Juan J. Paz-y-Miño Cepeda (Historia y Presente, 5-11-26)
El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva para la presidencia de Brasil ha sido recibido mundialmente como una derrota de la extrema derecha y del injerencismo de la “Doctrina Donroe”. Los sectores progresistas de América Latina lo han saludado con entusiasmo. Y, desde la perspectiva histórica, marca un momento de ascenso social bajo una atmósfera regional de retrocesos en manos de gobiernos derechistas. Examinemos algo de la historia.
Brasil es un gigante: el quinto en extensión entre los países del mundo (8.51 millones Km2), con una población estimada (IBGE) en 213,4 millones de habitantes (séptimo en el mundo). Si bien la historia de los pueblos aborígenes se remonta al menos a unos 12 mil años atrás, con la incursión de los portugueses se inició la época colonial (1500-1822), que significó explotación de recursos naturales y esclavitud sobre la creciente población negra traída del África. En sucesivas épocas, los productos que sustentaron la economía colonial fueron: el palo-brasil, azúcar (siglos XVI-XVII), oro y diamantes (siglo XVIII).
A raíz de la invasión napoleónica a Portugal (1807), la corte (15 mil personas) se trasladó a Río de Janeiro. A diferencia de los procesos de lucha anticolonial de los países hispanoamericanos, la independencia de Brasil llegó a consecuencia de una división dinástica: cuando Juan VI regresó a Portugal, la élite terrateniente apoyó el Grito de Ipiranga (7 de septiembre de 1822) que proclamó la independencia y más tarde aclamó como Emperador a Pedro I, el hijo del rey. La época imperial dio estabilidad y una notable modernización, pero, al mismo tiempo, consagró la estructura social heredada de la colonia, el latifundio y la esclavitud que fue abolida recién en 1888. Al año siguiente la monarquía imperial fue derrocada y comenzó la turbulenta época de la República, con regímenes democráticos y dictatoriales bajo la dominación oligárquica agraria y con la política del “café con leche” (café com leite) que alternó en el poder, aunque no en forma estricta, a gobernantes procedentes de São Paulo y Minas Gerais.
Ese largo orden inicial se desestabilizó al iniciarse la crisis internacional de los 30, que arruinó el comercio del café, demostrando los límites del crecimiento basado en el sector primario exportador. Entonces una revolución llevó al poder a Getúlio Vargas (1930-1945), quien impuso un gobierno centralizado, que impulsó la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) mediante un activo rol económico del Estado y el reconocimiento de amplios derechos laborales. Sin embargo, desde 1937, el “Estado Novo” de Vargas derivó en una dictadura autoritaria que ilegalizó los partidos, persiguió toda disidencia y también a las izquierdas, guiado por el anticomunismo. Estas realidades han creado profundos debates nacionales. De todos modos, el segundo período de Vargas (1951-1954) se distinguió por el nacionalismo económico, la soberanía del país, el control estatal de los recursos estratégicos, el reimpulso a la ISI y un evidente desarrollismo con perspectiva social, que fortaleció los derechos de los trabajadores. Destapó la reacción de las élites oligárquicas. Vargas se suicidó. Quedó la imagen de “Padre de los Pobres” y su figura ha sido reivindicada entre amplios sectores sociales, que incluyen a las izquierdas progresistas.
El desarrollismo democrático continuó. Pero en 1964 los militares tomaron el poder imponiendo una larga época dictatorial (1964-1985) bajo la cual se vivió el “Milagro Brasileño” (crecimiento promedio del 10% anual entre 1968-1973), con industrialización, inversiones de capital extranjero, crecimiento empresarial y diversificado mercado interno. El anticomunismo de la Guerra Fría prevaleció, con sistemática represión y violaciones a los derechos humanos.
En los 90 el modelo neoliberal, ya acogido por distintos países latinoamericanos desde la crisis de la deuda externa de 1982 y las cartas de intención con el FMI, fue consolidado en Brasil por los gobiernos de Fernando Collor de Mello (1990-1992), Itamar Franco (1992-1994) y Fernando Henrique Cardoso (1995-2002). El resultado fue: desindustrialización, reconcentración de la riqueza, privatizaciones, pérdida de derechos laborales y mayor pobreza, todo lo cual convirtió a Brasil en uno de los primeros países con inequidad en el mundo. Como reacción a ese camino, los gobiernos de Lula (2003-2007 y 2007-2011) y Dilma Rousseff (2011-2016) impulsaron la recuperación de los roles económicos del Estado y las políticas sociales. Con la destitución de Rousseff, los gobiernos de Michel Temer (2016-2018) y Jair Bolsonaro (2019-2023) retomaron la conducción neoliberal, que agravó las condiciones sociales, con claro deterioro de los derechos laborales. En 2018 Lula fue juzgado y estuvo en prisión 580 días; pero en 2021 el Supremo Tribunal Federal anuló las condenas, al considerar que no fueron imparciales ni fruto de competencia jurídica (https://shorturl.ly/06HCR).
El proceso pendular entre “marea rosa” y “marea azul”, tan visible en la política latinoamericana del siglo XXI (que no es un asunto meramente ideológico), condujo al triunfo de Lula, quien en su tercera presidencia (2023-2027) ha profundizado los programas sociales junto a una recuperación económica que ha insertado al Brasil como uno de los ejes en la geoestrategia mundial, formando parte de los BRICS e identificándose con el nacimiento de la multipolaridad internacional con declive del otrora hegemonismo de los Estados Unidos.
Mirando en perspectiva, la industrialización y el desarrollismo, que se convirtieron, en la práctica, en políticas de Estado desde la década de 1930, transformaron a Brasil, convirtiéndole en una potencia emergente. Fue posible con el acelerado crecimiento poblacional con éxodo rural hacia las fábricas, la ampliación del mercado interno, la conformación de una “burguesía nacional” que creó industrias emblemáticas, y el ingreso de grandes corporaciones extranjeras. Otros países latinoamericanos no han podido alcanzar un nivel similar de desarrollo y algunos confían en mantener sus economías primario-exportadoras con oligarquías tradicionales, como ha ocurrido en Ecuador. Brasil consolidó una economía con producción tecnológica, industria pesada, aeronáutica, siderurgia, petróleo, centrales hidroeléctricas, telecomunicaciones, automotrices, armamento, grandes obras públicas. Bajo ese manto, Lula da Silva inauguró un camino neodesarrollista-progresista para consolidar una economía social, contra la cual reaccionaron las derechas políticas y económicas hasta conseguir el poder e implantar el neoliberalismo (Temer y Bolsonaro), nuevamente revertido por el tercer gobierno de Lula. Es un acontecimiento histórico que un antiguo obrero metalúrgico, nacido en una familia pobre, haya logrado la presidencia y se encamine al cuarto mandato. Un caso comparable es el de Evo Morales, líder indígena que ocupó la presidencia de Bolivia entre 2006-2019.
La remontada electoral de Lula (51.75% de los votos) en el balotaje de octubre 2026 para el cuarto mandato y la derrota de Flavio Bolsonaro (48,25%), senador e hijo del expresidente Jair, también tienen que ver con el recuerdo de las anteriores gestiones de Lula y con los cambios introducidos en la actualidad con privilegio a los derechos laborales (subir salarios, reducir jornada) y las políticas (como el icónico “Bolsa Família”). Existen datos contundentes: en la primera década presidencial de Lula salieron de la pobreza 30 millones de personas (https://shorturl.ly/EYi7s); además, según IBGE (www.ibge.gov.br), 8,7 millones de brasileños salieron de la pobreza entre 2022-2023 y 8,6 millones entre 2023-2024. Son hechos latinoamericanos inéditos. Pero el triunfo no debería ocultar la fuerza de la derecha, un Congreso con mayoría de centroderecha, el agronegocio, las amenazas del “Corolario Trump” o las restricciones fiscales. En todo caso, la movilización social ha sido un factor esencial, junto a la labor desplegada por el Partido de los Trabajadores (PT).
