Thierry Meyssan (RedVoltaire, 2-10-18)
A pesar de las apariencias, no es inútil el desfile de jefes de Estado y/o de Gobierno o de ministros de Relaciones Exteriores por la tribuna de la Asamblea General de la ONU. No deja de ser cierto que, muchos de ellos, al no tener realmente nada que decir, optaron por utilizar esa tribuna internacional para dirigirse a la opinión pública de sus propios países, criticando el despilfarro de la ONU y haciendo llamados formales a respetar el derecho. Pero hubo varias intervenciones que sí abordaron el verdadero problema a debatir: ¿Cómo resolver los litigios entre Estados y garantizar la paz?
Los tres primeros días de discursos estuvieron marcados por la intervención del presidente estadounidense Donald Trump y las respuestas del presidente francés Emmanuel Macron y del presidente de Irán Hassan Rohani. Pero el cuarto día, esa problemática voló en pedazos con la intervención del ministro de Exteriores de la Federación Rusa, Serguei Lavrov, quien presentó a la Asamblea General el mapa del mundo postoccidental.
El cambio mundial según Donald Trump
El presidente Trump, cuyos discursos son de costumbre extremadamente confusos y desordenados, había preparado esta vez un texto muy estructurado [1]. Distanciándose de sus predecesores, Trump dijo optar por «la independencia y la cooperación» antes que «la gobernanza, el control y la dominación globales». Para decirlo en otros términos: los intereses nacionales están por encima de los intereses del «Imperio estadounidense». Seguidamente, Trump enumeró los reajustes que él mismo ha realizado en el sistema.
Estados Unidos no ha declarado una guerra comercial contra China sino que está tratando de reequilibrar su balanza de pagos. Simultáneamente está tratando de restaurar un mercado internacional basado en la libre competencia, así lo demuestra su posición en el plano energético. Estados Unidos se ha convertido en un gran exportador de hidrocarburos y, por consiguiente, le conviene que los precios sean elevados, pero cuestiona la existencia de un cártel intergubernamental –la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo)– y se pronuncia por precios más bajos.
Estados Unidos se opone a las estructuras y tratados de la globalización (o sea, desde el punto de vista de la Casa Blanca, a las estructuras y tratados del imperialismo financiero internacional), sobre todo al Consejo de los Derechos Humanos, a la Corte Penal Internacional y a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Oriente Próximo (UNRWA, siglas en inglés). No se trata, por supuesto, de predicar la tortura (legitimada en tiempos de la administración de Bush hijo) o el crimen, ni de hambrear a los palestinos sino de echar abajo organizaciones que se sirven de sus objetivos supuestos para alcanzar otros fines.
En cuanto a las migraciones de Latinoamérica hacia Estados Unidos y dentro del propio continente sudamericano, la administración Trump tiene intenciones de erradicar el mal atacando sus raíces. Para la Casa Blanca, ese problema es fruto de las reglas impuestas por los tratados de la globalización, principalmente por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN [2]). El presidente Trump ya negoció con México un nuevo acuerdo que vincula las exportaciones al respeto de los derechos sociales de los trabajadores mexicanos. Su objetivo es volver al sentido original de la doctrina Monroe: las transnacionales ya no podrán interferir en la gobernanza del continente.
La referencia de Trump a la doctrina Monroe merece una explicación aparte ya que esa expresión se vincula generalmente al colonialismo estadounidense de principios del siglo XX. Donald Trump es un admirador de la política exterior de dos personalidades estadounidenses muy controvertidas: los presidentes Andrew Jackson (1829-1837) y Richard Nixon (1969-74).
La doctrina Monroe –que data de 1823– se elaboró durante la intervención del entonces general Andrew Jackson en la colonia española de La Florida. En aquella época, James Monroe aspiraba a proteger el continente americano del imperialismo europeo. Se vivía en aquellos tiempos la «era de las buenas intenciones». Monroe se comprometió entonces a que Estados Unidos no intervendría en Europa… si los europeos dejaban de intervenir en las Américas. No fue hasta tres cuartos de siglos después, principalmente bajo Theodore Roosevelt (1901-1909), que la doctrina Monroe fue utilizada para justificar la dominación del imperialismo estadounidense sobre Latinoamérica.
Los presidentes Macron y Rohani defienden el “mundo de antes”
En una extraña inversión de los papeles, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, se presentó en la ONU como el Barack Obama europeo frente al Charles De Gaulle estadounidense –Donald Trump. Macron declaró simbólicamente la guerra al jefe de la Casa Blanca al exclamar: «No firmemos más acuerdos comerciales con las potencias que no respetan el Acuerdo de París», o sea con Estados Unidos. ¡Extraña manera de defender el multilateralismo!
El presidente francés inició su intervención aludiendo a lo que ya había señalado Donald Trump: la crisis del «orden liberal westfaliano» actual [3]. O sea, la crisis de los Estados-naciones, provocada en realidad por la globalización económica. Pero el objetivo de su alusión era cuestionar la solución de la Casa Blanca, que calificó de «ley del más fuerte». Macron promovió entonces la solución “francesa” «alrededor de tres principios: el primero es el respeto de las soberanías, que forma parte de la base misma de nuestra Carta; el segundo es el fortalecimiento de nuestras cooperaciones regionales; y el tercero es la aportación de garantías internacionales más robustas».
Luego, el discurso de Macron cayó en picada y el orador trató al final de recuperar altura recurriendo al lirismo, en lo que en realidad fue más bien un claro ejemplo de hipocresía infantil, rayana en la esquizofrenia.
Como ejemplo del «respeto de las soberanías», Macron llamó a no «suplantar al pueblo sirio» para decidir quién debe dirigirlo… pero excluye que el presidente Assad pueda someterse –nuevamente– al veredicto de las urnas.
Sobre el «fortalecimiento de las cooperaciones regionales», Macron citó el apoyo de la Unión Africana a la operación antiterrorista de Francia en el Sahel. El problema es que esa operación sólo es en realidad la parte terrestre de un plan más amplio, dirigido por el AfriCom estadounidense, cuya fase aérea está en manos de Estados Unidos. La Unión Africana, que carece de un ejército propiamente dicho, participa únicamente para legalizar lo que de hecho es una operación colonial. Asimismo, las sumas invertidas en el desarrollo del Sahel –sumas que el presidente francés no citó en euros sino en dólares estadounidenses– mezclan verdaderos proyectos africanos y una ayuda exterior al desarrollo cuya ineficacia está más que demostrada para todo el mundo.
