Carlos Rafael Gil Centeno (Rebelió, 27-3-26)
A lo largo de la historia de la humanidad existen momentos que, por su naturaleza y consecuencias, se convierten en auténticos puntos de inflexión. Estos episodios no solo marcan el fin de una era, sino que definen el rumbo político, económico y social del futuro próximo. Si analizamos las confrontaciones militares como elementos definitorios del devenir histórico, encontramos un ejemplo paradigmático en la Segunda Guerra Mundial: la batalla de Stalingrado. Hoy, en un contexto geopolítico completamente diferente, el conflicto con Irán se presenta como un nuevo parteaguas, esta vez para el mundo moldeado bajo la hegemonía del imperio norteamericano en el siglo XXI.
Stalingrado: el quiebre de la invencibilidad nazi
Acudo nuevamente a la memoria histórica como una herramienta insustituible para el análisis de los fenómenos sociales. Iniciaremos estas líneas haciendo un esfuerzo por comprender la magnitud de Stalingrado, situándonos en el contexto de la “Operación Barbarroja”, la invasión alemana a la Unión Soviética. La máquina de guerra nazi, basada en la doctrina de la guerra relámpago o Blitzkrieg, había demostrado en su momento una capacidad arrolladora para conquistar enormes extensiones de territorio en cuestión de días. En este contexto, la ciudad de Stalingrado representaba un objetivo estratégico y simbólico de primer orden para Hitler. Por un lado, llevaba el nombre de su máximo enemigo, el líder soviético Stalin, por lo que su conquista suponía un golpe propagandístico inigualable. Por otro, desde esa posición se podía flanquear y proteger el avance alemán hacia las vitales fuentes petrolíferas del Cáucaso, un recurso desesperadamente necesario para alimentar la maquinaria de guerra del Reich.
Fue precisamente en el desarrollo de la batalla de Stalingrado donde la lógica de la guerra relámpago se empantanó y terminó por revertirse. La toma de la ciudad se convirtió en una pesadilla casa por casa, almacén por almacén, estación por estación. Lo que la Blitzkrieg había resuelto en kilómetros por día, ahora requería días, a veces semanas, para conquistar una sola cuadra. En las ruinas de Stalingrado, el ejército alemán no solo perdió su impulso inicial, sino que quebró su propio velo de invencibilidad. La estrategia soviética, vista por muchos historiadores como una trampa retardatriz, logró atraer al VI Ejército alemán hacia un escenario de desgaste masivo donde su superioridad táctica y tecnológica se diluía.
La derrota en Stalingrado marcó un antes y un después. La respuesta alemana en el frente oriental nunca volvió a ser la misma, y su capacidad ofensiva quedó mortalmente herida. Pero la importancia de esta batalla trasciende el ámbito militar. La victoria soviética fortaleció a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como potencia emergente y, paradójicamente, sentó las bases para el surgimiento de lo que conocemos hoy como el «Imperio norteamericano». La derrota de la Alemania nazi, cuyo punto de inflexión indiscutible fue Stalingrado, determinó quiénes serían los dos grandes contendientes que protagonizarían la Guerra Fría, redefiniendo el orden global durante la segunda mitad del siglo XX.
La estrategia norteamericana: un imperio en repliegue
Para comprender por qué el conflicto con Irán adquiere esta dimensión de posible punto de inflexión, considero necesario examinar con cada vez mayor exactitud la situación estructural en la que se encuentra la economía estadounidense. No se trata de especulaciones, sino de datos verificables que dibujan el panorama de una superpotencia en su etapa senil, donde sus profundas vulnerabilidades se hacen cada día más evidentes.
En la actualidad, la deuda pública del gobierno de los Estados Unidos ya ha alcanzado los 39 billones de dólares, marcando un aumento de 1 billón en aproximadamente cinco meses desde finales de octubre de 2025 (1). Se trata de un país con un producto interno bruto de 31,44 billones de dólares al cierre de 2025 (2). Del gasto total en consumo personal, que ronda los 16,67 billones de dólares anuales (3), es posible desglosar que aproximadamente 11,2 billones corresponden al consumo de servicios (educativos, salud, seguros, vivienda), manteniendo la tendencia de que los servicios representan cerca de dos tercios del consumo estadounidense. El resto, aproximadamente 5,47 billones de dólares, se compone de bienes tangibles como alimentos y productos manufacturados. La nación norteamericana mantiene un déficit comercial persistente en este sector, importando mensualmente cerca de 100 mil millones de dólares más de lo que exporta en bienes, según las cifras más conservadoras (4).
Si comparamos las cifras generadas por la producción industrial con el enorme volumen de dinero que se mueve a partir de los servicios, observamos una distorsión profunda en la lógica clásica del capitalismo. Tradicionalmente, existía una relación más o menos equilibrada entre los bienes materiales útiles para la satisfacción de las necesidades y la circulación de los medios de intercambio —el dinero—.
En la economía capitalista clásica, vista desde su ciclo del capital —dinero-mercancía-dinero—, donde el fin último es la acumulación, los servicios cumplían una función necesaria y pragmática: facilitar que los trabajadores siguieran produciendo. La educación para formar, la salud para mantener la fuerza laboral, entre otros, respondían a esta lógica reproductiva. Sin embargo, en Estados Unidos, aquel modelo productivo —altamente explotador— que Adam Smith imaginó y que Marx estudió como tendencia dominante en el siglo XIX fue quedando atrás. Los llamados servicios productivos tangibles fueron desplazados por una preponderancia de servicios improductivos. A partir de las cifras publicadas por la Oficina de Análisis Económico (BEA) (5) sobre la clasificación por sectores económicos y el comportamiento de la economía norteamericana durante 2025, es posible deducir que aproximadamente el 88 % del mercado de servicios en Estados Unidos corresponde al rubro de servicios no productivos, tales como finanzas, seguros, alquiler de inmuebles, salud, gobierno, ocio, entre otros.
Para comprender con mayor exactitud lo planteado, recurriré al ejemplo de los servicios de seguros, los cuales se contratan sin que, muy probablemente, lleguen a utilizarse jamás. El dinero que allí se emplea no termina generando un trabajo que pueda agregar valor a un producto tangible para su intercambio en equivalente, sino que adquiere una función distinta, alejada del propósito para el que originalmente fue concebido.
En este contexto, el dinero que ingresa en la aseguradora termina convirtiéndose en capital al ser utilizado para comprar bonos, adquirir acciones o prestarlo a otros bancos. Se trata de un tipo de capital que, visto globalmente, se reproduce separándose cada vez más del trabajo cristalizado en las mercancías o en los servicios productivos. En este momento, el dinero —que normalmente se transforma socialmente en un medio para adquirir mercancías o servicios— puede experimentar una “metamorfosis” mediante un proceso que se inicia con su puesta a disposición para que otros actores con carencia de capital puedan adquirir bienes materiales, ya sean mercancías o medios de producción. A través de esta suerte de préstamo, se obtiene una renta que resulta clave para la acumulación a partir del uso del dinero. Esto constituye la base del capitalismo financiero.
Llegado este punto, es necesario resaltar que el valor del dinero, en algún momento del proceso, tendrá que dar cuenta de su función social fundamental: el intercambio del trabajo cristalizado en bienes materiales o, en último término, en servicios. Por ello, la capacidad de generar una renta por su uso termina siempre atándose al valor —expresado en precio— que puedan llegar a tener las mercancías y los servicios que con él se aspiren adquirir. En una situación normal, el precio de las mercancías y los servicios no debería separarse demasiado de su valor. Esto implica que la renta generada por el uso del dinero como medio de financiamiento tendrá, en teoría —cuando nos referimos a una economía con cierto grado de racionalidad—, un techo que evite una escalada especulativa en los mercados financieros.
Es aquí donde la lógica del capital impone con mayor crudeza sus ansias de acumulación. Si el dinero puede intercambiarse por bienes y servicios, y estos últimos pueden clasificarse clásicamente en productivos e improductivos, entonces, mediante un análisis de la naturaleza de estos elementos intercambiables, cabe preguntarse cuál de ellos resulta más útil para generar un proceso de acumulación mayor al que puede alcanzarse en una economía basada en el predominio de la producción de bienes materiales, la cual enfrenta constantemente el peligro de la sobreproducción, poniendo en riesgo al sistema.
La respuesta a esta interrogante surgió tanto del análisis como de la práctica en torno a los servicios intangibles y no productivos —cuyo valor resulta difícil de precisar con exactitud—, donde se terminó abriendo un espacio fértil para la especulación. Cuando el dinero se destina a financiar servicios de valor incierto, la posibilidad de establecer un precio altamente especulativo sobre los servicios improductivos en cuestión se vuelve propicia, y con ello tiende a elevarse la renta por su uso.
De este modo, se genera un espacio donde la mercancía y los servicios productivos dejan de ser una limitante para la reproducción del capital. Se prescinde de la economía real en favor de una economía basada en servicios improductivos que permiten aumentar la renta por el uso del dinero, potenciando exponencialmente las tasas de ganancia —ahora de carácter ficticio— del capital.
Esto es lo que permite que la cantidad de dinero —y más allá de él, la de bonos, acciones y otros instrumentos financieros— sea muy superior a la cantidad de equivalentes en bienes reales existentes. Marx denominó a este fenómeno capital ficticio: títulos que circulan como si fueran capital, pero que representan derechos sobre plusvalor futuro, no valor real ya creado. Es a partir de esta dinámica que dicho dinero puede intercambiarse sin un respaldo material directo, configurando así las bases del capital financiero moderno. Es precisamente desde este enorme mercado de servicios improductivos, donde la determinación del valor resulta más opaca y mediada, desde donde el capital financiero comienza a absorber recursos, dando lugar a esa inmensa masa de «papeles inorgánicos» que conocemos como la gran burbuja.
Para comprender con mayor propiedad el papel de la economía dominada por los servicios improductivo, propongo volver al ejemplo de las aseguradoras. La necesidad de sentirse seguro no es un elemento que pueda medirse en promedio ni matematizarse con la misma transparencia que un bien tangible; difícilmente puede convertirse en un valor material de intercambio clásico siguiendo los mismos parámetros que rigen para los productos industriales. Sin embargo, ello no significa que su valor sea arbitrario o meramente subjetivo. Lo que ocurre es que la determinación del valor en este ámbito se presenta de manera más mediada, y es precisamente en ese espacio de mediación donde se abre la posibilidad de que el precio se separe del valor, y donde la manipulación —mediante propaganda, construcción de percepciones y, hoy, inteligencia artificial— encuentra terreno fértil.
Cabe preguntarse varias cuestiones en la búsqueda de comprender con mayor exactitud lo planteado: ¿qué tendría más valor, una hora de trabajo de alguien que me hizo sentir seguro o una hora de trabajo de alguien que me hizo sentir relajado con un masaje? Por otro lado, una persona puede tener muchos más años de experiencia en materia de seguridad que otra, pero el hecho de que me sienta seguro con alguien no depende necesariamente de su trayectoria. ¿Podría estandarizarse de manera efectiva que la hora de quien tiene más experiencia en el área sea, por ese solo hecho, más valiosa? ¿Cuántas horas de trabajo «necesarias» se requieren para hacer sentir seguro a alguien? No es algo que pueda medirse como una silla. Pero eso no significa que carezca de valor objetivo.
Se trata de un criterio que, desde la apariencia fenoménica, resulta subjetivo y opaco, y por ende es este criterio el que terminan imponiendo los actores vinculados al capital financiero. Sin embargo, tras esa opacidad subyace una determinación objetiva: el tiempo de trabajo socialmente necesario no es un dato técnico que pueda medirse externamente al mercado, sino una relación social que se impone en el intercambio, independientemente de la conciencia que los agentes tengan de ella.
Ahora, una vez «liberado» el dinero de la producción de mercancías y de los servicios productivos para poder reproducirse como capital, se potencia un mercado de servicios especulativo que tiende a crecer muy por encima de su necesidad real. Así, en su forma más concreta, la financiación de las empresas vinculadas al negocio de los servicios improductivos mediante la compra de acciones —una forma acabada de préstamo de dinero— termina convirtiéndose en un gran negocio al permitir el crecimiento de dichas empresas y, con ello, el aumento del valor de las acciones, dado que el precio de sus productos puede elevarse de manera especulativa. De esta manera, se inició y desarrolló en la economía una serie de formas de financiación totalmente especulativas, derivadas del uso de la moneda norteamericana, con un sustento cada vez más alejado de la realidad económica
Por esta razón, cada día este mercado especulativo requiere más dinero para seguir alimentando la voracidad del capital financiero y el neo-rentismo que lo caracteriza. En este momento se hace visible que todo este entramado de consumo desmedido —y sobre todo de un consumo de servicios que no se corresponde con la producción de bienes— solo es posible porque la economía norteamericana ha sido financiada en gran medida desde el exterior mediante el mecanismo, ya bastante estudiado, basado en el uso de los petrodólares.
Sin embargo, esta financiación externa no puede ser infinita. Para que el dólar no se desplome ante una deuda de 39 billones de dólares y un consumo desbordado, es necesario que las demás economías del mundo financien permanente y crecientemente a Estados Unidos. Los dólares que salen del Estado norteamericano, cada vez en mayor volumen, deben regresar a sus arcas en un proceso de reciclaje masivo de divisas que permita mantener estable el valor de la moneda
No obstante, este equilibrio es profundamente inestable. La insaciable necesidad de ganancia del capital financiero ha terminado empujando históricamente al Estado norteamericano a implementar políticas de inyección de dólares en la economía, con el fin de incentivar el consumo constante. Ese consumismo permite que el dinero fluya hacia los grandes bancos y las corporaciones financieras, pero llega un momento en que el Estado se desangra en dólares y necesita recurrir una y otra vez a la financiarización de su deuda para sostener el sistema.
En este contexto, la guerra cumple una función específica: servir de argumento para aumentar el presupuesto en defensa —un “servicio” más— y poder inyectar más dinero a las grandes empresas del complejo tecnológico-militar, encargadas de suministrar las armas necesarias para garantizar la seguridad de los “Estados clientes”. Históricamente, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial con la imposición del keynesianismo militar, esta dinámica ha obligado al Estado norteamericano a expandir su presupuesto fiscal muy por encima de sus capacidades, requiriendo cada vez más del apoyo urgente del incremento de la financiación surgida del sistema petrodólar. Ello ha sobrepasado actualmente, a todas luces, las posibilidades de los bancos centrales del mundo y de los grandes consorcios internacionales para cubrir el déficit fiscal de los Estados Unidos. Aunque el monto total de deuda en manos extranjeras ha alcanzado niveles nominales récord —cerca de 8,5 billones de dólares (6)—, su peso porcentual en la deuda total estadounidense ha disminuido significativamente. A principios de la década de 2010, los extranjeros poseían casi el 50 % de la deuda pública; para 2024-2025, esa cifra se ha reducido aproximadamente al 30 %. Esto significa que el propio mercado interno de EE. UU. (7) —bancos, fondos de inversión y la propia Reserva Federal— está absorbiendo una parte cada vez mayor del déficit fiscal, generando una presión fiscal que atenta contra el valor del dólar.
Es por ello que, revisando en sus elementos esenciales la política de la administración Trump, más allá de la propaganda y la retórica incoherente, el imperio norteamericano —como he señalado reiteradamente en mis trabajos anteriores— solo busca una reconfiguración que evite la pérdida de su condición hegemónica. La idea, siendo muy directos, es que los aliados o países se vean en la obligación de mantener y, en el mejor de los casos, aumentar la financiación sobre la economía norteamericana, forzados por el interés inicial de preservar el valor de sus reservas internacionales y las inversiones totales denominadas en dólares, que podrían desaparecer si el imperio estadounidense colapsa.
De este modo, la idea es que el “servicio” de seguridad y defensa del “mundo libre” y sus aliados recaiga sobre estos mismos, reduciendo así la presión sobre el fisco norteamericano y, además, obligándolos a comprar a las empresas estadounidenses las armas con las que ellos mismos se defiendan. Cabe resaltar que por “defensa”, para el imperio americano, debe entenderse la contención de posibles competidores que le disputen la hegemonía a los Estados Unidos. Esta es la estrategia que se quiso comenzar a implementar con Israel —como aliado del “mundo libre”— en Medio Oriente mediante la guerra contra Irán, y que en este momento parece estar quedando inviable.
Israel, Irán y el nuevo escenario estratégico
En este marco se inscribe la estrategia hacia Israel, en el contexto de la actual guerra contra el Estado persa. Para que el Estado hebreo asuma en un futuro cercano un papel más activo en la defensa de los intereses imperiales en la región de Medio Oriente, se hace necesario acabar con el régimen de los ayatolás y desarmar a Irán. La idea de Trump no es, por tanto, una locura aislada, sino parte de una concepción estratégica. Sin embargo, en el desarrollo del conflicto, los hechos han tomado otra dimensión en un tiempo relativamente corto.
A esta altura del conflicto, independientemente del resultado final, los iraníes han obtenido ya su primera victoria: han logrado evitar que la decapitación de su liderazgo permitiera un cambio de régimen. Hoy, a todas luces, esto parece poco probable, porque la guerra ha terminado uniendo al pueblo iraní en torno a su gobierno.
Por otro lado, intentar un desembarco de tropas con el fin de derribar al gobierno iraní en las condiciones actuales representaría un suicidio que profundizaría la crisis fiscal estadounidense, dado que implicaría una guerra más larga que desangraría al fisco norteamericano, ejerciendo una mayor presión sobre el ya desgastado dólar.
También es de resaltar que otro de los objetivos planteados inicialmente por la administración Trump —la destrucción de las capacidades militares convencionales iraníes— ha sido frustrado hasta el momento. Su sistema misilístico y de drones ha resultado muy difícil de destruir, demostrando día tras día que su capacidad de respuesta no se ha visto limitada. Un ejemplo claro ocurrió recientemente: cuando los iraníes recibieron ataques contra su infraestructura energética, advirtieron que responderían atacando la infraestructura energética que representa a los intereses norteamericanos en la región, y así lo hicieron.
Al analizar el desarrollo de la guerra en sus aspectos más crudos, la férrea resistencia de Irán —con el uso de tecnología altamente eficaz, de bajo costo y, por ende, asimétrica— ha logrado arrebatarle la iniciativa al imperio norteamericano y a Israel. El epicentro del conflicto ya no se centra únicamente en la existencia del Estado persa, sino que la apuesta se ha elevado a un nivel superior: mediante una crisis energética mundial impulsada desde Irán, se busca golpear mortalmente el sistema de financiación de los Estados Unidos y, con ello, profundizar la ya pronunciada crisis del sistema financiero mundial.
De este modo, Irán no solo ha logrado quitarle la iniciativa estratégica al imperio, sino que ha conseguido que esta guerra adquiera dimensiones existenciales también para los Estados Unidos. Para lograrlo en términos concretos, los iraníes han llevado a cabo una jugada arriesgada pero magistral: cerrar el estrecho de Ormuz o, en su defecto, destruir toda la infraestructura energética que genera el petróleo y el gas que transitan por esa vía marítima. Del mismo modo que los soviéticos llevaron la batalla a las puertas de Stalingrado, los iraníes han trasladado el centro de la guerra al control de esa vía marítima estratégica.
Por otro lado, la otra gran victoria es que los iraníes han logrado, con los recientes ataques a la “blindada” Dimona, demostrar que están en capacidad de golpear el centro nuclear ubicado en ese lugar, arrebatándole así a Israel la ventaja de usar un arma nuclear contra Irán sin una respuesta equivalente. La destrucción de la central de Dimona representaría un accidente nuclear con consecuencias apocalípticas para el Estado hebreo, dejando inhabitable su pequeño territorio. De esta manera, Irán estaría tratando de imponer en la región una especie de doctrina de la mutua destrucción asegurada con Israel.
La batalla del Estrecho de Ormuz: el nuevo Stalingrado
Continuando con el análisis, en las circunstancias actuales, quien controle el estrecho de Ormuz estará redefiniendo el futuro de Medio Oriente. Si los iraníes logran el retiro de las fuerzas norteamericanas —producto de la imposibilidad de sostener una guerra prolongada— y consiguen mantener el control del estrecho, contarían con argumentos para exigir que los países que utilizan esa vía, y que han sido cómplices de Estados Unidos, paguen por el tránsito marítimo.
De concretarse este escenario, la República Islámica de Irán terminaría controlando una parte importante del transporte mundial de petróleo y gas, debilitando la hegemonía norteamericana en la materia y golpeando directamente al petrodólar. Más aún, una derrota estadounidense implicaría la pérdida definitiva de su supremacía en la guerra convencional. Tanto Israel como Estados Unidos quedarían reducidos a la opción nuclear como única vía de disuasión válida. Baste recordar cómo cayó en bolsa la empresa Lockheed Martin, fabricante del F-35, tras el derribo de una de estas aeronaves; el impacto en el mercado fue inmediato. Un escenario así sería terrible para Washington: estaríamos ante el principio del fin del imperio norteamericano.
Además, todo esto reconfiguraría las correlaciones de fuerzas en la región con un fortalecimiento del movimiento chiita, que podría conllevar la caída de varios gobiernos prooccidentales. Sería una verdadera hecatombe mundial.
En ese caso, también habría que preguntarse cómo quedaría Israel ante un Irán capaz de pulverizar el sueño israelí de construir grandes oleoductos para extraer petróleo árabe a través de su territorio, condición fundamental para mantener económicamente a Israel en su papel de gendarme de los intereses del imperio en Medio Oriente. ¿Podría recuperar el Estado sionista de Israel los 80.000 millones de dólares que le han costado los conflictos de los últimos años? ¿Podría reconstruir su infraestructura tras una derrota? Recordemos que la principal industria israelí es la militar: si no logra éxito en el campo de batalla, su industria perderá fuerza. ¿Quién compraría material militar que no es efectivo? Por si fuera poco, a Estados Unidos le resultaría mucho más difícil apoyar a Israel en su reconstrucción, lo que complicaría aún más el escenario regional.
Pero si, por el contrario, Estados Unidos gana la batalla y toma el control del estrecho de Ormuz, crearía las condiciones para debilitar el eje de la resistencia y ataría más estrechamente a las petromonarquías a la influencia de Washington, oxigenando desesperadamente su sistema de financiación internacional. Sería una victoria importante en busca de ganar tiempo y terminar aplicando la estrategia planteada por la administración Trump para el mundo.
Definitivamente, el estrecho de Ormuz, después de toda esta situación planteada, no volverá a ser un espacio de tránsito internacional neutral: la lógica de la guerra lleva a que sea controlado por uno u otro actor, convirtiéndose en la joya de la corona estratégica.
Por eso, la posibilidad de una confrontación en el estrecho de Ormuz se ha convertido especialmente en un problema existencial para Estados Unidos. Para Irán, controlarlo significaría la ventaja estratégica de poseer una daga en la yugular del imperio norteamericano. Del mismo modo que en la década de 1940 el mundo pendía de un hilo en las ruinas de Stalingrado, hoy contiene el aliento ante lo que pueda ocurrir en una hipotética batalla en Ormuz.
El dilema de la negociación y el futuro del imperio
El otro escenario, el más deseado por muchos, es el de una solución diplomática inmediata. Sin embargo, este parece poco probable en las condiciones actuales por dos elementos fundamentales.
En primer lugar, la destrucción que ha sufrido Irán requeriría pagos y compensaciones para reconstruir el país, algo que Estados Unidos no está en condiciones de ofrecer en este momento. Además, una situación en la que se genere un alto al fuego para luego reanudar el conflicto en un futuro próximo pondría a Irán en una posición de vulnerabilidad frente a un enemigo que, por ser aún una gran superpotencia, tendría la capacidad —en teoría— de recuperarse más rápido y golpear posteriormente a una República Islámica aún no plenamente recuperada debido a las sanciones a las que está sometida. Sin un acuerdo que garantice evitar la guerra en el futuro cercano y sin las garantías necesarias para la recuperación de su infraestructura y economía, cualquier alto al fuego resulta inviable para Teherán.
En segundo lugar, los norteamericanos no pueden retirarse de la región sin garantizar la recuperación del dinero invertido en el conflicto y, más importante aún, sin restaurar antes de que termine la guerra su imagen de potencia militar suprema. Una retirada sin condiciones previas sería interpretada como una derrota estratégica, erosionando la credibilidad de Estados Unidos ante sus aliados y fortaleciendo a sus adversarios en una región clave para los intereses del imperio.
Así, ambas partes se encuentran atrapadas en una dinámica donde las condiciones para un acuerdo diplomático parecen estar en las antípodas de lo que cada una está dispuesta a conceder, haciendo que el escenario de una solución negociada se aleje cada vez más.
El mundo pende de un hilo
Así como en Stalingrado la invencibilidad alemana fue destrozada en sus ruinas, hoy la invencibilidad norteamericana está seriamente cuestionada, independientemente del resultado final del conflicto con Irán. La hipotética batalla del estrecho de Ormuz parece cada vez más inevitable. Solo una negociación de último momento podría evitarla, pero ha corrido demasiada agua bajo el puente y lo que está en juego es tan profundo que todo indica que será allí donde se defina el futuro de esta guerra y, posiblemente, de la humanidad.
En el estrecho de Ormuz podría quedar enterrada la invencibilidad del imperio norteamericano como potencia hegemónica militar, o tal vez Estados Unidos logre tomar un segundo aire que le permita mantenerse como tal en los próximos años. Rusia y China observan el conflicto con atención, pero gradualmente el mundo se mueve hacia la necesidad de que estas potencias tomen posturas más claras.
El mundo pende de un hilo también porque cabe preguntarse: ¿estará dispuesto el Imperio norteamericano a retirarse en silencio? ¿Llegaría Estados Unidos al límite de tener que aplicar una economía de guerra dadas las circunstancias, cuestión que a fondo complicaría aún más su escenario interno? ¿Estará Israel dispuesto a permitir que una victoria estratégica por parte de Irán reordene todo Oriente Medio, creando las condiciones para la debacle del imperio y poniendo con ello en duda la existencia del Estado hebreo, todo esto sin que se utilicen armas de destrucción masiva como las nucleares, químicas o biológicas?
Son muchas las dudas, pero lo cierto es que los iraníes han logrado llevar la guerra a un punto donde la iniciativa ya no es norteamericana. La batalla se librará en los términos planteados por la República Islámica de Irán, en unos términos donde la existencia de Irán como nación no es lo único que está en juego: también han conseguido que esta guerra se convierta en una guerra existencial para sus enemigos.
