Ramzy Baroud (Rebelión, 14-4-26)
La última guerra de Israel contra Líbano no solo se está librando desde el aire, también se está reforzando políticamente desde dentro, ya que Beirut se une a los intentos por parte de Estados Unidos e Israel de aislar a Hezbola y debilitar la capacidad de negociador de Irán.
En un artículo anterior examinamos los siete mensajes que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu pretendía comunicar con los asesinatos masivos en Líbano. El objetivo de esos mensajes era reestructurar las dinámicas regionales, demostrar capacidad disuasoria e imponer nuevas realidades políticas sobre el terreno. Esas masacres ya han provocado la muerte de cientos de personas en Líbano y más de mil heridas, además de una vasta destrucción, según los datos de la defensa civil libanesa. Sin embargo, la magnitud e intensidad de la violencia no fueron casuales. Su objetivo eran crear urgencia, miedo y, en última instancia, sumisión.
Entonces afirmamos que las acciones de Israel formaban parte de un intento más amplio de imponer un nuevo orden regional por medio de la sangre. Desde entonces nuevos acontecimientos han confirmado que esta escalada militar estaba coordinada con pasos políticos paralelos, en concreto, un intento de separar la vía de negociación entre Irán y Estados Unidos en Paquistán de la guerra contra Líbano. Esa separación no es un detalle técnico, es el punto central de la actual lucha estratégica.
Mientras la bombas israelíes seguían cayendo en Líbano, Netanyahu anunció que había ordenado a su gobierno iniciar conversaciones directas con Líbano «lo antes posible» e insistió en que estas negociaciones se debían centrar en desmantelar a Hezbola y establecer unas «relaciones pacíficas».
Este giro no se vino de la nada, sino que se produjo después de una de las oleadas más mortíferas en años de ataques israelíes contra Líbano y en un momento en que Irán había supeditado explícitamente su participación en las negociaciones de Islamabad a un alto el fuego en Líbano. En otras palabras, Israel intensificó los ataques militares al mismo tiempo que abría un canal político para ignorar las condiciones de Irán.
Sin embargo, lo que hace que esta estrategia sea particularmente importante, no es solo el papel de Israel, sino la respuesta de Beirut. Desde que empezó la guerra de Israel contra el Líbano, el gobierno del primer ministro Nawaf Salam ha dado unos pasos que coinciden plenamente con los objetivos de Estados Unidos e Israel. En vez de considerar que el conflicto es fundamentalmente una agresión israelí, varios altos cargos libaneses han insistido en la necesidad de frenar a la resistencia, y han planteando reiteradamente la cuestión del armamento de Hezbola y la necesidad de poner todas las armas bajo control estatal. No es una postura neutral, sino que refleja una opción política y, lo que es más importante, crea el mismo marco que Israel trata de imponer, uno en el que el problema principal ya no sea la ocupación, la agresión o las masacres de civiles, sino el «problema» de la propia resistencia.
La voluntad del gobierno libanés de entablar negociaciones directas con Israel (algo que se ha evitado históricamente fuera del estrecho marco de los contactos indirectos o a través de mediadores) supone un precedente peligroso. Aunque se presente como algo condicional o táctico, ese compromiso constituye un reconocimiento político implícito de Israel en un momento en el que civiles libaneses siguen muriendo sepultados bajo los escombros provocados por los ataques israelíes.
A los actores nacionales no les pasa inadvertida esta contradicción.
Según Al Mayadeen, personalidades afiliadas a Hezbola han criticado duramente la postura del gobierno, que algunas de ellas califican de traición muy grave. Las criticas reflejan un temor más profundo de que se esté arrastrando a Líbano a un rumbo político que en última instancia sirva para deslegitimizar la resistencia y reestructure el equilibrio de poder interno del país. La propia secuencia de los acontecimientos refuerza esta preocupación. Según el corresponsal de Al Mayadeen en Beirut, Líbano no ha recibido todavía de Estados Unidos una cita formal para empezar las negociaciones. Altos cargos libaneses han insistido en que cualquier negociación debe ir precedida de un alto el fuego, aunque Israel ha dejado claro que el objetivo es precisamente lo contrario: utilizar las negociaciones como herramienta para imponer nuevas realidades, incluido el desarme de Hezbola.
Al mismo tiempo Irán ha dejado perfectamente clara su postura: su delegación ha supeditado su participación en las negociaciones de Islamabad a que se vincule cualquier alto el fuego con el cese total de las operaciones israelíes en el Líbano. Los altos cargos iraníes han ido más allá al destacar que ningún acuerdo a largo plazo es posible sin poner fin totalmente a la agresión israelí.
Esto crea un choque directo de concepciones políticas. Por una parte, Irán trata de integrar a Líbano en un acuerdo regional más amplio que preserve el papel de la resistencia como actor fundamental. Por otra, Estados Unidos, Israel y sus aliados regionales trabajan para fragmentar ese marco (aislar Líbano, dejar fuera a Hezbola y reafirmar un orden dirigido por Estados Unidos).
En este contexto no se puede considerar independiente el comportamiento del gobierno libanés. Durante mucho tiempo la clase dirigente de Beirut ha funcionado dentro de un sistema modelado por presiones externas, sobre todo de Washington y sus aliados regionales. Lo que ocurre ahora no es una excepción. La apuesta por las negociaciones, la insistencia en el desarme y el marco político del conflicto es todo ello reflejo de un alineamiento más general con el campo proestadounidense. Este campo se enfrenta a un dilema estratégico. Su incapacidad para imponer a Irán una salida decisiva, ya sea militar o económicamente, ya ha cambiado el equilibrio de poder. La crisis del estrecho de Ormuz, la resiliencia del Estado iraní y el fracaso a la hora de neutralizar a Hezbola han demostrado los límites de de la influencia estadounidense. Permitir que se incluya a Líbano en un marco de negociaciones dirigido por Irán ahondaría ese cambio. Marginaría de hecho a los actores prooccidentales en Beirut y abriría la puerta a un nuevo acuerdo regional en el que Irán tendrían un peso significativo. Todo ello es inaceptable para Washington, Tel Aviv y sus aliados.
Por consiguiente, la estrategia actual es bombardear Líbano y a continuación precipitarse a establecer negociaciones con el propio gobierno libanés. Este doble planteamiento no es contradictorio, sino deliberado. Las masacres crean presión; las negociaciones crean una vía política alternativa, una que excluye a Irán y vuelve a situar el conflicto en torno al desarme y la normalización [de relaciones con Israel]. Es fundamental indicar que tanto Israel como sectores de la clase dirigente libanesa comparten un mismo objetivo: debilitar y finalmente derrotar a Hezbola. Las negociaciones directas no son sino el primer paso.
En el escenario ideal para Estados Unidos e Israel este proceso evolucionará hacia un consenso internacional, probablemente por medio de la ONU, que deslegitimice formalmente a Hezbola y, por extensión, cualquier forma de resistencia armada. Dicho cambio no solo reconfiguraría internamente Líbano sino que también supondría un duro golpe para el eje de la resistencia en general.
Pero ese tipo de escenarios rara vez se materializan tal como se había planeado. El principal obstáculo sigue siendo la insistencia de Irán en vincular a Líbano con un acuerdo más amplio. Mientras se mantenga esta vinculación, los intentos de aislar a Líbano chocarán con una fuerte resistencia, no solo por parte de Teherán, sino también de actores dentro del propio Líbano. El resultado de esta lucha no se limitará a Líbano, sino que determinará si la zona avanza hacia un orden fragmentado dominado por Estados respaldados por Estados Unidos o hacia un nuevo equilibrio en el que los movimientos de resistencia y sus aliados sigan teniendo un papel fundamental.
