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El crecimiento económico de EE.UU. parasita al resto del mundo

Escrito por Debate Plural

Eder Peña (Misión Verdad, 23-10-26)

La economía estadounidense sigue creciendo, pero de manera tumoral, porque está consumiendo el tejido que lo sostiene. Entre el 12 y el 18 de octubre, la Asamblea Anual del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) en Bangkok develó que la primera potencia mundial exporta inflación, encarece el crédito del planeta y financia su expansión apoyada en el gasto militar y la burbuja de la inteligencia artificial como pilares frágiles. Entretanto, su población siente el deterioro en el bolsillo y el capitalismo digital, que hoy comanda el sistema, hereda y agrava la financiarización que estalló en 2008.

A primera vista, los indicadores macroeconómicos de Estados Unidos proyectan una narrativa oficial de resiliencia, con un Producto Interno Bruto (PIB) que sigue expandiéndose en términos nominales. Lejos de ser un faro de estabilidad, el modelo económico estadounidense ha entrado en una fase de contradicciones insalvables, donde la expansión financiera artificial colisiona con los límites físicos de los recursos y la resistencia geopolítica de un mundo multipolar.

ESTADOS UNIDOS: CUANDO EL CRECIMIENTO EMPOBRECE

La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, advirtió que la economía mundial camina "sobre una cuerda floja" debido, en buena medida, a la insostenibilidad de la deuda soberana estadounidense, la guerra en Asia occidental la burbuja de activos vinculada a la inteligencia artificial y la política arancelaria de la actual administración.

Por su parte, Washington presume de un crecimiento cercano al 2,3% del PIB, pero las cifras que lo acompañan revelan su naturaleza parasitaria. La inflación acumulada para 2026 se estima en 4,1% en Estados Unidos —más del doble de la meta del 2%— y en 5,9% a nivel mundial; para contenerla, la Reserva Federal elevó su tasa al 4% anual, con el consiguiente encarecimiento de hipotecas y tarjetas de crédito.

El ingreso familiar indica los efectos dado que el consumo ha registrado una caída significativa y la creación neta de empleo se ha desacelerado, esto aparece como síntoma de que el tejido productivo no logra absorber la fuerza laboral al ritmo necesario para compensar el encarecimiento del crédito. El cierre récord del gobierno federal dejó desfinanciado, desde el 1° de octubre, el programa de asistencia alimentaria SNAP, que ha dado de baja a cinco millones de personas.

El empleo muestra signos de desaceleración justo donde la inteligencia artificial (IA) prometía una revolución. La productividad apenas creció 1,4% en el segundo trimestre —el tercer período consecutivo débil— y el empleo en seguros cayó 81.000 puestos (2,7%) en un año. Las cuentas de la "nueva economía" desmienten su propio relato, Anthropic aspiró a una valoración de dos billones de dólares tras perder 42.000 millones en 2025 sobre ingresos de solo 4.600 millones, con una cuarta parte de sus ingresos dependiente de apenas dos clientes.

Empresas de infraestructura en la nube, como CoreWeave, enfrentan tasas de interés superiores al 16% en su deuda a largo plazo, un nivel insostenible que refleja la desesperación por financiar un boom tecnológico sin retornos reales garantizados. Además, los bonos de Oracle superaron el 8,5%, territorio de bonos basura.

Mientras los gigantes tecnológicos acumulan valoraciones bursátiles con ratios precio-beneficio muy por encima del promedio histórico, desvían recursos financieros masivos hacia activos especulativos. Además, el Banco de Pagos Internacionales alerta que los derivados extrabursátiles alcanzaron 846 billones de dólares en junio de 2025, un 16% más que un año antes. El economista greco-australiano Yanis Varoufakis completa el cuadro al destacar que, incluso si la IA multiplica las tareas por trabajador, la conversión de los mercados en "feudos de la nube" hundirá el valor monetario producido por unidad de trabajo.

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Caída porcentual del precio de las acciones de la corporaciones tecnológicas: del 12 al 16 de octubre de 2026 (Foto: Monitor de la burbuja IA / CEPR)

Es directa la responsabilidad de Washington en el deterioro global, Georgieva advirtió en Bangkok que los aranceles de Trump actúan como un impuesto indirecto sobre el consumidor estadounidense, destruyen la predictibilidad de los mercados y frenan la creación de empleo en los países que estructuraron sus economías confiando en tratados de libre comercio; un comercio fragmentado, dijo, "dejará un mundo con menos crecimiento, más inflación y menos empleos".

Estados Unidos mantiene bloqueado desde 2019 el Órgano de Apelación de la OMC, por lo que el árbitro del comercio mundial sigue amordazado. No es un detalle menor en la economía que, por su tamaño —aproximadamente una quinta parte del PIB global— y por el rol del dólar como moneda de reserva, transmite cada sacudida interna al resto del planeta.

Al abordar el impacto global del mercado estadounidense, dada la escala de Estados Unidos como el mayor mercado de consumo global y centro emisor de liquidez, cualquier alteración en el ritmo de demanda interna, o en la política monetaria de la Reserva Federal, provoca perturbaciones inmediatas en las balanzas comerciales y en los costos de financiamiento de las economías desarrolladas y emergentes por igual.

El crecimiento registrado no responde a un repunte sostenido de la producción industrial real ni a incrementos estructurales de la productividad, sino al estímulo fiscal constante impulsado por déficits presupuestarios sin precedentes, el endeudamiento del consumidor y la financiarización de activos. El encarecimiento del crédito e incentivos al reflujo de capitales hacia activos cotizados en dólares imponen presiones sobre las monedas de los países emergentes, restringiendo su margen de gasto público y ralentizando el comercio global.

La economía global ha entrado en una "meseta catabólica", donde el crecimiento no se genera mediante la producción de riqueza real, sino a través de la emisión incesante de deuda que fagocita la masa monetaria, empobreciendo progresivamente a la población mientras se inflan los activos financieros.

DEUDA Y GUERRAS: DATOS DEL PARASITISMO BÉLICO

La paradoja de Triffin, como señala el economista español Juan Laborda, explica que la hegemonía del dólar exige déficits comerciales permanentes para proveer liquidez al resto del planeta, pero ese “privilegio exorbitante” se ha convertido en una fuente de fragilidad extrema a medida que la carga de la deuda supera la capacidad de crecimiento de la economía real.

La deuda pública estadounidense superó los 40 billones de dólares en agosto pasado—ya rozaba los 38 billones en octubre de 2025— y el déficit fiscal aumentó a un 6,2 % del PIB, financiado con emisión de bonos que cada vez cuestan más colocar. Con alrededor del 30% de esa deuda en manos extranjeras, Japón se mantiene como el mayor acreedor extranjero de la deuda de Estados Unidos con una tenencia cercana a los 1,1 billones de dólares.

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Desde 2012, la deuda pública estadounidense ha crecido más deprisa que la economía (Foto: Euronews)

Por su parte, China ha reducido de manera significativa sus posiciones en bonos del Tesoro estadounidense en los últimos años. El Tesoro estadounidense compite por los ahorros del mundo debido a que los fondos prefieren deuda del Tesoro a más del 5% antes que financiar infraestructura en América Latina o África, y esa fuga de divisas deprecia las monedas de las economías emergentes.

Si los grandes tenedores de deuda, como China y Japón, aceleran su desdolarización, los tipos de interés repuntarán hasta niveles insoportables, provocando un colapso que se expandiría a la deuda privada. La emisión ininterrumpida de títulos del Tesoro para sostener el gasto federal y el aparato de defensa está colisionando con una demanda saturada en los mercados secundarios. La desconfianza de los tenedores extranjeros respecto a la capacidad de repago sin degradación monetaria mina el estatus del bono del Tesoro como activo de reserva exento de riesgo.

Se calcula que el pago anual de intereses ya roza los 1.396.000 millones de dólares y que el rendimiento del bono a 10 años saltó de 4,72% a 5,18% en solo 28 días. La deuda mundial, por su parte, pasó de 318 a 365 billones de dólares en 18 meses.

El efecto es global y Asia siente el shock en doble vía:

  • Físicamente: debido a la guerra contra Irán y las disrupciones en el estrecho de Ormuz, el precio del crudo físico entregado en Asia ha alcanzado los 160 dólares por barril, muy por encima de los 107 dólares del futuro Brent, con costos de flete que añaden hasta 40 dólares adicionales. Además las exportaciones globales de diésel cayeron unos 700.000 barriles diarios por debajo del año anterior, con las exportaciones netas de Asia occidental y Rusia reducidas más de 60%.
  • Financieramente: la revaloración de las expectativas sobre la IA ha provocado una volatilidad extrema en mercados como el de Corea del Sur, donde gigantes como Samsung Electronics y SK Hynix han sufrido caídas superiores al 9% en sesiones clave, al cuestionarse la sostenibilidad del gasto en infraestructura de semiconductores. El 15 de octubre el Kospi surcoreano cayó 7,57% en un solo día ante el recálculo de la burbuja de chips, y Japón debió realizar a finales de julio una rara intervención coordinada con el Tesoro para sostener el yen.

Un análisis de Paolo Gentiloni y Trevor Manuel en Project Syndicate advierte que cuando el mayor prestatario del mundo se financia a escala casi ilimitada, "los países con necesidades de financiamiento mucho menores pagan el precio". Los países en desarrollo concentran 35 billones de deuda pública y el mediano dedica ya 9,5% de sus ingresos a pagar intereses, la cifra más alta en 25 años.

Las guerras, en sus dimensiones comercial, tecnológica y militar, acelerarían el desenlace. Las sanciones contra países integrados al grupo de los BRICS, con cerca del 30% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo, les obligan a erigir mecanismos alternativos de pago. En su análisis, Laborda advierte que una venta coordinada de bonos del Tesoro por parte de sus bancos centrales desataría una "tormenta perfecta" en los mercados estadounidenses.

La inyección acelerada de capital especulativo hacia la construcción de centros de datos, infraestructura energética dedicada y desarrollo de software de IA ha sobrevalorado a las grandes empresas tecnológicas de Wall Street. Existe una brecha entre las proyecciones de rentabilidad de la infraestructura de IA y la monetización real de estas aplicaciones en la economía agregada. Una corrección o pinchazo bursátil en este sector tecnológico hipertrofiado no solo arrastraría a los índices de renta variable estadounidenses, sino que desataría un choque de liquidez en los sistemas bancarios mundiales, altamente expuestos a estos colaterales financiarizados.

En paralelo, el sostenimiento de intervenciones y despliegues bélicos no solo drena los recursos presupuestarios, sino que descompone la estabilidad de la red financiera internacional, empujando al sistema global hacia una mayor volatilidad e inestabilidad estructural. Esto forma parte de los puntos de inflexión globales que arrastran al mundo hacia un estado de entropía.

MOMENTO CATALIZADOR Y BANCO DE PRUEBAS DE UNA CRISIS CIVILIZATORIA

La guerra contra Irán ha operado como un laboratorio de estrés de la civilización actual. El petróleo se encareció casi 41% desde el inicio del conflicto y el Brent superó los 110 dólares, mientras el FMI califica el episodio como el mayor shock petrolero en cinco o seis décadas.

El cierre intermitente del estrecho de Ormuz —por donde transita el 47% del comercio mundial de azufre, por ejemplo— y los ataques de Ansarolá tanto al oleoducto Este-Oeste saudí como a la estación de bombeo de Khurais convirtieron a Arabia Saudita en fuente de riesgo global, cuando meses atrás era considerado el "amortiguador" del mercado.

El analista Karl Miller estima que la reconstrucción del sistema energético del golfo Pérsico demandará de siete a diez años —entre 2033 y 2036— y gastos entre 550.000 millones y 2,28 billones de dólares. El déficit global de diésel y combustible de aviación ronda los 3 millones de barriles diarios en la actualidad mientras Washington no puede taparlo porque sus refinerías exigirían un 58% más de destilados de los que producen hoy .

El paso desde lo energético a lo alimentario está dado. Los cereales suben 17,2% interanual y los precios del azufre —insumo clave de los fertilizantes— alcanzaron un récord de 1.000 dólares la tonelada en julio, desde 500 dólares a inicio de año. El FMI proyecta alimentos un 5% más caros en 2026 y advierte que los precios más altos de energía y comida amenazan la estabilidad política de las economías vulnerables.

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El aumento de los precios de la energía y las materias primas, en lo que va de 2026, modifica los costos de producción estimados en las principales regiones productoras de fertilizantes fuera de Asia occidental (Foto: S&P Global)

La firma S&P Global anticipa que en algunas regiones "los cultivos para combustible se vuelven más valiosos que los cultivos para alimento", con el riesgo de que los compradores más pobres queden simplemente "fuera del mercado".

En el frente marítimo, Irán y Ansarolá fijaron el ritmo de la guerra: controlan Bab el Mandeb y golpean la infraestructura saudí, mientras las reservas chinas —que actuaron como colchón de la región— se agotan a ritmo récord.

Irán, Ucrania y el mar Rojo funcionan hoy como banco de pruebas de un orden en descomposición porque demostraron que un actor con capacidades materiales medianas puede neutralizar la proyección de fuerza de un imperio hipertecnológico mediante la negación de área, los misiles de precisión y el control de puntos de estrangulamiento globales.

La deuda y la guerra, como advierte Maurizio Lazzarato, son hoy las dos caras del mismo capitalismo agonizante porque los presupuestos de Occidente se autofagocitan pagando intereses y fabricando municiones. Mientras el gasto militar global alcanzó un récord de 2,89 billones de dólares en 2025, con un 33% correspondiente a Estados Unidos, los recursos que sostienen la civilización se agotan en conflictos que empiezan, pero ya no terminan.

El catalizador encendió la reacción y lo que ocurra en los próximos años —un estallido de la burbuja de la IA, ventas masivas de bonos del Tesoro, cosechas fallidas agravadas por el diésel escaso— determinará si la crisis estructural estadounidense se resuelve en una reconversión ordenada o en el "momento Minsky" que los propios analistas empiezan a temer en voz alta.

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