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La cara B del 17 de octubre: la Francia que no nos enseñan

Escrito por Debate Plural

Vega Miguel Santiago (CTXT, 4-11-26)

Macron deja un país más inestable y polarizado del que encontró. Quiso poner a la República “en Marche”, pero nunca supo acompasar su paso al de quienes la sostienen

“La ciudad es nuestra, viva la revolución.”

Miles de manifestantes, cientos de reclamos, decenas de cantos, una sola voz.

Hoy, 17 de octubre de 2026, las calles parisinas se han vuelto líquidas; los adoquines, guijarros; y los edificios, orillas sobre las que trepar. La ciudad ha dejado de ser ese decorado inmóvil por el que transitan cada mañana los mismos cuerpos, a las mismas horas, hacia los mismos destinos. París ha vuelto a pertenecer, aunque solo sea por unas horas, a quienes la habitan. A quienes la sostienen. A quienes, demasiado a menudo, solo pueden recorrerla de camino al trabajo, al instituto, al hospital o a una casa en la que cada vez cuesta más vivir.

“La juventud está en las calles”, corean algunos. “La vejez también”, responden otros. Hay estudiantes, padres, agricultores, sanitarios y trabajadores de distintos sectores. Hay manos jóvenes y manos cansadas; pancartas improvisadas y consignas heredadas; personas que quizá nunca habían marchado juntas pero que han encontrado algo que las une. Tal vez no una ideología común, ni siquiera un programa político concreto, sino algo más tangible y al mismo tiempo más intenso: la experiencia de reconocerse mutuamente como miembros de una sociedad que cada vez exige más a quienes menos tienen.

“La juventud está en las calles”, corean algunos. “La vejez también”, responden otros

Aquella fría tarde, las calles se llenaron de solidaridad y comunidad. Había quienes despejaban el camino de las barricadas para que los bomberos circulasen, acogidos siempre entre aplausos y vítores. Otros ayudaban a los manifestantes heridos, repartiendo suero para aliviar la irritación provocada por los gases lacrimógenos. Y, entre ellos, orquestas enteras entonaban melodías mientras las granadas estallaban a pocos metros. Por momentos, la escena parecía avanzar al ritmo de la cabalgata de las valquirias.

Sería ingenuo convertir estas escenas en una imagen idílica de la protesta. También aquí había contradicciones, partes más violentas y grises. Ningún movimiento colectivo está libre de ellas. Pero la existencia de estas últimas tampoco puede borrar todo aquello que demuestra que una manifestación es algo más que una multitud enfrentada a la policía.

Cuando alguien ayuda a un desconocido a salir de una zona de peligro, está afirmando que la protección mutua no necesita esperar a que llegue una autoridad. Cuando los manifestantes se sientan para intentar contener una carga, están ensayando una respuesta colectiva diferente a la ley del talión encarnada por las fuerzas del orden. Cuando se abre paso a los bomberos, se está reconociendo que incluso en medio del conflicto hay necesidades que deben quedar por encima y que las formas de violencia más destructivas no agradan a la mayoría.

Son gestos pequeños frente a la maquinaria del Estado y al poder de las imágenes que recorren las pantallas, revelando una dimensión de la protesta diluida en la aparente dicotomía entre orden y desorden. Una movilización no solo expresa aquello contra lo que se levanta, también expresa aquello que sus participantes desean construir. Aquella tarde, en las calles de Francia, algo volvió a unir a quienes tantas cosas separan. Por un instante, el pasado y el presente dejaron de ser tiempos enfrentados para abrir paso a una posibilidad de futuro. El 17 de octubre dejó una imagen difícil de borrar: bajo el individualismo que parece gobernarlo todo, la comunidad sigue ahí.

Sin embargo, los titulares se detienen en los escaparates dañados, las papeleras incendiadas y los enfrentamientos con la policía. Una tras otras, las imágenes se repiten hasta adquirir la apariencia de una explicación. La violencia ocupa la portada y todo deviene un puzzle de cristales rotos. Las reivindicaciones, cuando aparecen, quedan relegadas a los párrafos inferiores, como si fueran un apéndice prescindible de la noticia principal.

No se trata de negar lo que ocurre en las calles, ni de justificar indiscriminadamente cualquier acto cometido durante una protesta. Se trata de preguntarse por qué unos acontecimientos merecen ser observados hasta el último detalle, mientras otros apenas reciben atención; por qué el daño material tiene una imagen, una cifra y un responsable inmediatamente identificables, mientras que el deterioro de la educación pública, el sufrimiento de los estudiantes o la precariedad de las familias parecen demasiado abstractos para ocupar el centro de la conversación.

En un pasaje de la obra Los Miserables, Víctor Hugo imagina una conversación entre un obispo y un viejo revolucionario acerca de la Revolución francesa. En esta, el anciano evoca todas las cosas hermosas que aquella hizo posible mientras que, el obispo, incapaz de contenerse, murmura:

—Sí, pero ¿y el año 93? [aludiendo a los años del Terror].

El viejo revolucionario se yergue en su silla con una solemnidad casi lúgubre y, con toda la fuerza que le permiten sus últimos días, exclama:

—¡Ah, ya estamos! ¡El 93! ¡Esperaba esa palabra! Una nube se ha formado durante mil quinientos años. Al cabo de quince siglos, ha estallado. Y vosotros le hacéis el proceso al trueno.

En esta historia, corremos el riesgo de convertirnos en el obispo.

Los medios y los miedos

Buena parte de la cobertura mediática nos invita a contemplar el momento de la explosión como si fuera el comienzo de la historia, condenando la alteración de un orden del que no se dice nada. Porque si hemos decidido hablar de violencia, convendría preguntarnos qué entendemos por ella. Estamos acostumbrados a reconocerla cuando aparece en forma de cristal roto, de fuego o de un cuerpo que cae al suelo. Es una violencia inmediata, visible, casi fotogénica. Pero existe otra que no necesita humo para hacerse presente. Una que no irrumpe de repente, sino que se instala poco a poco, en las aulas que pierden profesores, en los hospitales sin recursos, en las familias que luchan por poder llegar a fin de mes y en los trabajadores que deben excusarse porque los transportes no llegan a su hora. No hay una detonación que marque su comienzo ni una sirena que nos obligue a mirar. Se parece más a una gotera: primero apenas molesta; después empieza a dejar una mancha y, finalmente, cuando alguien decide levantar la vista, descubre que hay que cambiar el techo entero.

Sin embargo, la violencia institucional tiene también una expresión más inmediata. Una que sí ocupa las calles. Una que sí tiene uniforme, escudos y cámaras delante.

Se han denunciado cargas indiscriminadas contra grupos de estudiantes, detenciones violentas y cercamientos que impiden a los manifestantes alejarse de los focos de peligro

Hablar de la violencia policial no significa negar la existencia de la violencia entre los manifestantes. Sería demasiado sencillo y, sobre todo, poco honesto. Hay personas que rompen, que lanzan objetos, que agreden y que ponen en peligro a otras. La responsabilidad debe ser individual y quien comete una agresión debe responder por ella. Pero precisamente por eso también resulta necesario mirar con la misma atención hacia el otro lado de la calle. Si exigimos responsabilidades a quienes ejercen la violencia desde una manifestación, debemos exigirlas también a quienes disponen del monopolio legítimo de la fuerza.

Durante las manifestaciones se han denunciado cargas indiscriminadas contra grupos de estudiantes, detenciones violentas y cercamientos que impiden a los manifestantes alejarse de los focos de peligro. Ahora mismo en Francia, cuando llegan las fuerzas del orden, empieza el caos. Hasta entonces hay voces, pancartas, gente caminando, cuerpos que ocupan la calle sin prisa. Pero cuando aparecen las luces azules, algo cambia. El espacio que nos pertenecía a todos comienza a reducirse; ahora asfixia. Las manifestaciones cambian. El aire, que hasta hacía unos minutos transportaba cantos, se vuelve opaco. Primero alguien retrocede. Después otro. En cuestión de segundos, la gente ha comenzado a correr; unos empujan; otros lloran. La gente busca por dónde salir, pero las calles son callejones sin salida. Y justo aquí, las cámaras comienzan a grabar. La manifestación no era violenta: la han tornado violenta.

Hay algo todavía más preocupante cuando esta lógica se normaliza. En vísperas de las manifestaciones del 17 de octubre, el Ministerio del Interior anunció que la policía podría utilizar todas las armas intermedias disponibles. Medida que rimaba con la aprobación, en julio de 2026, de una ley que introduce una presunción favorable al uso policial de las armas, invirtiendo la carga de la prueba y consagrando la legítima defensa de los agentes de policía. Reforzar las facultades coercitivas sin garantizar simultáneamente una rendición de cuentas efectiva puede llevarnos a convertir la excepción en costumbre y la fuerza en respuesta ordinaria al conflicto político.

Se han practicado alrededor de 7.000 detenciones desde el inicio de las protestas, el 86 % de ellas de menores de edad

Más allá de las leyes, de las disposiciones, de las órdenes; más allá de todo eso, están los cuerpos. Cuerpos jóvenes, vulnerables, que pueden ser dañados. Un adolescente de catorce años con la mandíbula destrozada por el impacto de un proyectil lacrimógeno lanzado a corta distancia. Otro, de quince, que pierde una mano tras la explosión de una granada. Son cuerpos que deberían estar en un aula, en un parque, en su casa. Cuerpos que, de pronto, se convierten en el escenario material de una discusión política sobre el mantenimiento del orden.

Según algunos de los datos difundidos durante estas movilizaciones, se han practicado alrededor de 7.000 detenciones desde el inicio de las protestas, el 86 % de ellas de menores de edad. También se han abierto 36 investigaciones internas por presuntas conductas policiales indebidas. Datos que aportan nuevas pinceladas al cuadro general de la situación. Porque sí, una democracia puede investigar los actos de quienes protestan y, al mismo tiempo, investigar los de sus agentes. Lo que no puede hacer es presentar la primera obligación como prueba de rigor y la segunda como una concesión excepcional.

“700 policías heridos desde el 28 de septiembre”. La cifra se repite como argumento para describir la gravedad de los enfrentamientos. Pero ¿qué significa exactamente estar herido en este balance? En un informe parlamentario de 2023, Laurent Nuñez señaló que, de los cerca de 700 policías declarados heridos durante las movilizaciones contra la reforma de las pensiones, solo algunas decenas habían sido hospitalizadas por lesiones graves y ninguna había sido declarada irreversible. Entonces, las lesiones auditivas relacionadas con el ruido se incluían entre las categorías de daños registrados. Y ahora, ¿se contabiliza así también? No lo sabemos. Una cifra sin contexto informa, pero también puede intimidar. Puede describir un problema y, al mismo tiempo, convertirse en un argumento para legitimar una respuesta determinada.

Los jóvenes no piden una inocencia automática. Piden que no se les atribuya una culpabilidad colectiva. Porque una manifestación puede romper un escaparate y, aun así, no reducirse a un escaparate roto. Conviene recordar que, el 17 de octubre, antes de que la pancarta ardiera, alguien había escrito en ella una reivindicación.

El macronismo a la luz de las protestas

Hay una ironía en la historia política de Macron. Llegó al Elíseo prometiendo reconciliar a Francia con ella misma, acercar a los ciudadanos a sus instituciones y romper con un sistema de partidos en el que cada vez menos franceses se reconocían. Sus primeras palabras resonaron desde lo alto como la promesa de una Francia reunida. Casi diez años después, la calle le devuelve un eco muy distinto.

Quizá el problema no sea solo que tantas promesas se hayan quedado sin cumplir, sino que la propia idea de cambio haya terminado por desgastarse. Macron deshizo el mapa político que había ordenado Francia durante décadas, ocupando el espacio de una izquierda y una derecha debilitadas. Pero ¿de qué sirve irrumpir como alternativa si las fracturas que prometías cerrar siguen abiertas? ¿De qué sirve presentarse como dique frente a los extremos si el descontento que los alimenta persiste?

Al final, son esas preguntas las que hoy recorren Francia. Casi una década después, Macron deja tras de sí un país más inestable y polarizado del que encontró. Quiso poner a la República “en Marche”, pero nunca supo acompasar su paso al de quienes la sostienen. Hoy, en las pancartas que recorren las calles, el pueblo responde. La República sigue andando; la cuestión es quién se ha quedado atrás.

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