Rayan Qasem (Alkarama, 4-11-26)
Nacer y crecer en un campamento de refugiados palestinos no significa renunciar a la patria de la que fueron expulsadas las generaciones anteriores. Desde Burj al-Barajneh, en el Líbano, Rayan Qasem reflexiona sobre las dificultades cotidianas del exilio, la memoria que une a las nuevas generaciones con Palestina y la lucha por una vida digna sin renunciar al derecho al retorno.
Hay quienes creen que el exilio consiste simplemente en estar lejos de tu país, y que todo termina ahí.
Pero la realidad es mucho más dura.
El exilio no significa únicamente vivir lejos de tu patria, sino pasar largos años en un lugar donde no puedes construir tu futuro como deseas. Por su parte, el derecho al retorno no es una simple expresión de nostalgia por una tierra lejana, sino un derecho vinculado a una patria que nunca ha perdido su vínculo con sus hijas e hijos, por mucho tiempo que haya transcurrido y aunque las generaciones se sucedan.
En el campamento de refugiados de Burj al-Barajneh el exilio se manifiesta en los detalles de la vida cotidiana: en un joven que termina sus estudios y busca una oportunidad de trabajo, pero se encuentra con restricciones que limitan sus posibilidades; en una familia que intenta cubrir sus necesidades en medio de unas condiciones de vida cada vez más difíciles. Puedes nacer en el Líbano, crecer entre los callejones del campamento, conocer perfectamente a tus vecinos y sus calles y, aun así, seguir viendo cómo tu condición de persona refugiada palestina determina tus oportunidades y tus derechos. Aquí el exilio deja de ser una simple distancia que te separa de Palestina para convertirse en una realidad que condiciona tus decisiones y tu futuro.
Generaciones de palestinas y palestinos se gradúan en ingeniería, enfermería, educación y otras especialidades, pero tener un título universitario no les garantiza un empleo adecuado. Las restricciones impuestas a la población palestina para ejercer determinadas profesiones hacen que el camino sea todavía más difícil. Al mismo tiempo numerosas familias afrontan enormes dificultades para cubrir sus necesidades básicas. Estas realidades no son problemas aislados de la cuestión del refugio, sino parte de sus consecuencias persistentes en la vida de las personas.
Con el paso de las décadas no todas las personas refugiadas conservan recuerdos directos de Palestina. Hay generaciones que la han conocido a través de los relatos de sus abuelas, de las fotografías de las antiguas aldeas y de los nombres de las casas y los lugares que permanecen vivos en la memoria familiar. Puede que nunca hayas visto Acre, Haifa o Safad, pero puedes conocerlas lo suficiente como para comprender que no haber vivido personalmente en esos lugares no significa haber perdido el vínculo con ellos, y que el paso del tiempo no extingue un derecho ni borra una causa.
En Gaza la pérdida del hogar vuelve a repetirse entre las familias obligadas a desplazarse bajo los bombardeos, dejando atrás sus muebles, sus recuerdos y todos los detalles de sus vidas. La experiencia del desplazamiento forzoso en medio de la guerra es diferente de la del refugio prolongado en el Líbano, como también son distintas las condiciones que vive la población palestina en Cisjordania y Jerusalén. Sin embargo, todas estas realidades nos enfrentan a preguntas comunes sobre el hogar, la seguridad y la posibilidad de vivir en libertad y con dignidad.
Defender el derecho al retorno no significa aceptar la privación de derechos en los países de refugio. Del mismo modo, reclamar derechos civiles y sociales en el Líbano no implica renunciar a Palestina ni considerar el exilio como una patria alternativa. Las palestinas y los palestinos tienen derecho a estudiar, trabajar y vivir con dignidad, así como a participar en la sociedad en la que viven, sin que se les exija renunciar a su identidad ni a su derecho al retorno.
Desde el campamento de Burj al-Barajneh esta historia comienza con los derechos que el pueblo palestino necesita ejercer hoy y se prolonga hasta el derecho al retorno, que no prescribe con el paso del tiempo. Construir una vida en el exilio no significa aceptarlo como un destino permanente, del mismo modo que defender el retorno no significa aplazar la dignidad hasta mañana.
