarización absoluta del trabajo, que condena a millones de jóvenes a contratos basura, pasantías no remuneradas y salarios de miseria? ¿No es violencia la especulación inmobiliaria salvaje que transforma el derecho a la vivienda y el acceso a la ciudad en un privilegio inalcanzable, expulsando a las familias trabajadoras hacia periferias degradadas? En Italia, donde las muertes laborales en las fábricas y obras se cobran diariamente la vida de obreros y de estudiantes en programas de formación profesional, la violencia del capital se cobra sangre real. Sin embargo, los informativos la presentan bajo el eufemismo anestesiante de «fatales accidentes de trabajo».

Durante cuatro años, el gobierno burgués ha aplicado una doble estrategia: por un lado, una incapacidad absoluta —o más bien un desinterés de clase— para sostener los salarios, las pensiones, frenar la carestía de la vida y proteger los servicios públicos esenciales como la educación, la sanidad y el transporte; por otro lado, un despliegue frenético de medidas represivas, aprobando decretos «anti-rave» y un abanico inagotable de «decretos de seguridad» diseñados específicamente para penalizar el disenso.

Muchos analistas se preguntaban cómo era posible que, ante la insostenibilidad de la vida urbana, el colapso de la sanidad pública y la inflación galopante, la paz social no hubiera saltado por aires en Italia con la misma virulencia que en otros Países del continente. La respuesta a ese aparente inmovilismo se encontraba en una combinación de factores: la complicidad de la moderación sindical (con récords mínimos históricos de horas de huelga), la amortiguación del colchón de solidaridad familiar y el uso deliberado de la maquinaria de distracción estatal, que desvió la rabia de los desposeídos contra los más vulnerables —criminalizando a los migrantes, a los estudiantes y a los activistas ecológicos calificados de «ecoterroristas»—.

Pero llega un punto inevitable en que el tapón de la contención social salta. Y ha saltado precisamente impulsado por las y los jóvenes. No por un arrebato nihilista o irracional, sino porque la juventud constituye el sector que experimenta con mayor crudeza la brutalidad del presente. Son las chicas y chicos de secundarias y universidades, la juventud trabajadora, y las segundas y terceras generaciones de migrantes —sistemáticamente guetizadas y tratadas como cuerpos extraños— quienes han dicho basta.

Cuando las plazas italianas se llenaron masivamente en solidaridad con el pueblo palestino contra el genocidio en Gaza, y ahora también contra el genocidio silencioso impuesto a Cuba, demostraron una madurez política que desarmó tanto al gobierno como a una oposición institucional atrapada en disputas de palacio. La respuesta del aparato estatal ante este despertar ha sido la previsible: más presupuesto militar, más equipamiento policial y la amenaza de desplegar tropas en las calles para patrullar y reprimir a los menores de edad.

Se acusa a la juventud de «violenta» cuando resiste la arremetida policial. Pero los comentaristas e ideólogos que compilan listas de «buenos y malos manifestantes» ignoran deliberadamente la violencia institucional previa: el anuncio de aulas segregadas para estudiantes extranjeros, el abandono de la escuela pública, la complicidad del Gobierno con las masacres del imperialismo en Palestina y la guerra de la OTAN. Vivimos en un sistema que exhibe diariamente la violencia imperialista en pantallas de alta definición y pretende que las víctimas de la marginación social respondan con sumisión y silencio.

La revuelta juvenil a la que asistimos no es una reproducción artificial de los años ’70, como pretende la dietrología burguesa para justificar la represión, ni un complot dirigido desde la sombra. Es la respuesta directa e inorganizada de una generación a la que el capitalismo tardío ha desmantelado metódicamente todo horizonte de futuro, exigiéndole disciplina precario-laboral y entusiasmo belicista.

Para el movimiento comunista y las fuerzas revolucionarias de Europa y del mundo, el desafío central consiste en romper la trampa del moralismo burgués y demoler la narrativa dietrológica de los medios de comunicación. No se trata de fetichizar la confrontación de calle, sino de explicar las causas materiales de la crisis, denunciar la violencia estructural e ininterrumpida del sistema capitalista y transformar la rabia espontánea de la juventud en organización consciente de clase. La verdadera paz no vendrá de la obediencia al mercado ni de las leyes represivas del Estado burgués, sino de la articulación de la lucha revolucionaria capaz de poner fin al sistema que hace de la explotación la forma más despiadada de violencia.

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