Tito Ura (Rebelión, 25-3-26)
Lo que ocurre hoy entre Sudán y Etiopía no es un simple incidente fronterizo ni una escaramuza más en la cartografía inestable del Cuerno de África.
Drones que cruzan la frontera y golpean objetivos en territorio sudanés —como afirma Jartum— muestran que estamos ante algo más profundo: la expresión visible de una reorganización violenta del capitalismo global en una de sus periferias estratégicas. No es una “nueva guerra” en el sentido clásico; es la expansión orgánica de un sistema que necesita zonas de fricción permanente para reconfigurar poder, recursos y rutas.
Sudán no es hoy un Estado soberano en plenitud. Es un territorio fracturado por una guerra interna entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, una guerra financiada por redes de oro, contrabando, apoyos regionales y silencios internacionales. En ese vacío de soberanía efectiva, cualquier frontera deja de ser una línea jurídica y se convierte en una línea de oportunidad estratégica. Allí donde el Estado se debilita, el capital geopolítico penetra. Allí donde la autoridad se fragmenta, la guerra encuentra condiciones óptimas de reproducción.
Etiopía, por su parte, no es un actor pasivo. Es una potencia demográfica en ascenso, con ambición regional, atravesada por su propia guerra reciente en Tigray y por la obsesión estratégica de garantizar su proyección hacia el Mar Rojo. La disputa histórica por la región de Al-Fashaga, fértil y agrícola, y la tensión estructural en torno a la Gran Presa del Renacimiento en el Nilo Azul, colocan a Sudán en una posición bisagra: territorio de amortiguación, pero también de presión. En un mundo donde el agua se vuelve recurso estratégico y la seguridad alimentaria se militariza, las fronteras agrícolas ya no son márgenes; son activos.
El uso de drones es el signo más revelador de esta fase. La guerra del capitalismo tardío ya no necesita movilizaciones masivas ni declaraciones formales. Opera con tecnologías de bajo costo político y alta eficacia táctica. El dron es el arma perfecta de la ambigüedad: permite atacar sin ocupar, castigar sin invadir, intimidar sin asumir plenamente la responsabilidad. Es la herramienta ideal para un orden internacional que ha naturalizado la violencia transfronteriza siempre que esta no altere el flujo global de mercancías.
El Cuerno de África se ha convertido en un laboratorio de esta transformación. Yibuti alberga bases militares de Estados Unidos, China, Francia y otras potencias. El Mar Rojo es arteria vital del comercio mundial. El colapso parcial de Sudán y la inestabilidad etíope no son anomalías aisladas, sino eslabones en una cadena de militarización que responde a la competencia entre potencias en un sistema que ya no es unipolar, pero tampoco estable. En la transición multipolar, las periferias arden primero.
No se trata únicamente de rivalidades nacionales. Se trata de la lógica estructural de un sistema que, ante la saturación de mercados y la crisis climática, convierte recursos básicos —agua, tierra, minerales, rutas marítimas— en objetos de securitización. La política exterior deja de ser diplomacia y se transforma en gestión armada de la escasez. En ese contexto, el conflicto Sudán–Etiopía no es un error del sistema; es su manifestación coherente.
La guerra interna sudanesa ya estaba internacionalizada de facto: flujos de armas, financiamiento cruzado, intereses en el oro sudanés que alimentan mercados globales. Si ahora se suma la dimensión interestatal directa, el conflicto se densifica. Y cuando los conflictos se densifican en zonas estratégicas, las potencias no intervienen necesariamente para apagar el fuego, sino para administrarlo. El desorden controlado es funcional cuando permite redibujar alianzas, justificar presencia militar o asegurar corredores logísticos.
En este sentido, hablar de “violación de soberanía” tiene una dimensión trágica. Porque la soberanía en muchos Estados periféricos ha sido progresivamente erosionada no solo por actores externos, sino por la inserción subordinada en un sistema económico que impone dependencia financiera, fragilidad institucional y militarización como mecanismo de supervivencia. Cuando un Estado debilitado denuncia agresión, lo hace desde una estructura que ya ha sido vaciada en parte de su capacidad real de decisión.
La acusación de ataques con drones desde Etiopía, confirmada o no en todos sus detalles, cumple además una función política: reconfigura percepciones, prepara narrativas, habilita alianzas. En un entorno donde la información es también campo de batalla, la denuncia es parte de la estrategia. La guerra contemporánea es híbrida no solo por sus medios, sino por su dimensión simbólica.
El peligro no es únicamente una guerra abierta entre Sudán y Etiopía. El peligro es la normalización de una región en permanente estado de fricción, donde conflictos internos y externos se superponen hasta volverse indistinguibles. Esa superposición crea un ecosistema de violencia crónica que beneficia a proveedores de armas, contratistas de seguridad, actores financieros que especulan con deuda soberana y potencias que consolidan posiciones estratégicas sin asumir costos directos elevados.
En la fase actual del capitalismo global, la guerra no siempre busca conquista territorial clásica; busca influencia, acceso, control de flujos. No necesita declarar estados de excepción formales, porque muchas periferias viven en excepción permanente. Sudán es hoy uno de esos espacios donde la crisis interna se entrelaza con la competencia regional y global. Etiopía, en su búsqueda de proyección, actúa dentro de una lógica de poder que el sistema incentiva.
Si el siglo XX estuvo marcado por guerras mundiales declaradas, el siglo XXI parece consolidar un mosaico de guerras regionales interconectadas, más difusas pero igualmente estructurales. El Cuerno de África es uno de los tableros donde se ensaya este nuevo patrón. Allí, la línea entre conflicto local y disputa global se desdibuja.
La pregunta no es solo si habrá una guerra abierta entre Sudán y Etiopía. La pregunta es si el orden mundial en transición necesita precisamente esta proliferación de conflictos para reacomodar jerarquías. Si la historia reciente enseña algo, es que cuando el sistema entra en fase de reconfiguración profunda, las periferias pagan el precio más alto.
Sudán arde desde dentro. Si ahora el fuego cruza fronteras en forma de drones, no estamos ante un accidente geográfico. Estamos ante la evidencia de que la guerra, lejos de ser excepción, se ha convertido en método. Y mientras los discursos oficiales hablen de soberanía y defensa, el trasfondo estructural seguirá siendo el mismo: la lucha por recursos estratégicos y posiciones geopolíticas en un sistema que solo sabe reorganizarse mediante la tensión y el conflicto armado.
En ese espejo, la acusación sudanesa no es un episodio aislado. Es una señal de que la tormenta regional puede intensificarse. Y cuando las tormentas se forman en nodos estratégicos del comercio mundial, rara vez permanecen locales.
Lo ocurrido en la ciudad fronteriza de Tiné, en Chad —donde un dron procedente de Sudán habría matado al menos a 16 personas y provocado una respuesta militar inmediata del gobierno chadiano— no es simplemente la “expansión” de la guerra sudanesa: es el paso cualitativo hacia una nueva fase del conflicto, una fase donde la guerra deja de ser contenible incluso en términos regionales y comienza a desbordarse como lógica estructural del territorio.
Lo primero que hay que desmontar es la narrativa de “derrame” o “spillover”, como si la guerra fuera un líquido que accidentalmente se desborda de un recipiente. No. Lo que estamos viendo es la transformación de Sudán en un núcleo activo de irradiación de violencia, donde las fronteras no contienen, sino que transmiten el conflicto. Chad no es una víctima colateral: es el siguiente eslabón lógico en una cadena de descomposición regional.
La frontera entre Sudán y Chad —más de 1.400 kilómetros de extensión, desértica, porosa, históricamente atravesada por flujos humanos, comerciales y armados— nunca fue una línea sólida. Pero en el contexto actual del capitalismo global, esa porosidad adquiere una función distinta: deja de ser una debilidad estatal y se convierte en una infraestructura de guerra. Por esa frontera no solo cruzan refugiados —casi un millón según la ONU—, sino también armas, milicias, economías ilegales y ahora, de manera creciente, tecnologías de guerra remota.
El dato clave no es únicamente el número de muertos, sino el medio: drones. La guerra ha cambiado de forma. Ya no necesita columnas de tanques cruzando fronteras ni declaraciones formales. Un dron puede redibujar el mapa político de una región en minutos. Y cuando ese dron cruza de un país a otro, lo que está en juego no es solo un ataque, sino la disolución práctica del orden interestatal heredado del siglo XX.
Aquí aparece la primera gran clave de esta nueva fase: la desfronterización de la guerra. Sudán ya no libra una guerra “interna”. Las RSF, que controlan amplias zonas de Darfur —incluyendo áreas cercanas a la frontera con Chad— operan como una entidad híbrida: no son un Estado, pero tampoco una simple milicia. Controlan territorio, recursos, rutas y ahora proyectan fuerza más allá de sus límites inmediatos.
Esto es crucial: cuando actores no estatales adquieren capacidad de proyección transfronteriza mediante tecnologías como drones, el sistema internacional entra en una zona gris donde la noción clásica de guerra entre Estados pierde sentido. Chad responde como Estado, movilizando su ejército y declarando que contestará cualquier ataque. Pero ¿contra quién responde realmente? ¿Contra Sudán como Estado? ¿Contra una milicia? ¿Contra una red difusa financiada por intereses externos?
La respuesta es incómoda: responde contra una estructura que no puede ser plenamente localizada.
Y es ahí donde el marco del capitalismo y la guerra revela su potencia analítica. Porque esta indeterminación no es un fallo del sistema: es su nueva forma de operar. La guerra se descentraliza porque así reduce costos, diluye responsabilidades y permite múltiples niveles de intervención sin compromisos directos.
El Cuerno de África y el Sahel están convergiendo como un continuo de inestabilidad funcional. Sudán en guerra, Chad bajo presión, Libia fragmentada, Níger desestabilizado, República Centroafricana militarizada: no son crisis aisladas, son nodos de una misma geografía de conflicto. Una geografía donde los recursos —oro en Sudán, uranio en Níger, rutas migratorias, corredores logísticos hacia el Mediterráneo— se entrelazan con intereses globales.
En este contexto, la guerra cumple varias funciones simultáneas:
– Reconfigura el control territorial de recursos estratégicos.
– Justifica la presencia militar extranjera directa o indirecta.
– Alimenta economías de guerra (tráfico de armas, minería ilegal, mercenarismo).
– Genera desplazamientos masivos que reordenan la fuerza de trabajo regional.
El caso de Tiné es paradigmático porque condensa todos estos elementos: una ciudad fronteriza gemela, separada solo por un río seco, convertida en punto de impacto de una guerra que ya no reconoce límites.
La reacción del presidente chadiano, Mahamat Idriss Déby, ordenando responder inmediatamente a cualquier ataque, marca otro umbral: la posibilidad de una escalada directa. Pero incluso esa escalada, si ocurre, no necesariamente adoptará la forma de una guerra convencional. Es más probable que veamos una intensificación de ataques puntuales, represalias asimétricas y una creciente militarización de la frontera.
Es decir: más guerra, pero no necesariamente más claridad.
Y aquí emerge la segunda clave de esta nueva fase: la guerra como estado permanente de baja intensidad expandida. No hay inicio claro, no hay declaración formal, no hay final visible. Solo hay intensificaciones y desplazamientos.
Lo más inquietante es que este tipo de conflicto no tiende a resolverse, sino a estabilizarse en su propia inestabilidad. Para el sistema global, estas zonas funcionan como amortiguadores de tensiones mayores. Mantienen ocupados a actores regionales, justifican intervenciones selectivas y aseguran que el desorden permanezca contenido dentro de ciertos márgenes geográficos… hasta que deja de estarlo.
La presencia implícita o explícita de actores externos —ya sea a través de financiamiento, armamento o alianzas— añade otra capa. Porque ningún conflicto de esta magnitud en una región estratégica ocurre en aislamiento real. La competencia global por influencia en África —China, Estados Unidos, Rusia, potencias regionales del Golfo— no siempre se manifiesta en confrontación directa, sino en la habilitación de condiciones para que estos conflictos se desarrollen.
No es necesario intervenir masivamente si el terreno ya está fragmentado.
Lo que estamos viendo, entonces, no es solo la expansión de la guerra sudanesa hacia Chad. Es la consolidación de un modelo: conflictos que nacen como guerras civiles, se hibridan con disputas regionales, incorporan tecnologías de guerra remota y terminan configurando espacios de violencia estructural persistente.
En ese modelo, la soberanía se vuelve reactiva, las fronteras permeables, y la guerra una condición de fondo.
La muerte de 16 personas en Tiné no es solo una tragedia local. Es un indicador. Un punto de inflexión que muestra que la guerra en Sudán ha dejado de ser contenible y ha entrado en una fase de proyección regional activa. Y cuando eso ocurre en un nodo como el Sahel–Cuerno de África, la pregunta ya no es si el conflicto se expandirá, sino hasta dónde y bajo qué formas mutará.
Porque en esta fase del capitalismo global, la guerra ya no avanza únicamente con ejércitos. Avanza con fragmentos, con drones, con milicias, con fronteras que dejan de existir en la práctica.
Y cuando las fronteras dejan de existir para la guerra, pero siguen existiendo para quienes huyen de ella, lo que emerge no es solo un conflicto, sino un orden. Un orden construido sobre la movilidad de la violencia y la inmovilidad de las víctimas.
El cruce entre Sudán, Etiopía y Chad no solo revela la expansión geográfica de la guerra, sino algo más profundo: la consolidación de una forma histórica distinta, donde la violencia deja de ser un instrumento excepcional y se convierte en infraestructura. No estamos ante conflictos aislados, sino ante la emergencia de un patrón donde tecnología, crisis climática y economía política convergen para producir un tipo de inestabilidad que ya no es transitoria, sino funcional y persistente.
El primer elemento que termina de cerrar este cuadro es la tecnología. El uso de drones no es un detalle táctico, sino un punto de inflexión. La proliferación de drones comerciales modificados —baratos, accesibles, adaptables— está alterando de manera irreversible la relación entre territorio y violencia. Durante décadas, la capacidad de proyectar fuerza a distancia era monopolio de los Estados o de grandes estructuras militares. Hoy, ese monopolio se erosiona. No desaparece, pero se fragmenta.
Esto tiene una consecuencia directa: la desfronterización de la guerra ya no depende exclusivamente de decisiones estatales, sino de la capacidad técnica de actores múltiples. Milicias, grupos armados, redes híbridas pueden cruzar fronteras sin moverse físicamente. El espacio deja de ser una barrera y se convierte en un medio atravesable. La frontera sigue existiendo jurídicamente, pero pierde eficacia material.
¿Es esto una democratización de la violencia? En un sentido limitado, sí: más actores pueden ejercerla. Pero no es una democratización emancipadora, sino una difusión de la capacidad destructiva dentro de un sistema que no ha democratizado el poder real. El resultado no es equilibrio, sino multiplicación del caos controlado. El sistema no pierde el control completamente; lo redistribuye de forma tal que la violencia se vuelve más difícil de atribuir, de regular y, sobre todo, de contener.
En ese escenario, la guerra se vuelve ubicua. No necesita líneas de frente. Puede aparecer en cualquier punto donde exista vulnerabilidad, conectividad mínima y un actor dispuesto a operar en esa zona gris. Lo que vemos en el Cuerno de África es la forma más visible de esta transición, pero no necesariamente su límite.
El segundo elemento es el clima, que funciona como acelerador estructural. La crisis climática no solo genera escasez; redefine qué recursos son estratégicos y dónde se concentran las tensiones. Agua, tierra fértil, rutas de movilidad humana: todo ello entra en un proceso de securitización.
Cuando el agua se vuelve escasa, deja de ser solo un recurso y se convierte en un activo geopolítico. Cuando la tierra cultivable disminuye, la frontera agrícola se militariza. Cuando millones de personas se ven obligadas a desplazarse, las rutas migratorias dejan de ser corredores humanitarios y pasan a ser espacios de control, contención o conflicto.
En ese sentido, el cambio climático no crea la guerra, pero la intensifica, la prolonga y la fija en el territorio. Transforma la “inestabilidad funcional” en algo más profundo: una inestabilidad estructural permanente, donde las condiciones que generan conflicto no solo no desaparecen, sino que se agravan con el tiempo.
El caso de la presa etíope sobre el Nilo Azul es ilustrativo: no es solo una disputa técnica o energética, es una manifestación de cómo el control del agua se integra en la lógica de poder regional. Lo mismo ocurre en otras zonas del Sahel, donde la desertificación empuja comunidades enteras a competir por recursos cada vez más limitados. En ese contexto, la violencia deja de ser un episodio y se convierte en una forma de gestión de la escasez.
Y aquí se conecta con el tercer elemento, quizás el más incómodo: la cuestión de la paz.
Si la guerra, se ha convertido en método —en mecanismo de reorganización de poder, control territorial y gestión de recursos— entonces la paz ya no puede entenderse simplemente como ausencia de conflicto armado. En muchos de estos escenarios, lo que se denomina “paz” es en realidad una pausa operativa, un reacomodo temporal que permite al sistema absorber tensiones antes de que reaparezcan bajo otra forma.
Esto no implica que la paz sea imposible, pero sí que su significado está en disputa. Una paz funcional al sistema es aquella que estabiliza lo suficiente como para garantizar flujos económicos, control territorial y previsibilidad mínima. No elimina las causas del conflicto; las administra.
La pregunta más difícil es si puede existir una paz que no esté subordinada a esa lógica. Es decir, una paz que no sea simplemente la antesala de la siguiente fase de violencia. Esa posibilidad implicaría transformar no solo las dinámicas locales de conflicto, sino las estructuras más amplias que las condicionan: desigualdad, dependencia económica, acceso desigual a recursos, y la tendencia a responder a crisis complejas mediante dispositivos de seguridad.
Lo que muestran Sudán, Etiopía y Chad —y en otro registro, regiones de América Latina o Medio Oriente— es que, en ausencia de esos cambios, la “paz” tiende a ser frágil, intermitente y, en última instancia, funcional a la continuidad del conflicto.
El cierre de este ciclo analítico es incómodo porque no ofrece una resolución clara. Lo que emerge no es una guerra total ni una paz estable, sino un estado intermedio que se expande: territorios donde la violencia es recurrente, donde la tecnología amplifica su alcance, donde el clima intensifica sus causas y donde la paz, cuando aparece, no logra romper el patrón.
En ese marco, el Cuerno de África no es una excepción, sino un adelanto. Un espacio donde las tendencias del sistema se manifiestan de forma más descarnada. Y si algo deja claro el cruce entre estos escenarios es que la guerra contemporánea ya no avanza únicamente ocupando territorios, sino reorganizando las condiciones mismas en las que esos territorios existen.
La cuestión ya no es dónde empieza o termina la guerra. La cuestión es en qué medida el mundo está entrando en una fase donde la distinción entre guerra y paz pierde sentido operativo, y donde la inestabilidad deja de ser un problema a resolver para convertirse en el terreno sobre el cual todo lo demás se organiza.
