Hassan Herzallah (Rebelión, 27-3-26)
El mundo no puede llamar a esto tregua porque continúan las matanzas y la población palestina sigue sin poder regresar a sus hogares o desplazarse con libertad.
Caminaba hace unos días con un amigo entre las tiendas de campaña de al-Mawasi, al sur de Gaza. Nos dirigíamos a un pequeño café al que acostumbro a ir desde que el techo que tengo sobre mi cabeza se convirtió en una tela. El suelo que había bajo nuestros pies era barro, el aire invernal era plomizo y los rostros que había a nuestro alrededor lo eran aún más. Hablábamos de la creación de la “Junta de Paz” encabezada por Estados Unidos en una fase del presunto alto el fuego que supuestamente se caracteriza por la estabilidad y la reconstrucción. El estruendo de una explosión rasgó el aire en ese mismo instante. Dejamos de hablar y me encontré a mí mismo preguntándome: ¿cómo puede esto ser un alto el fuego? ¿cómo se puede declarar la paz mientras las explosiones continúan resonando sobre nuestras cabezas?
Desde que se anunció el “alto el fuego» de Gaza me he preguntado qué significa realmente este término. Se suponía que para la población palestina del enclave iba a significar al menos un breve momento de estabilidad, pero apenas ha habido cambios.
Lo primero que imaginé cuando oí el término “alto el fuego” fue dejar nuestra tienda de campaña. En al-Mawasi miles de familias desplazadas siguen sin poder regresar a sus hogares debido a la constante presencia de la ocupación israelí en las comunidades vecinas. Muchas personas creían que tras el alto el fuego iba a haber una retirada israelí. No ha sucedido.
Algunas casas se mantienen parcialmente intactas y son habitables técnicamente, pero están cerca de las “zonas amarillas” israelíes, unas zonas en las que hay violaciones diarias [del alto el fuego]. Las familias tienen miedo de volver: la amenaza de un ataque o incursión repentinos tiene más peso que la comodidad de las paredes de cemento.
Muchas familias han preferido una fría tienda de campaña empapada por la lluvia a una casa amenazada por el peligro. Mi familia es una de ellas.
Continúan las restricciones
Sigo teniendo las llaves del piso de mis familiares. Las puertas están en pie y todavía tiene paredes, pero cuando volví hace poco ahí oí los tanques que se movían y explosiones lo suficientemente cerca como para que me retumbaran en el pecho.
Muchas casas han sido bombardeadas desde que supuestamente entró en vigor el “alto el fuego”. En ese periodo que empezó el pasado mes de octubre se han arrasado unos 2500 edificios más.
Si un alto el fuego significa volver a casa, eso no ha ocurrido. Si significa que acaba la destrucción, tampoco ha ocurrido.
Se suponía que un alto el fuego también significaba libertad de movimientos y la educación era mi vía de escape, mi pequeña apertura a un futuro diferente.
Durante la guerra y en medio de las tiendas, los apagones y las universidades reducidas escombros, los estudiantes nos aferramos a nuestros estudios como a un salvavidas. Las escuelas se convirtieron en refugios y los campus fueron destruidos, pero miles de estudiantes siguieron estudiando on line. La educación no era un lujo, sino una manera de preservar algo de sentido en medio de la aniquilación.
A finales de 2025 yo había logrado algunas plazas universitarias en el extranjero. Creía que el alto el fuego iba a traernos algo concreto: que se abrieran los pasos fronterizos a los estudiantes que tenían plaza en el extranjero y a los pacientes que necesitaban atención médica urgente. Sin embargo, los pasos fronterizos siguieron funcionando de manera limitada e imprevisible.
Continúan las restricciones. Los trámites siguen siendo opacos. Becas conseguidas tras años de trabajo están sumidas en la incertidumbre y los pacientes a menudo sufren unas demoras para recibir tratamiento en el extranjero que ponen en riesgo sus vidas. Miles de personas que están atrapadas en la frontera comparten esta realidad en suspenso.
Si incluso se sigue negando el derecho a continuar estudiando más allá de una zona de guerra, ¿qué ha cambiado exactamente el alto el fuego? La guerra nos separó por medio de los desplazamientos y del peligro. Como mínimo esperábamos que la tregua significara que iban a acabar las matanzas.
Una fuerte contradicción
Issa era un amigo del barrio de Rafah en el que yo vivía antes de la guerra. Proporcionaba el único sustento con el que contaba su familia. A pesar de los disparos de los francotiradores, durante la hambruna se arriesgaba a ir a lo que la gente llamaba “trampas mortales” para conseguir ayuda. Sobrevivió a los bombardeos, a las balas y al hambre. Entonces llegó el alto el fuego. Se había comprometido para casarse hacía poco y por un momento parecía que la vida volvía con cautela, pero en enero la metralla le atravesó el pecho en un ataque israelí contra un mercado en al-Mawasi. Enterramos a Issa durante el “alto el fuego”. No es una excepción. Desde que se declaró el alto el fuego han muerto más de 400 personas en Gaza y más de 1.150 han resultado heridas.
La tregua no puso fin a las muertes, simplemente redujo el ritmo. La diferencia entre “menos” y “detenerse” no es retórica, es la diferencia entre la vida y la muerte.
Durante la guerra esperábamos la muerte, asumíamos riesgos calculados y comprendíamos la lógica brutal de la supervivencia. Ahora nos dicen que la guerra ha terminado; nuestras vidas, sin embargo, no han cambiado en lo fundamental. Las explosiones siguen jalonando las noches, las casas se siguen derrumbando y seguimos enterrando a amigos. Lo único que ha cambiado es el lenguaje internacional, no nuestra realidad.
La cantidad de personas muertas en Gaza supera las 72.000 personas, sin incluir a las miles de personas desaparecidas. A finales de enero las autoridades de ocupación israelíes reconocieron que las cifras que había dado el Ministerio de Sanidad Palestino eran correctas, después de años de negarlo.
Es importante que se reconozca, pero eso no supone que se rindan cuentas. No reconstruye una casa. No hace que regresen las personas muertas.
Hay una flagrante contradicción en el hecho de que quienes son responsables de campañas militares continuas y de un bloqueo asfixiante participen en marcos calificados de “paz”. No se puede declarar la paz mientras la violencia estructural permanece intacta.
El problema no es simplemente el lenguaje, sino la distancia que hay entre el lenguaje y la realidad que se vive. La vida diaria en Gaza sigue estando definida por los desplazamientos, las restricciones y las pérdidas. Seguimos viviendo bajo lonas destrozadas, seguimos esperando en pasos fronterizos controlados y contando los nombres de quienes han muerto durante este “alto el fuego”.
Un alto el fuego no es una declaración mediática, sino restaurar la seguridad. Y cuando la seguridad está ausente, cuando no podemos volver a casa o movernos con libertad mientras seguimos enterrando a nuestros seres queridos, entonces no hay alto el fuego en Gaza.
